Capítulo IV: Iñaki y Arnau.

11 07 2009

-         ¿Nos traes la cuenta, por favor? – le dijo cuando llegó.

-         ¿Pero ya nos vamos? ¿Dónde vamos a cenar?

-         Si no te importa, me voy a casa. Todavía puedes llegar a esa presentación de la exposición de Mayte. Es en la galería de Nuria, ¿verdad? ¿Quieres que te acerque?

-         Pero Iñaki… si ya te he dicho que… vale, vale. Ya veo que no tiene nada que ver con lo que te he dicho ni con lo que no. Sencillamente quieres irte a casa. No te preocupes por mí, ya me las arreglaré.

-         ¿Estás enfadado?

-         ¡Tú que crees! No sé que coño te pasa, Iñaki. No lo entiendo. Desde que volviste de Bruselas, no eres el mismo. No hay nada que te proponga que parezca que te guste. No hay nada que quieras hacer conmigo. Ni sexo. Y no quieres hablar sobre el tema.

Arnau se removía inquieto en su silla. Había tirado la servilleta con la que se limpiaba los labios. Miraba a Iñaki, pero éste apartaba los ojos. Así llevaban tres meses ya. Y ya ni su ánimo, ni su positivismo, ni su energía podía hacer olvidar que, Iñaki, había cambiado. Que ya no le quería. Que ya las locuras que le proponía en todos los sentidos, en el sexual, en el de viajes, escapadas, juergas… todas… recibían invariablemente un NO a gritos por respuesta. Y ya estaba cansado. Ya no es que tuvieran ese margen de libertad que él mismo había impuesto a la relación. Es que ya lo que había que buscar con lupa, era los momentos en que se buscaban, en que se amaban. Al final ya no pudo más, y se levantó de la silla.

-         Me voy. Cuando quieras hablar del tema, me llamas. De momento me voy a casa de Joaquín. Que visto lo visto es más casa mía que la que comparto contigo.

-         Arnau, no te pongas así…

-         No me pongo de ninguna forma. Pero creo que esto no es lo que busco. Y sabes, me he cansado de fingir. De parlotear como un gilipollas, sin parar, para intentar hacer que no pasa nada. No quieres hablar conmigo, pues ya está. Total, llegaré a casa tarde. Te habrás dormido. Y mañana te levantarás antes y no te veré. Para eso me voy a casa de Joaquín, que por lo menos, tengo cháchara.

-         Arnau, no es para tanto. Tengo una época un poco… bueno… no sé… – le miraba implorante Iñaki.

-         Vale. – Arnau se volvió a sentar – Cuéntame.

-         Bueno… – Iñaki se mostraba incómodo.

-         Sin prisas, tómate tu tiempo… te escucho – Arnau recostó su espalda en la silla y se dispuso a escuchar, sin prisas.

Pero el silencio se apropió de la mesa. Se podía escuchar perfectamente todas y cada una de las conversaciones de las mesas de al lado.

Los minutos pasaban.

Arnau miraba distraídamente a la gente que les rodeaba. Al señor gordo de la mesa de al lado, que intentaba hacer comprender a su hija que, no la veía más porque su madre se lo impedía, a la chica que le declaraba su amor a un chico que, por la cara que ponía, estaba más que sorprendido, más que nada porque era evidente que era gay. Al grupito de estudiantes que no hacía más que hablar de chicas y de lo que las harían si se pusieran a tiro. Miraba de vez en cuando a Iñaki que no podía evitar mostrar su incomodidad…

Al final Arnau se levantó, cogió la nota que había dejado la camarera unos segundos antes, puso unas monedas que saldaban la cuenta, y se marchó.

Antes de dar más de cuatro pasos, se giró, y dirigiéndose a Iñaki le espetó:

-         Dale un beso de mi parte a Mario.

Y continuó su camino hacia la salida.

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Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





Capítulo III: por Akira.

27 06 2009

Sin embargo, pensó Iñaki mientras giraba la cabeza y observaba a la gente del local, para evitar mirar a los ojos de su compañero, aquello había llegado demasiado lejos.

Tras la primera noche, Mario se convirtió en una constante en su vida. Una constante incómoda, un refugio donde encontrar la pasión perdida, el fuego que se había apagado en su relación hacía tiempo.

Aquel crío, aquel niño que ocultaba en su interior una bestia indomable y primitiva. Aquella casualidad que se había cruzado en su camino en aquel chat, se había convertido en lo más real que había en su vida, y también en una maldición.

Porque Iñaki lloraba en silencio. Apenas podía aguantar las lágrimas algunos días en el trabajo, mientras un compañero le preguntaba qué tal le había ido el fin de semana. A veces no podía más y tenía que irse al baño, simulando malestar. Y entonces todo salía, el remordimiento que le consumía lentamente por dentro, como una enfermedad que le corrompía el corazón y las entrañas, la culpa por no saber encender otra vez aquel fuego intenso que un día fue, pero que ahora era sólo frías cenizas.

“Voy a dejarlo”, se decía una y mil veces. Dejaría a aquel crío, y daría un empujón a su relación con Arnau. Seguro que podría hacerlo. Y quizás con el tiempo el remordimiento desaparecería lentamente, la culpa se desvanecería, y el recuerdo de aquellas noches que le habían hecho sentir vivo otra vez, serían otro recuerdo guardado en el desván de su memoria, una anécdota, un desafortunado desliz.

Pero otro pensamiento cruzaba su mente al mismo tiempo. Arnau, sí, Arnau otra vez. El hombre de su vida. Y el hombre que hacía que su vida fuera también monótona y falta de ilusión. Una prisión sin barrotes. Se preguntaba si realmente Mario era la consecuencia inevitable de todo aquello, el principio del fin. O el principio de algo nuevo, un nuevo comienzo para él.

Mientras pensaba en todo aquello, llamó a la camarera.

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Nota:

Este capítulo lo escribió Akira. Porque esta historia nació como un juego entre los lectores de “Café para dos” y el autor del blog. Akira tuvo la delicadeza de jugar.

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Dejaos besar y abrazar, que todo será mucho más bonito.





negro…

16 06 2009

Negro.

Negro.

Cada vez soy más consciente de mis limitaciones. De lo poco que valgo. De la mierda que soy.

Da igual lo que haga, lo que escriba. Lo que piense, lo que mire. Todo está teñido de negro. Un círculo vicioso que se retroalimenta. El negro llama al negro. Las lágrimas a la tristeza, o viceversa. La desesperación a la depresión. Y en todo caso, un halo de tristeza permanente se instala en cada poro de mi cuerpo. Y una oleada de rabia sube por mis entrañas.

Es primavera, aunque parece invierno. Debería ser alegría, y es melancolía. Deberían ser flores y frutos, y son hojas secas, putrefactas.

Con ratos de rabia. De rabia de impotencia. Por ser como soy.

Y lo malo es que no es un día. Hoy es un día especialmente negro. Sí. Pero los demás días son igual de negros. Pero los llevo de otra forma. Disimulo. No, no es disimulo, es autoengaño, el peor de las mentiras.

Es como una plaga de langosta, o como cuando ruge la marabunta. Poco a poco va ganando terreno. El autoengaño cada día es más complicado. Su andamiaje se resquebraja, mordido por miles de animales hambrientos. Hasta que cuando quieres darte cuenta, no hay andamio, no hay estructura, has caído al suelo, ya te han devorado, sin dejar siquiera una migaja.

Hay días, hay temporadas que, como si estuviera en un desierto sin oasis, sufro espejismos y creí que las cosas cambiaron, que rompí con la dinámica. Que cambiaron y que seguirían cambiando poco a poco. Pero siempre llega el día en que todas las verdades estallan en tu cara: No, todo sigue igual, y nada cambió.

Antes había algún resquicio. Una válvula de escape. Quizás estos foros lo fueran. Pero esa magia la dejé perder. Dejé que se me escapara entre los dedos. ¡Qué bonita expresión! “Dejé que se me escapara entre los dedos”. Se fue diluyendo porque como Don Quijote, luchar contra lo inevitable, luchar contra molinos de viento, es una guerra perdida. Y ni valgo, ni valdré para luchar contra esos molinos. No valgo para luchar contra la indiferencia. No valgo para dar la lata, para imponerme al olvido, o a ese indiferencia de que hablaba antes.

Nunca tendré lo que anhelo. Lo que deseo. Porque no valgo para luchar por ello. No valgo para nada. Para nada de nada.

Negro.

Negro.

Siempre quedará la duda de si este escrito es un canto literario, o es una realidad palpable dentro de mi alma.

Negro.

Negro.





La historia de Café para dos: Capítulo II

6 06 2009

No lo hizo

- Elena –murmuró  mirando la pantalla parpadear- paso, luego la llamaré.

Y sin darse cuenta la mentira había comenzado a anidar en lo que antes había sido un nido de dos. Ahora ya cabía cualquier cosa, ahora todo estaba permitido.

Mario….Mario. Le parecía increíble lo que estaba haciendo, pero no podía evitarlo. La emoción de lo prohibido. Mario era más joven que Arnau y que él. Apenas 19 añitos, un chico que a todas luces no le convenía. Un chico al que nunca hubiera considerado nunca para una relación , y si lo hubiese hecho no habría parado de pasarlo mal. Nunca se hubiera sentido cómodo junto a él.  Arnau le prometía un futuro, una familia, una vida. Mario le regalaba momentos inimaginables para su a veces estrecha mente. Le permitía ser otro, le permitía perderse. Y quizás eso era lo que necesitaba ahora. Lo necesitaba o se había enganchado tanto a él que se tenía que buscar una auto excusa para no sentirse mal consigo mismo.

Pero siempre volvía a la cama de Arnau. Y al volver siempre se  preguntaba qué coño estaba haciendo con su vida. Sabía que Arnau tenía culpa de lo que pasaba, pero empezaba a intuir que se estaba convirtiendo en una foto en blanco y negro. Sin matices. 2 colores. 2 hombres. Y el resto parecía no tener cabida en aquél mundo.

Arnau comenzó a hablar, era su táctica habitual. Naufragar en la verborrea hasta conseguir arrancar una sonrisa de aquella boca que un día le había parecido de fresa. Cuando por fin Iñaki empezaba a reír, Arnau respiraba aliviado, y el aire volvía a penetrar en el ahogado motor que movía los hilos de su relación. Un respiro. Pero un respiro ¿antes de qué?

Iñaki rió, de verdad fue una risa sincera. Pero no pensaba en lo que le decía Arnau. Recordó la primera noche que pasó con Mario. Iñaki estaba en Bruselas inaugurando una nueva galería de arte de la Fundación para la que trabajaba. Se había metido en el Chat dejándose llevar. Básicamente quería hablar con un desconocido. No quería contar a sus amigos, para mas INRI comunes a Arnau, sus problemas de pareja. No quería empezar una corriente de especulaciones.

Mario estaba allí. Fue pura casualidad. No solía perdonar un viernes sin salir, pero se había pasado toda la tarde fumando en el césped de la Uni y todavía iba muy fumado. Iñaki le trato con una cierta prepotencia al principio, no sabía por qué lo hizo, demasiado joven, demasiado distinto, demasiado auténtico quizá para él.

Esa noche la pasaron juntos. Se entregó a su brutal embestida y dejó que, todos sus sueños, sus anhelos, sus frustraciones afloraran, se desbocaran en forma de acto sexual sin tregua, sin ninguna concesión a ninguna expresión de cariño, meramente pasión, sexo., cuerpos sudorosos, besos que parecían mordiscos. Una noche que le permitió desinhibirse, ser otro, Fue bestial. Fue brutal,  nada romántico. Fue obsceno y  sucio. Pero fue el mejor polvo que le habían echado en los últimos meses, quizá en toda su vida.

Se ducharon juntos y Mario se quedó sentado en el suelo al lado de la ventana fumando. Iñaki hizo como que dormía, como que sólo era un polvo. Pero no podía dejar de mirar como la luz de la luna bañaba esa piel suave y áspera a la vez. Esa bestia embutida en el cuerpo de un niño. Esa mirada que pareciese que podía ver más allá que la de un director financiero. Y en ese momento supo que la estaba jodiendo.

Volvieron a entregarse bajo aquella luz. Mario sentado, e Iñaki sobre él. Agarrados como si el mundo se estuviese partiendo por su jodido núcleo. Sacudiéndose toda la mierda que la vida le había arrojado. O al menos, esa era su justificación. Ni él era consciente de sus razones. Si es que las tenía. O simplemente quería destruir. Destruir al mundo, o a sí mismo. O a ambos.





Prólogo y Capítulo I: la historia de café para dos.

31 05 2009

Prólogo:

Un día, hace ya mucho tiempo, nació una historia. Cuando escribí el 1º capítulo, no tenía claro nada más que, lo que estaba escribiendo en ese capítulo. Luego, la historia fue creciendo. Con espacios temporales muy grandes a veces entre capítulos. El último de esos espacios temporales de separación, lo cerramos hoy.

Fueron apareciendo personajes. Quizás demasiados al final. Pero aparecieron. Y bueno, no los voy a destruir después de haberlos parido. Eso es lo bueno de escribir por escribir, sin pretensiones, sabiendo que nunca me ganaré la vida con esto, y deba pensar lo que es más creible, o menos, o mejor para vender más, en este caso, que te lean más.

No creo que este blog sea de los que crean adicción. Ni que tenga grandes números en cuanto a visitantes y lectores. Y los que lo siguen, sin duda, me perdonarán esas licencias literarias.

Retomamos hoy, pues, el caminar de esta historia. Empezaremos por el principio, por el Capítulo I. Mientras avanzaré en su escritura. Os esperan de momento 27 capítulos de historias cruzadas. De amores y desamores. como denominador común, todos son gays. Después de muchos años, leyendo historias en dónde todos son heterosexuales, no pasa nada por escribir una historia dónde todos sean gays.

Espero que la disfrutéis. Que me digáis si os apetece, que personaje os gusta más. Y si algo en el capítulo que toque, os ha llegado al corazón.

Gracias de antemano.

Empezamos:

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Capítulo I

Arnau llegó tarde. La cafetería estaba llena y no vio a Iñaki. Este se levantó y le saludó con la mano. Estaba enfadado. Y no se preocupaba demasiado el disimularlo.

Arnau se acercó casi corriendo hasta su mesa. Le fue a dar un beso, pero Iñaki retiró la cara. Y al tocarle el brazo notó un respingo de rechazo. Cada vez parecía que todo iba peor.

Se sentó. Empezó a hablar como un descosido. Le solía dar buen resultado otras veces. Últimamente con Iñaki había tenido que utilizar sus estrategias de placaje con demasiada frecuencia. Las cosas no iban bien entre ellos.
No sabía a ciencia cierta cuando empezó a ir mal. Iñaki empezó a cambiar. ¿Sería cuando se fueron a vivir juntos? Se hizo muy posesivo. Ya no valían los acuerdos tácitos que tenían. Esos acuerdos que dejaba un margen de libertad a ambos. Que no implicaba ir a todos lados juntos, ni hacer en cada minuto del día las mismas cosas con la misma gente.

Poco a poco todo lo que Arnau hacía, le sentaba mal. Tenía un trabajo con un horario muy flexible, que a veces se debía alargar. Reuniones imprevistas, visitas a horas tardías que se alargaba aún más… Y antes, Iñaki lo entendía, y si tenían que cancelar alguna cita o plan, no había problema. Eso iba con el paquete de Arnau. Como contrapartida, le gustaba las posibilidades de relación que le daba Arnau. Su trabajo estaba relacionado con el mundo del Arte, del Cine, de la Literatura. Y a Iñaki le encantaba que Arnau le paseara entre esa gente que de no ser por él, nunca habría tenido acceso.

Arnau era un triunfador. Era muy joven para la relevancia que tenía en esos ambientes y en su empresa. Tenía a penas 23 años. Y era un chico muy atractivo. Incluso guapo. Y tenía un estilo al vestir muy moderno e innovador. Era uno de los que se podía decir, que no seguía la moda, sino que la creaba él. Muchos le copiaban sus combinaciones, sus complementos, sus peinados.

Iñaki también era un triunfador. Tenía 27 años, pero aparentaba todavía menos que Arnau. Tenía un expediente académico muy difícil de superar. Un economista que se habían rifado los mejores bancos. Atractivo no le faltaba tampoco.

Hacía una buena pareja.
Sonó el teléfono de Iñaki.
Miró la pantalla… era Mario.
Dudó si contestar…






… y olwen me dio un premio…

17 05 2009

Fue toda una sorpresa. No me lo esperaba.

olwen para cafe para dos

Este es un blog pequeño, un blog en el que escribo muy espaciado en el tiempo. Es un blog que no tiene apenas lectores. Es un blog donde escribo historias, y a veces algunos pensamientos desordenados, siempre con una taza de café humeante en la mano, y un cigarrillo, también humeante en la otra. Siempre pongo dos tazas: una para mí, y otra para el lector que en cada momento esté leyendo.

Y yo creía que apenas tenían interés las historias de café para dos.

Olwen piensa distinto. Y me ha dado un premio.

Yo lo recojo con gratitud y emoción. Espero que los nervios no hagan que me tropiece y me caiga en medio del escenario.

Parece ser que debo dar también unos premios.

Se lo daría a Olwen, aunque suene a conchaveo. Se lo daría por esas ganas de vivir, esa paz que casi siempre desprenden sus palabras.

Se lo daría a Adrián. Se fue. Pero es de esas personas que siempre están ahí, es una de esas personas que marcan a la gente que le conoció, y a la que no tuvimos ese placer. Me abrió la puerta a un mundo completamente desconocido. Un mundo que creía que no existía en el siglo XXI.

Se lo daría a chiquitín. Por esas historias que marcaron su vida, por tener valentía y salir adelante. Y por saber romper con todo, para intentar buscarse a sí mismo. Por ser tan bueno en lo suyo. Por ser un maestro.

Se lo daría, como no a Marc. Es uno de mis personajes. Para mí es como si fuera real. Como si mañana le fuera a ver y me dejara, mientras le doy el abrazo de saludo, y los cien besos de la abuela que le tocan, me dejara bromear con él y quitarle la gorra. He llorado con él, he pasado noches sin apenas dormir, por él, y ahora me tiene un poco preocupado por esa cabezonería de la que a veces hace gala. Tendré que aporrear el teclado para darle una colleja. Pero me ha enseñado tantas cosas, tantas…

Se lo daría a Iñaki. Iñaki el fuerte. Es otro de mis personajes preferidos. Cuando escribo sobre él, hay muchas cosas en su personaje que pongo de mí mismo. Por eso a veces le entiendo tan bien. Es orgulloso, como yo, es entregado, como creo que soy capaz de ser yo. Ama como pocos son capaces de hacerlo… yo creo que no podría llegar a ese extremo. Calla las cosas que le atormentan, para no preocupar a nadie. Pero como todos, estalla. Y cuando se estalla así, a veces no se elige el momento. Como yo. Me tiene preocupado también este personaje. No sé que hacer con él, no sé si abrazarle, si invitarle a un café, darle doscientos besos de abuela, colgarme de su cuello, o darle una patada.

Se lo daría también a Valle. Que difícil es encontrar amigos así. Que sean capaces de hacer el ridículo, solo para que sus amigos se arreglen. Iñaki y Marc, no saben lo que tienen… aunque a veces no acierte.

Se lo daría a canalla. Es impresionante los kilos de ternura que se disfrazan en su escritura dura, brusca. Una escritura que traspasa. Que no deja indiferente.  Sin él, a parte, no existiría café para dos. Me engañó como a un bobo. como diría aquél, a cada uno lo engañan como lo que es. Lo bonito que tiene este premio es que no se va a enterar nunca de que se lo doy.

Y se lo daría a Mafer. Mafer, está muy lejos. Con océanos de por medio. Me ha acompañado en momentos duros. Me ha querido, sin merecerlo. Y me ha enseñado muchas muchas cosas. Cuando pienso en alguno de los problemas de Marc, pienso en como los solucionó Mafer. Mafer también me ha enseñado muchas cosas. me ha enseñado como se superan dificultades que, si no nos tocan cerca, pensamos que son ficción.

Se lo daría a Néstor. También he llorado con él. También me ha dejado alguna noche sin dormir. Pero quizás, esa forma de amar que tiene, me llama la atención… me subyuga… me da envidia.

Se lo daría a Alex. El papo. No creía que había gente así. Y no creas que, a veces lo pongo en duda, y pienso que es un sueño, o que es un personaje de un libro que me estoy imaginando para escribirlo algún día. No podía imaginar antes de saber de él, que, hay gente buena, que hay gente que abraza a quien lo necesita, que acoge en su familia, en su seno a quien cree que se lo merece. Da igual los problemas que traiga. Da igual el dinero. Y todo con abrazos, con cariño, con entrega…

Todos estos premiados tiene algo en común. Son gentes fuertes, son personas que se entregan a la gente que quieren. Que superan dificultades. Que son valientes. Todas estas cualidades, las admiro. Quizás, porque yo no las tengo.

No voy a cumplir con la condición de ir a sus blogs y avisarles. Me daría vergüenza.

Olwen, Chiquitín, Iñaki, Marc, Valle, canalla, mafer, néstor, alex. No os olvidéis que, si os dejais besar y abrazar, todo será, mucho, mucho más bonito.





… de cafés tranquilos, de agobios, y de chicos cabezotas…

9 05 2009

Hace tiempo que no me tomo un café aquí. Y que no me fumo un cigarrillo pensando y mirando el cuadro de mi tía Ana Mary. Debería ir a verla un día. La pobre está ya un poco pachucha. Le cuesta moverse. Con lo dicharachera que era ella. Si la he visto unas cuantas veces es porque ella ha venido a vernos. Si fuera por mis padres, ni la hubiera conocido. Y eso que vive en Asturias, que no pilla lejos de aquí… ¿O sí?

Estoy cansado. Me permitiréis que una vez más apoye las piernas en este puff maravilloso. Ha sido una semana dura. Sip. Dejadme coger la taza de café… y darle un par de vueltas. Humea. ¡Qué aroma! Un sorbo. Dejadme que coja un cigarrillo, y lo encienda. La primera calada con el café, aquí, sentado y mirando el cuadro que pintó mi tía Ana Mary, sabe a gloria.

Ahora parece todo irreal. Aquí, tranquilo. Nada parece poder alterar mi tranquilidad. Durante todos los instantes de esta semana, fue al revés. Nada parecía poder relajarme. Ya desde la noche del domingo al lunes, fue así. No pude pegar ojo. Y lo poco que dormí, fue sin descansar. El lunes mal, el martes, peor, porque estaba más cansado… y el miércoles… y el jueves fue horroroso… el viernes algo mejor, pude al final dormir un poco.

Dejadme que de otro sorbo al café. Dejadme que saboree otra calada de mi cigarrillo… mira como sube el humo, como se pierde en la oscuridad, cuando sale de la influencia de la luz de la lámpara de pie.

Es difícil salir un poco de ese camino que te marcas. El agobio, no descansar, lo que te agobia más,  no rindes, te agobias más, no llegas a nada, te agobias más, no sabes como relajarte, te agobias más, no quieres la compañía de nadie, porque piensas que eres mala compañía para cualquiera. Y como casi siempre, cuando tú mismo has cogido el papel de optimista, de fuerte, nadie piensa que necesites ayuda. O que simplemente necesites que no te machaquen. Nadie te ve. Y tú, claro, no puedes decírselo a nadie. Porque en el fondo, no sabes como hacerlo. Porque además, en estos momentos, solo te pueden ayudar un grupo reducido de personas. Esas a las que quieres de una forma u otra, y soportas, claro. Pero como eres fuerte, nadie te mira a la cara, nadie te mira a los ojos… y te dice… “mi pobre”, y te arrulla, o te coge de la mano, y te lleva a comer una hamburguesa, o al restaurante de moda, que total, hoy es un día, y el resto del mes comeremos pasta.

Espero que algún día quieras tomar un café conmigo. Sí, aquí delante, enfrente mío, y te pueda contar todas estas cosas que te estoy contando ahora. Estas y otras. Y me dejes ver como disfrutas del sabor, del aroma del café. Un café, es una de las formas mejores para compartir pensamientos, sensaciones, inquietudes. De simplemente compartir un rato. El té de las 5 de los ingleses,  seguro que tiene esa razón. Si no tenía esa excusa, no saldrían de casa.

Es curioso, ahora que hablo de fuertes, sabéis, es como yo veo a Iñaki, uno de “los chicos de la gorra”. Tiene que tirar de Marc. Tiene que conseguir que duerma, que se relaje, que afronte todas las muchas cosas que la vida le ha echado encima. Tiene que conseguir transmitir su amor, con gestos medidos a veces. Tiene que ayudar a afrontar problemas que tan siquiera comprende. Pero él está solo. No, sí, tiene muchos amigos. Pero ese apoyo que él necesita, no lo encuentra. Y no sabe pedirlo. Porque se ha acostumbrado a callar. Porque no quiere además hablar con Marc, y ponerle más cosas encima de la mesa. Y porque Iñaki, lo sé bien, porque también me pasa a mí, es orgulloso. No, no es de este orgullo chuleta. Es orgullo, de amor propio.

El personaje de Marc, también es orgulloso. O cabezota. Necesita tanto amor que no ha tenido hasta hace 4 días… Necesita ser a ratos niño, esa infancia que no ha disfrutado. Ser caprichoso como los niños. Ser testarudo. Y que cuando se hace pupa en la rodilla, aunque sea por portarse mal, venga su papo, o su hermana pequeña, o su chico, y le canten con voz melosa “cura, cura sana, y si no se cura hoy, se curará mañana” y le den un abrazo, y le den besos de la abuela. Y el personaje de Marc, necesita también amar como hombre. Como hombre que ama a otro hombre. Pero no puede… porque tiene demasiado dentro esas cosas que le decían de peque. Esas cosas que le hacían de peque.

¿Y que hacemos cuando dos chicos que se aman hasta la médula, que han luchado como pocos por su amor, se enfadan, discuten, y aunque hablan,  no acaban de encontrarse en el camino de la vuelta a ese estado de las parejas en el que todos a su alrededor salen corriendo para no quedarse pegados por el azúcar que desprenden?

No sé como escribir el capítulo de la reconciliación. Podría meterme yo mismo en la historia, como personaje, e ir a un sitio, coger de la oreja a uno de ello, llevármele sin soltar la oreja hasta dónde está el otro, coger a este otro también de la oreja, y sentarme en medio hasta que por aburrimiento se besen y se besen. Y se besen. Y se miren como tortolitos. O podría meterme en la historia sí, e ir a ver a uno de ellos, y pasear junto al mar con él, y hacer que hable, y hable, y hable, y hable. Y darle un par de cientos de abrazos. Y una patada con rumbo al aeropuerto.

Pero esto no sé, creo que no sería ni factible, ni creíble. Un autor de relatos, encima malo, que se mete en la propia historia, y se convierte en uno de los protagonistas.

No sé. Estoy perdido con la historia de Iñaki y Marc. Porque no sé como sortear esa cabezonería de los dos. Y esos muchos fantasmas que se han instalado en sus cabezas. Porque debería echarles a todos.

Es uno de esos puntos en que el escritor se queda en blanco.

Aprovecharé entonces a recuperar la historia de café para dos,  aquella historia que fue creciendo en el blog antiguo, y que nadie leía. Ya verdad es que creció un rato la tía. Empezaré un día de estos por el 1º capítulo, y poco a poco la recuperaré entera. Y acabaré de escribirla, claro.

Tengo la boca seca de tanto hablar. Y el cerebro me echa humo de tanto pensar. Total no he encontrado respuestas ni para mí, ni para la historia de los chicos de la gorra, para Marc e Iñaki.

Y encima, el café se ha enfriado.

Déjate besar y abrazar, que todo será más bonito.





… le quiero… pero… todo salió al revés…

12 04 2009

Estoy furioso.

Y no sé muy bien por qué. O sí lo sé…

Acabo de volver del viaje. Nada ha salido bien.

Creía que iba a ser agradable. Bonito. Espectacular. Que iba a disfrutar de él hasta hartarme.

Y no hemos parado de discutir.

Estoy… estoy furioso. Sí… quería encontrar otra palabra… pero no la he encontrado. No puedo evitarlo. Todo me sienta mal…  a todo le doy mil vueltas… todo lo entiendo por el peor lado posible…

… pero es que no puedo evitarlo. Dudo… le quiero… pero desde hace unos días, creo que él no me quiere a mí. No duermo bien pensándolo. Necesito un poco de cariño, necesito no llevar la iniciativa, necesito ser por una vez el débil, y recibir el apoyo de todos.

Necesito que me digan que me quiere… pero de verdad. Necesito que me explique por qué hace las cosas, y no tener que interpretar. Necesito que confíe en mí, que se vacíe, que me explique, que me cuente, que llore en mi hombro… todo antes de tener que imaginarme lo que pasa, lo que pasó… lo que siente, lo que sintió… lo que quiere… lo que no quiere…

Si todo es difícil… pero lo hacemos más difícil… yo necesito saber el suelo que piso… aunque sea por una vez… estoy cansado ya de estar siempre en la duda… en hacer las cosas sin saber si acierto, o yerro…  es la eterna duda… es como luchar con molinos de viento…

Y yo le quiero tanto… le amo tanto… es que me duele de todo lo que siento por él… pero temo no estar a la altura, temo no interpretar bien sus gestos, sus miradas… temo su respuesta… no me quiere dar una respuesta… ¿No me querrá? ¿Dudará?

Y a nadie puedo contarle esto. Y me corroe. Y… todo me sabe mal, todo me sienta mal… estoy de mal humor… y no sé por qué… no sé controlarlo… no puedo… no sé…

Me senté en el avión… y ahí solo, rodeado de gente, con una señora gorda y tonta a mi lado… lloré… y lloré… y me desesperé… por no poder hacer las cosas como hubiera querido…

—–

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





una respuesta…

23 03 2009

- ¡Ah! No, no… no vale Marc – dijo Iñaki riéndose…

 Cada uno estaba a un lado de la mesa del salón. Tenían los músculos en tensión… dispuestos a salir corriendo en cualquier momento. Era Iñaki quién perseguía a Marc… Le quería devolver la palmada en el culo que le había dado al salir del baño, después de ducharse. Comenzó entonces una persecución por toda la casa, entre risas, tropezones…

 Pero el “listo” de Marc era ágil. Y a Iñaki le había pillado desprevenido. Marc no era dado a esos juegos en los que el contacto físico era importante. Le costaba mucho. Aunque poco a poco se iba convenciendo de que no había nada malo en ello, de que no traicionaba a nadie con ello, su educación todavía le pesaba mucho. Luchaba contra ello, pero… era una batalla todavía por ganar.

 Por eso, el ligero azote en su culo, aunque llevara los calzoncillos puestos, le había dejado sorprendido. E Iñaki reaccionó como pudo… saliendo en persecución de Marc. Dudó un poco en hacerlo. Sabía que si se extralimitaba en el juego, todo podría acabar en un rechazo de Marc. Y era algo que quería evitar a toda costa. Le amaba tanto… que aunque fuera a costa de  reprimir todas las cosas que le gustaría compartir con él, no quería que la mirada de Marc se empañara con esa mezcla de pena, de vergüenza y de miedo.

 Pero vio esa mirada de pillo en los ojos de él. Y decidió que podía perseguirle e intentar devolverle la “caricia” en el culo. Aunque de momento no lo había conseguido… para su desesperación, y el regocijo de su chico.

 - Ya verás cuando te pille.

- ¡Bah! Ni sueñes que lo conseguirás. Estás bajo de fondo. Cuando muevas un milímetro esas piernas largas que calzas, yo estaré en Marte… jajajajajaja.

- ¡Eso ya lo veremos! Que la semana pasada salí a correr un par de días… me estoy poniendo en forma…

- ¡¡Bah!! ¡¡Bahh! Mira como tiemblo… – y Marc alargó sus manos moviéndolas exageradamente.

- Ya verás…

 … y diciendo esto, se lanzó por la derecha de la mesa…  pero Marc, una vez más fue más ágil, y salió corriendo por el pasillo, y se metió en su habitación. Iñaki corrió detrás de él, haciendo ruido como si fuera un fantasma… ¡¡¡uhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!

 - ¡¡Que miedo!! Iñaki el fantasma que viene – gritó Marc antes de meterse en su cuarto.

- Ya te tengo… ¡¡¡Voy a por ti!!!

- ¡¡¡Huy, huy!! ¡¡Qué miedo!! Iñaki el fantasma invencible…

 E Iñaki se abalanzó dentro de la habitación. Con sus brazos levantados, y haciendo…

 -¡¡¡uhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!

 Marc le esperaba apostado detrás de la puerta. Cuando Iñaki entró en la habitación, hizo un placaje contra él, y cayeron los dos sobre la cama. A Iñaki le entró la risa floja., porque además, sin querer, Marc le estaba haciendo cosquillas.

 - ¡¡Ríndete!! – gritó Marc con todo su cuerpo encima del de Iñaki.

- ¡¡Ya te pillaré!! Has abierto la guerra, Marc, verás cuando te pille…

 Marc agudizó las cosquillas a Iñaki, esta vez a posta,  y le agarró las manos por encima de su cabeza.

 - Si no te rindes, será mucho peor…

- Vale, vale… me rindo. Espero seas clemente en la victoria.

- ¡¡Quieto ahí!! – Iñaki había intentado levantarse al notar que Marc se quitaba de encima de él. Y le palmeó las piernas desnudas para hacer más fuerza en su orden.

- Vale, vale.

- Y no levantes la cabeza o tendré que ponerte una venda en los ojos.

- Bueno… ¡¡como te pones por una victoria de nada!! Ya te espero otro día…

- Cuanto más hables o amenaces, peor será el castigo… – dijo Marc, en ese tono típico de película de época, rodada en los años 50.

- Acojonado me has – susurró Iñaki.

- ¿Qué dices?

- Nada, nada, castiga castiga. – acabó diciendo Iñaki, que a estas alturas, ya no sabía por dónde le daba el aire, ni qué esperar de esa situación. Marc le estaba desconcertando.

 Marc salió un momento de la habitación, apenas un par de minutos. Cuando volvió, traía un par de botes de Nocilla. Hacía apenas unas semanas que Iñaki le había hecho un juego con  Nocilla. Hoy, era el momento de devolvérselo. Desde ese día, la Nocilla no faltaba en esa casa. A veces había sido objeto de risas, de pequeños juegos. Normalmente, además, habían tomado la costumbre de “untarla” con los dedos. Y untarla… en la nariz, en el cuello.

 -  Ahora vas a ver… ja, ja, ja.

- ¿Qué estás tramando? – Iñaki hizo un amago de darse la vuelta al notar que Marc se sentaba encima suyo, dejando su cuerpo entre las piernas.

- ¡¡Qué te des la vuelta!! – le dijo Marc, en ese todo de padre cansado de repetir al niño lo mismo 37847 veces.

- Marc…

- ¿Voy a por una mordaza? ¿Eh? ¿Eh? El otro día fui yo mejor “jugador” que tú hoy… me quedé quietecito… sip.

- Vale, vale, me rindo definitivamente. Es cierto, el otro día te portaste muy bien… aunque no estoy muy de acuerdo en que fueras el perdedor de la tarde…

- ¿A que encima te quedas sin cenar?

- Lo habías prometido… eso no entra en este juego…

- Huy, huy… parece como si tuvieras mucho interés en esa cena…

 Iñaki se estaba desesperando. Ahora sí que le desconcertaba completamente Marc. Él quería aprovechar esa cena para hablar muy seriamente con Marc. De su propuesta de hacía algunos días, y de otras cosas. Y ahora, con este juego de Marc, veía peligrar toda su estrategia del día.

 - Tranquilo – le dijo Marc, tras unos instantes de silencio – La cena estará preparada tal y como habíamos hablado. ¿Más tranquilo?

- Bueno, yo… – pero Iñaki no sabía que decir. No quería meter la pata…

- Voy a empezar con mi obra maestra.

 Y diciendo esto, abrió ceremoniosamente el bote de Nocilla

 - ¡¡¡¡¡chan chan!!!!!!!!!!!!!!!!! – gritó a pleno pulmón.

- Una rayita por aquí, otra por allá… Se me acaba la pintura…

 Iñaki iba sintiendo como los dedos de Marc se paseaban por toda la espalda. Le estaba untando todo el bote de nocilla… anda que, pensó él, dúchate para estar hermoso para la cena… y luego acaba untado de nocilla. En realidad, eso se lo decía a sí mismo como para seguir en el papel de perdedor. Porque en realidad, él sabía que, estaba tremendamente contento de que este juego de toques, de caricias que parecen casuales, lo hubiera empezado Marc, que tan reacio era a ellos. Pero esos juegos, a veces, habían acabado con mosqueos, porque nunca estaba claro el límite que tenía Marc. E Iñaki muchas veces quería seguir… Y Marc, al no poder hacerlo, se mosqueaba con él, consigo mismo, con el mundo…

 Y hoy era uno de esos días… en que jugaban, y que Iñaki no sabía cual era el límite. Era un día importante para él, por los planes que había hecho para esa noche. Y no quería joderlo. Pero por otra parte, quería disfrutar de esos roces, de esas caricias, y por qué no, de todo lo que Marc se atreviera a hacerle esa noche.

 - Bueno, bueno – dijo de repente Marc, rompiendo los pensamientos de Iñaki – Ya está acabada mi obra maestra.

- Esto… una pregunta Marc… Luego limpiarás tu obra maestra. Digo, no sé… – todo esto con voz un poco de broma.

- No, no. Tiene que permanecer así hasta mañana. No te puedes tumbar panza arriba, ni poner ninguna camiseta. Ni apoyar   la espalda en un respaldo…

- Pero…

- Ni pero ni leches. ¡¡A callar!!

- P…

- Si te portas bien y sigues mis instrucciones, a lo mejor te dejo ducharte otra vez…

- Y tú conmigo en la ducha, para frotarme la espalda… aunque yo preferiría que la quitaras con la lengua… – dijo Iñaki, probando suerte, por si colaba.

- No hijo no. Aguita y jabón. Y sin hacer nada pecaminoso en la ducha.

- ¡¡Marc!! – en tono medio ofendido.

- ¡¡Iñaki!! – en tono burlesco – Déjate de bobadas, y ahora levántate. Te voy a poner una venda en los ojos, solo un par de minutos.

- ¡¡Marc!!

- ¡Calla! ¿Qué me estás desgastando el nombre! Voy a tener que cambiarlo…

 Marc cogió un calcetín de esos de deporte, largos. Y se lo puso alrededor de la cabeza, tapándole los ojos.

 - ¿Ves algo?

- No, nada.

- ¿Seguro?

- Seguro – con voz resignada.

- No te creo – y diciendo esto, pasó su mano por delate del paquete de Iñaki, como si fuera a apretarle los testículos. Pero Iñaki no reaccionó, por lo que esto convenció a Marc de que, efectivamente, Iñaki no veía rien de rien.

 Fue hacia la mesilla, y sacó dos pulseritas de oro. Eran muy sencillas. Una simple cadena, con un enganche, y una plaquita en el medio. Cogió una de ellas, y se agachó. Intentado ni siquiera rozar la piel de Iñaki, para no darle pistas, pasó esa pulserita alrededor del tobillo izquierdo de su chico. Cuando estuvo listo, se levantó, y se le quedó mirando un par de minutos. Una mirada de orgullo, de amor, se escapó desde dentro. ¡Cuánto amaba a ese chico! ¡Cuánto estaba sufriendo Iñaki por él! Hasta cuando se enfadaban era de tanto y tanto que se amaban. No podían soportar ver sufrir al otro. Y estallaban.

 - Date la vuelta, anda – dijo Marc, saliendo del embobamiento que le había producido quedarse mirando a Iñaki ahí, de pie, en medio de la habitación, en calzoncillos.

- ¿Ya me puedo quitar la venda?

- Cuando te des la vuelta, pesado.

- Y ahora puedes mirar mi obra maestra. Dependiendo de tus halagos, cenarás o no esta noche.

- Serás…

- Y no digas palabrotas, que si no…

- Me quedo sin cena, vale, ya lo sé… ¿Puedo mirar?

- Sí, si, gira la cabeza, y verás en el espejo el reflejo de la imagen.

- Huy, huy ¡¡¡Obra maestra!! ¡¡Una maravilla!! ¡¡Es un Miró!! ¡¡Qué digo Miró!! Miró no te llegaba a la altura de los zapatos. Una…

- Una…

 Iñaki se había dado cuenta de que había escrito algo, entre tanta línea abstracta. Lo veía al revés, claro. Pero al final logró entender lo que ponía. No era que no estuviera claro… es que cuando lo leyó, se quedó pensando en su significado. Es una de esas veces en que lo entiendes, pero tu mente no procesa. Por la sorpresa, por lo que crees que significa, porque tienes miedo a que no signifique eso…

 - Parece que se te haya olvidado leer

- Marc… yo…

- ¿No sabes lo que significa?

- Sí… bueno…

- Pues eso… ¿o te arrepientes?

- No, no…

- ¿Y te quedas así?

- Bueno…

- ¿Y te quedas con esa cara de pánfilo?

 Iñaki al final, se arrancó, y se lanzó hacia Marc. Le abrazó, y le levantó del suelo, dejándole en el aire. Aprovechó Marc, para rodearle la cintura con sus piernas, y besarle en los labios. Primero besos pequeños. Cortos. Con los labios cerrados. Luego fueron alargándoles, abriendo los labios, jugando con sus lenguas…

 De repente, Iñaki se separa apenas un palmo de Marc…

 - ¿Estás seguro?

- Sí… quiero. Sí. Quiero casarme contigo.

- Pero, vivimos en ciudades distintas. A miles de kilómetros.

- Será difícil. Tampoco nos tenemos que casar mañana. Podemos esperar unos meses. Pero quiero estar comprometido formalmente contigo.

- Y…

- Sí, es difícil. Somos jóvenes. Tú estudias, y quiero que lo sigas haciendo. Y yo, puede que este año o al siguiente, vuelva a estudiar. Pero creo que mi familia nos apoyará. No tendremos problemas de dinero… si además apartas un poco ese orgullo tuyo, y me dejas pagarte alguno de los viajes al menos, o algunos de tus gastos.

- Sabes…

- Calla, eso me da igual…

 Se callaron unos segundos. Pero ni Marc hizo amago de bajarse de los brazos de Iñaki, ni este hizo ningún movimiento tendente a dejar en el suelo a Marc.

 - Creía que me ibas a decir que no.

- Es que la pregunta se las traía… ¿quieres casarte conmigo?

- Pues fíjate que fácil la respuesta: Sí quiero.

- Si te hubiera contestado al instante, no hubiera sido importante la decisión.

- Pero parecía que no querías…

- No, al revés. Pero sabes… sabes que ahora mismo sigo siendo un poco carga. Tengo tantos problemas, tantas comeduras de coco…

- Eso sabes que…

- No te enfades… ya sé que me amas, que eso no es ningún problema para ti, que llevas 4 años junto a mí, dándome la vida. Pero tú no quieres que te pague el avión, por orgullo, y yo también tengo el mío. Yo sé que quieres cosas que no te he podido dar. Y que no estoy seguro de poder dártelas. Yo…

- Pero vamos avanzando..

- Sí, pero ahora tú, siguiendo con este juego, querrías acabar sobre esa cama, Con nuestros m…

- Eso es una bobada – estalló Iñaki, ahora sí obligando a Marc a poner los pies sobre el suelo. Pero Marc no soltó su cuello…

- No es nada malo, no te enfades. El sexo es un medio estupendo de demostrar el amor. Pero, yo sabes que tengo que esforzarme por romper esas murallas que levantaron en mi mente. Hemos avanzado mucho… Pero si tú estuvieras con otro chico, estarías todo el día…

- Yo no quiero estar con otro…

- Ya lo sé… no distorsiones lo que quiero decir.

- Vale. Pero yo… puedo esperar…

- Ya lo sé.  Pero la pregunta para mí era… ¿Quiero que Iñaki se obligue a cargar conmigo? ¡¡chssss!! – le dijo poniéndole la mano en la boca, cuando vio que él quería interrumpirle – ¡¡calla!! ¡Déjame seguir! … ¿Quiero que se sacrifique… más de lo que ha hecho por mí? Y sí… al final, por razones puramente egoístas, he llegado a la conclusión de que sí… .quiero.  Porque quiero vivir. Quiero poder amarte plenamente. Quiero poder tener sexo con un hombre sin sentirme mal. Porque sino, no podré seguir viviendo. Y porque será la victoria definitiva. No quiero seguir viviendo sino es con tu amor.

 Iñaki volvió a abrazar a Marc. Se le habían saltado las lágrimas. Le amaba. Sí. Pero era también un amor que a sus 20 años, le había puesto a prueba muchas veces. Que le había puesto al límite casi cada día. Frente a sucesos, a problemas que no sabía como afrontar. Y nadie a su alrededor le podía ayudar… porque nadie sabía tampoco como hacerlo. Y él no era muy dado a pedir ayuda, tampoco.

 Le amaba… le amaba con todo su ser.

 - ¿Entonces te casarás conmigo?

- Sí, me casaré. Aunque dejamos la fecha sin marcar. Pero que sepas que tienes un compromiso conmigo.

 Y diciendo esto, se separó, y señaló al tobillo de Iñaki. Y señaló su cadena.

 - ¡¡Ohhhhhh!! Marc…

- Hoy tartamudeas mucho… – se mofó Marc.

- Es que hoy vas de susto en susto… pero…

- Calla, y ponme la mía…

 Y le tendió una pulserita igual que la que tenía en el tobillo puesta. Cogió la plaquita, a modo de pequeño colgante, y vio que tenía una inscripción: Iñaki – Marc 15-04-2009. Se agachó y le ató la pulserita en el tobillo izquierdo.

 - Ya está firmado.

 Marc cogió la mano de Iñaki, se la abrió. Puso su palma hacia arriba… .y sin dejar de mirarle a los ojos, se la fue acercando a su boca. Cuando la tuvo a escasos centímetros, alargó sus labios, y se la besó. Uno, dos, tres…veces.

Iñaki era en ese momento, el hombre más feliz del mundo. No podía ocultar en su cara la satisfacción, el orgullo y el amor por Marc. Y más cuando podía comprobar que, a lo mejor no era verdad que fuera el hombre más feliz… porque Marc, su chico, rivalizaba en felicidad.

 - ¿Nos duchamos? – Propuso Iñaki.

- ¿Juntos? – dijo con voz insinuante Marc.

- Por supuesto.

- Lo malo es que no me dará tiempo a preparar la cena.

- No hay prisa. Tenemos toda la noche..

- ¿Jugaremos con la espuma?

- Jugaremos a lo que quieras…

- Y así nos quitamos la Nocilla, que al abrazarme, mira como te has puesto..

- No importa. A lo mejor te dejo comerla de mis brazos…

- Bueno, bueno… vamos… ¡¡¡vamos!!!!

 Y sin más, Iñaki alzó a Marc, le cogió en brazos, y entraron  así en el baño.

 

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Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





… el chico de la farola…

11 03 2009

Hoy…

Hoy es un día para recordar. 11 de marzo. Hace 5 años, iba a trabajar. Me llamó la atención en un bar por el que pasé camino del autobús, que todo el bar estuviera mirando a esa hora al televisor. Pero… no le di importancia.

Bajé del autobús. Entré en uno de los bares en los que tomo café antes de ir a trabajar. Y todos miraban el televisor. Había mucha gente, y no se escuchaba el sonido. Miré de refilón, y vi las imágenes de unos trenes que parecía haber tenido un accidente.

Me volví a mi café. Un cortado, como siempre. Mi primer cigarrillo del día.

Aspiré el humo de la primera calada. La gente seguía mirando al televisor. Algo me llamó la atención de esas miradas. Eran como de estupor, de incredulidad.

Me volví a mirar la tele otra vez. Primero pensé que el accidente era en algún sitio indeterminado del mundo. De repente, me fijé que eran unos trenes de RENFE. Me fijé un poco más… y percibí que no podía ser un accidente.

En toda la mañana no conseguí hacer nada, más que buscar en Internet la última información. Las imágenes. El por qué. El cómo.

Vi fotografías. NO… no se publicaban fotos demasiado duras. No hacía falta.  Pero una foto de un chico apoyado en una farola… no tenía heridas graves… pero al ver su mirada perdida… su estupor… me sobrecogió. Me oprimió el alma.

Esa foto se hizo más o menos célebre. Es que indicaba tantas cosas ese chico… Ese chico representaba lo que sentíamos todos esa mañana. Lo que sentimos durante todo el día.

Porque es difícil hacerte a la idea de que, lo que estás mirando en la tele, en el ordenador, lo que te cuenta la  radio, es cierto… y no es una representación a lo Orson Welles de “La Guerra de los Mundos”.

5 años después, no sé si hemos avanzado. En cualquier otro lugar, eso hubiera unido a todos. Aquí no. Aquí cada uno sigue haciendo la guerra por su cuenta. Unos, siguen con conspiraciones. Otros, que si están enfadados por no sé que comisiones. Unos que si con éste no me hablo. Otros…

Me siento en mi butaca orejera. Un café. Cortado como siempre. Un cigarrillo. Lo enciendo. La primera columna de humo se pierde en lo alto del salón. Solo la luz de una pequeña lámpara alumbra la habitación. Apenas distingo el cuadro de enfrente. Veo esa foto otra vez en mi mente. Y no puedo dejar de sentir otra vez, la misma angustia que ese día. El mismo estupor. La misma rabia. Me gustaría hoy, poder dar un abrazo a ese chico de la farola. Y decirle que, hacerle sentir que… todo va a salir bien.

 

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.