Héroes sin cuento, o cuento sin héroes.

7 02 2010

Hoy he visto una película: “The Road”.

Es un peliculón. Merece la pena verla.

Pero no quería hoy meditar sobre los méritos de la historia, o de cómo ha sido llevada a la pantalla, o sobre el padre y su hijo protagonistas. Quisiera pensar sobre uno de los temas que la historia lleva tras de sí.

La lucha.

Luchan los dos, padre e hijo,  por sobrevivir en un mundo hostil. El mundo se ha derrumbado. Están los que han sucumbido y hacen lo posible por sobrevivir, aún comiéndose a otras personas, o que roban y asesinan por un pard e zapatos, y los que luchan sin perder el norte. Y  luego están los que se rinden, y prefieren morir.

Siempre que veo una película con estos mimbres, me da por pensar qué sería capaz de hacer yo en lugar del protagonista. Unos días, los días en que mi imaginación está más rebosante de historias, de héroes a los que dar vida en mi cabeza, y de interpretar el papel protagonista, me siento el héroe, adorado por todos, incansable. Con una palabra amable para animar al hundido, un brazo para levantar al que se ha tropezado, un beso para consolar al afligido.

Cuando mi alma de “imaginador” de historias está menos atenta, cuando me llega el realismo, siento que no sería capaz de luchar. No sería capaz de mantener esa tensión. No creo que lo fuera, ni aunque tuviera a mi chico a mi lado, o tuviera que luchar por él. O que fuera mi hijo al que tuviera que salvar. Mucho menos si estuviera solo.

Estos pensamientos luego pueden no corresponderse con la realidad. Muchas situaciones son tan únicas que solo viviéndolas sabes de lo que eres capaz. Pero cada día me siento menos luchador. Menos héroe.

Quizás mañana recupere mi alma de imaginarme vestido de azul, cual príncipe de cuento, y despierte a mi príncipe desnudo, con un beso suave, a la vez que apasionado, mientras duerme a la espera de mi llegada. Y desde luego, a partir de ese momento, empuñaré mi espada para cruzarla con quien ose poner en peligro a mi príncipe.

Me voy a dormir. Quizás todo sea que, cuando se está cansado, se es menos héroe.

Y como siempre digo, dejaos besar y abrazar, que todo será mucho más bonito.





Los desengaños.

1 02 2010

Cuando empiezas a leer blogs personales, de los que la gente cuenta sus cosas, sus problemas, su vida, si logran engancharte, sigues sus andanzas casi como si fueran las de la persona más querida. Sientes sus padecimientos casi como si fueran los tuyos. Te dejan sin dormir si sufren y respiras aliviado si alguno de sus problemas se ha solucionado. Si lees que alguien les pega, sientes esos golpes como si te los dieran a ti. Si lees que alguien les insulta, quisieras estar a su lado para protegerles, para cogerles de la mano, para hacer que recuesten sus cabezas en tu hombro. Incluso para pegar un par de leches a quien no tiene cabeza más que para intentar pisar a los demás. Sobre todo si son distintos a la mayoría.

Eso es por lo menos lo que me pasa a mí.

En algunos casos, después de llevarte algunos desengaños, pones un límite. ¿Qué desengaños? Pueden ser variados… Por un lado, personas que conoces al fin en persona, y que compruebas que su interés por ti era completamente egoísta. Solo buscaban ese momento de ayuda, de apoyo, o ese comentario para engrosar su cuenta de comentarios. Una vez solucionado el problema, ya no eres necesario. Ni interesante.

Otra forma de desengañarte, es comprobar que las historias que has seguido, no son exactamente reales. Yo escribo relatos de ficción. Pero no digo que son mi vida. Los juegos con los relatos, con las historias de un blog, no son simplemente juegos de palabras. Si provocan sentimientos, son juegos mayores. Si te implicas, son torturas.

Al final, optas por poner un límite. Porque por muchas ganas de ayudar que tengas y apoyar a la gente que abre un blog para volcar sus sentimientos, su necesidad de afecto, de apoyo, de sentirse acompañado, menos raro, menos solo, todo tiene un límite. Y cuando a ti te sacude el alma, y no vas a poder sacar ni siquiera la más mínima alegría o compensación anímica, sino más bien al contrario, te vas a quedar tú hundido en la miseria, y todo por una mentira, si es el caso, el sentido de supervivencia te impele a dejar de implicarte, de profundizar en esas personas, de conocerlas.

Y es una pena, porque a lo mejor algunos de los que ahora lloran en un blog, podrían sentirse reconfortados por un comentario mío. Pero, ya se sabe, que a veces pagan justos por pecadores.

Porque mira que hay gays de todas las edades que están más solos que la una, que sufren, que no se quieren ni una miaja, que no se sienten bien consigo mismo. Los que tienen  blogs, y los que vagan por ellos sin siquiera atreverse a escribir un comentario anónimo. Y los que habrá que ni siquiera han descubierto los blogs, u otras formas de desahogarse.

Porque como me gusta decir a mí mucho en este blog, todo será mucho más bonito si te dejas abrazar, y besar.





Sin pegar ojo.

26 01 2010

Hoy no he pegado ojo.

Dos cosas se me metieron en la cabeza:

-         Un relato que escribí. Me metí tanto en los personajes, y quise transmitir con tanta fidelidad como fuera posible lo que sentían, que luego no me pude liberar. Las imágenes que me venían a la cabeza, eran las de estos protagonistas sufriendo.

-         Una película que medio vi anoche, en la televisión: Napola. La historia gira en torno a dos chicos completamente distintos que coinciden en una escuela nazi. Un chico sensible, de extracción social humilde. El otro, sensible, escritor, de posición prominente. Su amistad, lo que cada uno aprende del otro. Su forma de enfrentarse a la brutalidad que enseñan en esa escuela. Con escenas impactantes, en cuanto a explosión de sentimientos.

El resultado de este cóctel, ha sido una noche en blanco. Miento. Al final creo que he dormitado un par de horas.

No es la primera vez que me pasa. Pero desde que los “chicos de la gorra” se fueron, no había experimentado que, la vida de otros, se me metiera en el alma, y me doliera como si fuera a mí o a mis seres queridos, a quien les ocurrieran estas cosas.

Recuerdo que mi madre me decía muchas veces, cuando había una película de miedo, o de intriga, y me alteraba, “es solo ficción”. Pero la ficción, la vida de los demás a veces te impregna los sentidos como si fueran reales. Al fin y al cabo, dándole la vuelta, es lo que buscamos cuando leemos, cuando vemos cine, o miramos un cuadro. Pero mi madre predicaba con las palabras, porque a ella le pasaba lo mismo.

Por cierto… ¿Qué será de los chicos de la gorra?

Y recordad que, si te dejas besar y abrazar, todo será mucho más bonito.Hoy no he podido dormir





Sus ojos. Me miran.

17 11 2009

Me está mirando la señora del cuadro. La gaitera.

Me mira y parece que me da el pésame.

Yo la miro a través de la columna de humo que sale de mi cigarrillo.

Pero no me protege. Hoy la cortina de humo no puede con esa mirada. Jodida gaitera…

Me levanto. Voy a por otro café. Con su gotita de leche. Pongo la cafetera. Echo el café en el porta, y lo aprieto bien.

Empieza a salir el café. Humeante. Con su crema.

Una gotita de leche.

Vuelvo a mi sillón orejero.

Un par de terrones. Unas vueltas. Un sorbo.

Dejo que penetre el sabor del café en mis papilas gustativas.

Echo la mirada atrás. Pienso en todos los errores del pasado. Esos errores que ya no se pueden corregir.  Pienso en los errores que cometo todos los días.

Pienso en las personas que pasaron por mi vida, y que ya no están. Pienso en los que están… pero ya sé con certeza que dejarán de estar.

Son complicadas las relaciones humanas. Mirando atrás, con los ojos de la gaitera mirándome fijamente, no me atrevo a mentirme. Me equivoco.

Podría buscar excusas. Para éste, para aquél. Pero la gaitera no me deja. Me equivoco. No consigo que las relaciones de amistad crezcan. Algo hago mal. Algo hace que sea “atractivo” en un primer momento, pero no en algo duradero.

Creo que el problema es… vaciarme. Es… no fingir. Es… decir lo que pienso. No medir mis palabras. No disimular esa capacidad que parece que tengo a veces en ponerme en la situación del que está al otro lado de la mesa, y decir lo que veo. No gusta. Queremos que nos comprendan. Que los que están al lado nuestro empalicen. Pero en realidad, si lo hacen, nos sentimos más que desnudos. No sentimos vendidos. Y echamos a correr.

Necesito a veces que me digan cosas. Necesito a veces que me propongan locuras. Si digo que me apetece mandar todo a la mierda, el trabajo, largarme de mi ciudad, quizás busco que me digan “Vete” “Déjalo todo”. No lo voy a hacer. Pero me gusta sentir que si lo hago, mi amigo va a estar conmigo. Pero no. Busco un poco de empuje. Y encuentro racionalidad, dónde hacía unos meses había empuje. Un poco de locura, dónde hace unas semanas había locura.

No es buena época. De hecho desde que murió mi madre, hace ya casi tres años, todo se ha estropeado progresivamente. No encuentro el equilibrio. Por unas cosas, o por otras. Solo encuentro ataques de ansiedad, cada vez mayores. Una temporada me molesta el estómago. Otra temporada, la rodilla. Mañana volveré a tener un zumbido en el oído. Me preguntaban el otro día qué tal el 2009. Mal. Mal. No se ha muerto nadie. No tengo ninguna enfermedad grave. Pero, las cosas no van bien. Mi cabeza no está bien. Mi espíritu tampoco.

Quizás una revolución, quizás un renacer. Quizás lo que toca es una catarsis absoluta y radical.

No consigo penetrar las barreras de algunas personas que me gustaría. No consigo mantener las relaciones que me gustaría. No valgo para llevar siempre la iniciativa. Y si he dejado de llevarla, al final, me he dado cuenta que no existía nada.

Me miro al espejo y no sé dilucidar exactamente las causas. Parece que creo un aura a mi alrededor que me proteja a veces de problemas con personas conflictivas, pero hace también que otras personas que me interesan, tampoco la atraviesen.

Me levanto de la butaca. El café se acabó.

Miro a la gaitera.

Abro el armario y saco una sábana vieja. Y la tapo.

Sé que me mira. Lo siento. Me mira con lástima. Pero al menos no veré sus ojos.

Quizás deba pasar una temporada alejado de todo el mundo. Creo que estoy más tranquilo que intentando luchar contra molinos de viento.

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





¿Bailas conmigo?

3 10 2009

¿Bailamos?

¿Juntos tú y yo?

Mirándonos a los ojos.

Sin palabras.





Capítulo V: Joaquín y Arnau

12 08 2009

Arnau salió de la cafetería. A paso rápido. Casi corriendo. No podía evitar que los ojos se le humedecieran.

Llegó a su parque. A su banco. Se tiró en él como si fuera el sofá de su casa. Su casa. ¿Cuál era su casa? Creía que la que compartía con Iñaki era su casa. Pero empezaba a creer que, el piso en el que hasta hace un tiempo vivía con Joaquín era verdaderamente su casa. Al fin y al cabo, era donde acababa volviendo cuando le iban mal dadas.

Se acomodó en una esquina del banco. Subió las piernas y las juntó a su pecho. Las apretó con sus brazos como si le fuera la vida en ello. Su bandolera cayó al suelo, y ni siquiera se dio cuenta. Y ahí, en su banco, en su parque, lloró. Sin tapujos.

Tenía la mirada perdida en el horizonte. Giraba la cabeza como si estuviera mirando algo. Pero miraba y no veía. Así no se dio cuenta de que alguien estaba observándole desde hacía un rato.

Esa sombra de la noche, al final se decidió y se sentó en la otra esquina del banco. Y le tocó suavemente sus Adidas.

Arnau se sobresaltó. Tardó en fijar la vista. Y cuando vio quien era el culpable de su sobresalto, no dudó en lanzarse a su cuello. Le abrazó y lloró todavía con más fuerza.

- Hey, chico-duro.

- No te rías de mí encima. ¿Cómo me has encontrado?

- Recuerda que no tenemos secretos – le dijo pasando suavemente el dorso de su mano por su cara -  A parte, te vi salir del “Caimán”. Y como te conozco un poco, cuando me pude librar de Isabel y de Juan, me vine para aquí. ¿Qué te ha pasado? ¿Iñaki?

- ¿Conoces algo que me afecte tanto como para…?

- Vale, vale – le atajó Joaquín – creía que yo también te importo un poco… – le dijo con la clara intención de picarle.

- Eres gilipollas ¿lo sabías? – le dijo Arnau sonriendo imperceptiblemente.

- Ya lo sé. Llevo más de 3 años diciéndotelo cada vez que me das la más mínima oportunidad. Pero tú no me haces caso… yo te digo… “Arnau, que soy gilipollas”… pero tu insistes en decírmelo cada dos por tres como si fuera un descubrimiento tuyo…

Arnau no lo pudo resistir más y le dio un beso. Un potente piquito en los labios.

- ¡Vaya! – le dijo Joaquín cuando Arnau se separó para coger aire. – ¿Repetimos? Así ahora, me dará tiempo a abrir la boca… – se separó un  poco de su abrazo, pero sin dejar de rodearle, y le miró a los ojos – Vamos… – lo dijo abriendo aparatosamente la boca…

Y Arnau siguió sus instrucciones al pie de la letra, y se acercó a su boca de nuevo… y le besó. Pero en esta ocasión era más que un pico. Introdujo su lengua en la boca abierta de Joaquín, y masajeó sus labios con los suyos. Juntaron sus lenguas, mientras Arnau empezaba a acariciar suavemente la espalda de Joaquín.

Joaquín se dejaba llevar. No se decidía a acariciar también a Arnau. Esta situación la había soñado muchas veces. Pero ya creía que era un sueño que nunca se haría realidad. Amaba a Arnau desde hacía tiempo Pero Arnau nunca le había mirado como nada más que su mejor amigo.

Joaquín se planteó por un momento en parar. Porque sabía que, posiblemente, al día siguiente, Arnau se arreglaría con Iñaki y esta noche sería como una nebulosa en su mente. O en el peor de los casos, su amistad se vería perjudicada. Pero con Arnau en sus brazos, con sus lenguas juntas, jugando, con sus labios acariciándose, ora con pasión, ora con delicadeza… no le quedó mas que unir sus manos a la fiesta y explorar debajo de la camiseta de Arnau, esa suave piel con la que tantas noches había soñado, sueños que le habían servido de inspiración para tantos momentos de gozo en solitario.

Arnau se separó otra vez. Se miraron a los ojos. Los dos sonrieron. Joaquín, en este respiro que le dio Arnau, pensó otra vez la conveniencia de poner las cosas claras. Y ahora, sin la lengua de él en su boca, era mucho más fácil…

- Arnau, no sé como decirte esto… pero… espero…

- Chsssssss, ¡Calla! No digas nada. No me voy a arrepentir de esto, si tú no te arrepientes. En el fondo llevaba tiempo queriéndolo hacer.

- Pero… ¿Iñaki?

- ¿Tú le ves aquí? – lo dijo girando grotescamente la cabeza, como buscándolo.

- Pero… mañana…

- ¿Mañana? Yo solo veo hoy…

- No sé…

- ¿No te ha gustado?

- Bobo. Sabes que sí. ¿O no se nota?

- No sé… espera que no he podido comprobarlo…

Y mientras acababa de decir estas últimas sílabas, se fue acercando de nuevo y juntó de nuevo sus labios con los de Quin. Y este beso todavía fue mucho más lento, como saboreando cada milímetro de sus labios, de su legua, quitando el polvo a sus dientes, con suavidad, como si lo hiciera con un plumero… tanteaba con sus manos la espalda de Quin, incluso el principio del maravilloso culo que tenía, tanteaba el principio de ese maravilloso precipicio que separaba las dos montañas que formaban su culo. Y sentía como las manos de Quin, hacían lo propio, con mucha delicadeza, como tanteando el camino, como disfrutando de cada milímetro, y de repente sintió como esas manos profundizaban más y estaban ya palpando su propio culo con delicadeza y pasión a la vez…

- Pues no sé que decirte, Quin… espera que voy a intentar comprobar si te gusta o no…

Seguían con esos besos. Era difícil separar donde empezaba uno y acababa el otro. Arnau solía tener la costumbre de cerrar los ojos cuando besaba. Pero hoy, no sabía muy bien por qué, se encontró disfrutando de cerca de los ojos marrones de Joaquín. De su brillo, de su chispa. De repente fue consciente de que estaba tremendamente excitado. Puso una de sus manos suavemente sobre el pene de Joaquín, y comprobó que, él estaba igual.

- Quin, vamos

Se levantó de repente. Agarró con una mano su bandolera que vio al levantarse del banco y con la otra la mano de Joaquín.

- ¡Vamos!

Joaquín al final se levantó. Es cierto, tenía una erección que… incluso le dolía. Los pantalones le apretaban demasiado. Y sentir la palma de la mano de Arnau sobre él, con esa suavidad, no había colaborado a que esto fuera menos… duro…  Pero aún así, en algún sitio de su mente, tenía sus dudas. Iba a ser una noche memorable, pero creía que posiblemente, mañana lloraría. Pero no podía despreciar esta oportunidad de gozar del cuerpo de Arnau…

- Vamos, vamos… Por cierto… ¿A dónde?

- A tu casa… digo…

- ¿A sí? Vaya, como siempre invitándote a ti mismo.

- Me dijiste un día que, lo tuyo era mío.

- ¿Sí? ¿De verdad que dije eso? ¿No sería ese día que tuve tanta fiebre?

- Pues a lo mejor…

Arnau aprovechó que Joaquín sonreía para comerse esa sonrisa con la suya. Y volvió a juntar los  labios… pero volvió a separarlos cuando él intentó rodearle con sus brazos…

- ¡Vamos!

- ¡¡Muévete!!

- Pero si eres tú el que está embobado mirándome a los ojos… por cierto… tienes unos ojos preciosos… ese azul que tienes[j1] … no lo he visto en nadie más que en ti…

- Pues he de reconocer que, nunca antes de hoy me había fijado en tus ojos. En esa chispa que tienen, en ese brillo…

- Creo que he sido invisible en muchas cosas para ti…

- No digas eso, parece que he pasado de ti, y sabes que te quiero con toda mi alma

- Ya lo sé… pero también tengo cuerpo, y tengo polla, y tengo culo, y tengo manos… y piernas, y pies… y tengo sentimientos, y amo con toda mi alma…

- ¿A sí? ¿Eso que tienes por delante tan caliente… y que antes he rozado con mi mano…

- ¿Rozado dices? Pero si casi la exprimes como las naranjas para el zumo del desayuno…

- ¡Que bobo eres!

- Mira, de eso te diste cuenta enseguida…

- ¡Vamos!

- Vamos, vamos – le dijo con sorna Joaquín – Vamos… no haces más que decir eso pero tus pies parece que han echado raíces como el árbol ese… ¡¡Vamos!!

Y al final fue Quin quien tiró de la mano de Arnau.

Y empezaron una suave carrera hacia la casa de Quin.

Corrían un poco, y se paraban.

Reían y se besaban.

Corrían otro poco, y se paraban otra vez. Palpaban sus cuerpos… y se reían. Se besaban. Se miraban a los ojos.

Y corrían de nuevo. Riendo.

Llegaron a casa. Apenas entraron empezaron a desnudarse. Iban dejando un reguero de prendas de ropa. Probaban cada milímetro de su cuerpo. Era una competición entre los dos para ver quien mordía antes una parte del cuerpo del otro. Al pasar por el baño, Arnau abrió la puerta y le empujó a Joaquín. Se acabaron de desnudar, y se metieron en ella. Dieron al agua y siguieron besándose bajo el agua. Sus penes se frotaban el uno con el otro. Estaban ardientes, duros. Sus manos apretaban sus glúteos. Hasta algún dedo se atrevía a investigar en la cueva del placer.

Y sus miembros no dejaban de frotarse.

Hasta que al final, primero uno, y poco después el otro, no pudieron contenerlos, y soltaron la primera descarga.

En el comedor, llegó la segunda…

En el dormitorio, la tercera…

La cuarta, fue en la ducha otra vez…

Y, después, ya, durmieron. Arnau apoyaba su cabeza en el pecho de Joaquín. Y éste, tenía una enorme sonrisa de felicidad en la boca.

Sonó el teléfono. Joaquín se desperezó poco a poco. Miró el despertador, y todavía era pronto. Eran las 9. Teniendo en cuanta que, a las 6 estaban todavía despiertos, era pronto.

Dejó de sonar. El que llamaba se había cansado de esperar.

Extendió su mano en la cama, para tocar a Arnau.

Pero Arnau no estaba en la cama.

Se levantó sobresaltado.

- ¡Arnau! – llamó suavemente.

Nadie contestó.

- ¡¡¡Arnau!!! – gritó más fuerte.

Silencio.

Se levantó de la cama y fue una por una por todas las habitaciones. No estaba.

- ¡¡¡¡Arnau!!!! – volvió a gritar, esta vez con un toque de desesperación.

Volvió a sonar el móvil.

No hizo nada por buscar el móvil.

Dejó de sonar.

Se sentó en el salón. Vio su móvil en la mesa de los periódicos. Lo cogió. Había al menos 8 llamadas perdidas. Desde el mismo número. Era desconocido.

Dejó otra vez el móvil en la mesa.

Volvió a sonar.

- ¿Quién es? – contestó no de muy buenas formas.

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La historia de “café para dos” entera

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Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





Un poco de música… luar na lubre

9 08 2009

Hace ya unos días, pude ir a un concierto de Luar na Lubre. Fue corto. Todos sus conciertos me resultan cortos. Eché de menos a su antigua vocalista… pero aún así…

Cierras los ojos, aunque estés rodeado de gente por todas partes, y sus melodías, sus violines, sus gaitas, hacen que te traslades a otro mundo… un mundo lleno de paz, de relax, de tranquilidad…

Déjate besar y abrazar, todo será mcho más bonito.





Hacía frío…

31 07 2009

Era noche cerrada. La calle estaba vacía.

Esperaba bajo una de las farolas de la calle. Justamente la que estaba al lado de la tienda de ultramarinos.

Hacía frío.

El hombre se subió los cuellos del abrigo. No llevaba bufanda, y seguro se estaba arrepintiendo. Metió sus manos en los bolsillos. Sacó el paquete de tabaco y eligió cuidadosamente uno de los cigarrillos. Parecía que había echado a suertes el cigarrillo que ha escogido. Lo encendió con su Zippo. Aspiró esa primera calada, como si fuera posible que esa calada le calentara el cuerpo. O al menos el espíritu.

Hacía frío. Mucho frío.

Empezó a andar con pasos muy cortos. Necesitaba mover las piernas. Los pies, empezaban a congelarse.

Miró una vez más a la casa. No había cambios. Ninguna luz, ningún signo de vida.

Dio la espalda a la casa a la vez que la última calada al cigarrillo. Tiró al suelo la colilla, y la pisó para apagarla.

Levantó la mirada al cielo en una silenciosa súplica. Implorando una respuesta a sus dudas, a sus preguntas. Un gesto. Algo que le permitiera pensar que no se había esfumado repentinamente por lo que había llorado tantas y tantas noches.

Hacía frío. Mucho frío.

Sin percatarse de ello, se había echado la niebla.

Escuchó un ruido. Una puerta cerrándose. Giró su cabeza rápidamente, y les vio. Dos chicos bajaban  las escaleras. Llevaban la cabeza tapada con gorras. Eran ellos.

Ni siquiera se dieron cuenta de que el hombre estaba en la acera de enfrente. Giraron a la izquierda, y se fueron en dirección contraria.

El hombre intentó seguirles, pero algo impedían a sus piernas empezar a andar. Intentó gritarles, llamar su atención, pero no podía. Le recordaba una película de Buñuel, “El Ángel Exterminador”. En ella, los invitados a una cena, no pueden abandonar la casa del anfitrión, sin que hubiera un impedimento físico. En este caso, el hombre de los cuellos subidos, no podía correr detrás de los chicos de la gorra. No podía llamar su atención. Algo se lo impedía. Como si estos, no le fueran a escuchar. O como de llamarles, se esfumaran en la noche. Se convirtieran en volutas de niebla.

Allí se quedó el hombre. Mientras ellos se alejaban. Intentó fijarse si se cogían de la mano, si sonreían. Pero nada pudo percibir. El hombre lloraba de desesperación. Una parte de su corazón se iba con los chicos de la gorra. Las lágrimas, la preocupación, todo lo vivido, lo sufrido, lo imaginado, lo sentido, se iban con ellos.

Ya no les veía. Se habían perdido. Los chicos de la gorra se habían perdido calle abajo,  en la noche, en la niebla. Ya no era capaz ni de imaginarles.

Hacía frío. Mucho frío. Hasta las lágrimas que sin poder evitarlo habían caído por su rostro, eran frías, casi eran hielo.

El hombre giró y se fue calle arriba. Metió sus manos en los bolsillos, y subió los hombros para intentar tener más calor. Estaba helado. Iba preguntándose si algo había merecido la pena. No encontraba una respuesta.

Hacía frío. Había niebla. Era de noche. Nadie había por la calle. Solo el hombre de los cuellos subidos.

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Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





Capítulo IV: Iñaki y Arnau.

11 07 2009

-         ¿Nos traes la cuenta, por favor? – le dijo cuando llegó.

-         ¿Pero ya nos vamos? ¿Dónde vamos a cenar?

-         Si no te importa, me voy a casa. Todavía puedes llegar a esa presentación de la exposición de Mayte. Es en la galería de Nuria, ¿verdad? ¿Quieres que te acerque?

-         Pero Iñaki… si ya te he dicho que… vale, vale. Ya veo que no tiene nada que ver con lo que te he dicho ni con lo que no. Sencillamente quieres irte a casa. No te preocupes por mí, ya me las arreglaré.

-         ¿Estás enfadado?

-         ¡Tú que crees! No sé que coño te pasa, Iñaki. No lo entiendo. Desde que volviste de Bruselas, no eres el mismo. No hay nada que te proponga que parezca que te guste. No hay nada que quieras hacer conmigo. Ni sexo. Y no quieres hablar sobre el tema.

Arnau se removía inquieto en su silla. Había tirado la servilleta con la que se limpiaba los labios. Miraba a Iñaki, pero éste apartaba los ojos. Así llevaban tres meses ya. Y ya ni su ánimo, ni su positivismo, ni su energía podía hacer olvidar que, Iñaki, había cambiado. Que ya no le quería. Que ya las locuras que le proponía en todos los sentidos, en el sexual, en el de viajes, escapadas, juergas… todas… recibían invariablemente un NO a gritos por respuesta. Y ya estaba cansado. Ya no es que tuvieran ese margen de libertad que él mismo había impuesto a la relación. Es que ya lo que había que buscar con lupa, era los momentos en que se buscaban, en que se amaban. Al final ya no pudo más, y se levantó de la silla.

-         Me voy. Cuando quieras hablar del tema, me llamas. De momento me voy a casa de Joaquín. Que visto lo visto es más casa mía que la que comparto contigo.

-         Arnau, no te pongas así…

-         No me pongo de ninguna forma. Pero creo que esto no es lo que busco. Y sabes, me he cansado de fingir. De parlotear como un gilipollas, sin parar, para intentar hacer que no pasa nada. No quieres hablar conmigo, pues ya está. Total, llegaré a casa tarde. Te habrás dormido. Y mañana te levantarás antes y no te veré. Para eso me voy a casa de Joaquín, que por lo menos, tengo cháchara.

-         Arnau, no es para tanto. Tengo una época un poco… bueno… no sé… – le miraba implorante Iñaki.

-         Vale. – Arnau se volvió a sentar – Cuéntame.

-         Bueno… – Iñaki se mostraba incómodo.

-         Sin prisas, tómate tu tiempo… te escucho – Arnau recostó su espalda en la silla y se dispuso a escuchar, sin prisas.

Pero el silencio se apropió de la mesa. Se podía escuchar perfectamente todas y cada una de las conversaciones de las mesas de al lado.

Los minutos pasaban.

Arnau miraba distraídamente a la gente que les rodeaba. Al señor gordo de la mesa de al lado, que intentaba hacer comprender a su hija que, no la veía más porque su madre se lo impedía, a la chica que le declaraba su amor a un chico que, por la cara que ponía, estaba más que sorprendido, más que nada porque era evidente que era gay. Al grupito de estudiantes que no hacía más que hablar de chicas y de lo que las harían si se pusieran a tiro. Miraba de vez en cuando a Iñaki que no podía evitar mostrar su incomodidad…

Al final Arnau se levantó, cogió la nota que había dejado la camarera unos segundos antes, puso unas monedas que saldaban la cuenta, y se marchó.

Antes de dar más de cuatro pasos, se giró, y dirigiéndose a Iñaki le espetó:

-         Dale un beso de mi parte a Mario.

Y continuó su camino hacia la salida.

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Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





Capítulo III: por Akira.

27 06 2009

Sin embargo, pensó Iñaki mientras giraba la cabeza y observaba a la gente del local, para evitar mirar a los ojos de su compañero, aquello había llegado demasiado lejos.

Tras la primera noche, Mario se convirtió en una constante en su vida. Una constante incómoda, un refugio donde encontrar la pasión perdida, el fuego que se había apagado en su relación hacía tiempo.

Aquel crío, aquel niño que ocultaba en su interior una bestia indomable y primitiva. Aquella casualidad que se había cruzado en su camino en aquel chat, se había convertido en lo más real que había en su vida, y también en una maldición.

Porque Iñaki lloraba en silencio. Apenas podía aguantar las lágrimas algunos días en el trabajo, mientras un compañero le preguntaba qué tal le había ido el fin de semana. A veces no podía más y tenía que irse al baño, simulando malestar. Y entonces todo salía, el remordimiento que le consumía lentamente por dentro, como una enfermedad que le corrompía el corazón y las entrañas, la culpa por no saber encender otra vez aquel fuego intenso que un día fue, pero que ahora era sólo frías cenizas.

“Voy a dejarlo”, se decía una y mil veces. Dejaría a aquel crío, y daría un empujón a su relación con Arnau. Seguro que podría hacerlo. Y quizás con el tiempo el remordimiento desaparecería lentamente, la culpa se desvanecería, y el recuerdo de aquellas noches que le habían hecho sentir vivo otra vez, serían otro recuerdo guardado en el desván de su memoria, una anécdota, un desafortunado desliz.

Pero otro pensamiento cruzaba su mente al mismo tiempo. Arnau, sí, Arnau otra vez. El hombre de su vida. Y el hombre que hacía que su vida fuera también monótona y falta de ilusión. Una prisión sin barrotes. Se preguntaba si realmente Mario era la consecuencia inevitable de todo aquello, el principio del fin. O el principio de algo nuevo, un nuevo comienzo para él.

Mientras pensaba en todo aquello, llamó a la camarera.

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Nota:

Este capítulo lo escribió Akira. Porque esta historia nació como un juego entre los lectores de “Café para dos” y el autor del blog. Akira tuvo la delicadeza de jugar.

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Dejaos besar y abrazar, que todo será mucho más bonito.