Capítulo IV: Iñaki y Arnau.

11 07 2009

-         ¿Nos traes la cuenta, por favor? – le dijo cuando llegó.

-         ¿Pero ya nos vamos? ¿Dónde vamos a cenar?

-         Si no te importa, me voy a casa. Todavía puedes llegar a esa presentación de la exposición de Mayte. Es en la galería de Nuria, ¿verdad? ¿Quieres que te acerque?

-         Pero Iñaki… si ya te he dicho que… vale, vale. Ya veo que no tiene nada que ver con lo que te he dicho ni con lo que no. Sencillamente quieres irte a casa. No te preocupes por mí, ya me las arreglaré.

-         ¿Estás enfadado?

-         ¡Tú que crees! No sé que coño te pasa, Iñaki. No lo entiendo. Desde que volviste de Bruselas, no eres el mismo. No hay nada que te proponga que parezca que te guste. No hay nada que quieras hacer conmigo. Ni sexo. Y no quieres hablar sobre el tema.

Arnau se removía inquieto en su silla. Había tirado la servilleta con la que se limpiaba los labios. Miraba a Iñaki, pero éste apartaba los ojos. Así llevaban tres meses ya. Y ya ni su ánimo, ni su positivismo, ni su energía podía hacer olvidar que, Iñaki, había cambiado. Que ya no le quería. Que ya las locuras que le proponía en todos los sentidos, en el sexual, en el de viajes, escapadas, juergas… todas… recibían invariablemente un NO a gritos por respuesta. Y ya estaba cansado. Ya no es que tuvieran ese margen de libertad que él mismo había impuesto a la relación. Es que ya lo que había que buscar con lupa, era los momentos en que se buscaban, en que se amaban. Al final ya no pudo más, y se levantó de la silla.

-         Me voy. Cuando quieras hablar del tema, me llamas. De momento me voy a casa de Joaquín. Que visto lo visto es más casa mía que la que comparto contigo.

-         Arnau, no te pongas así…

-         No me pongo de ninguna forma. Pero creo que esto no es lo que busco. Y sabes, me he cansado de fingir. De parlotear como un gilipollas, sin parar, para intentar hacer que no pasa nada. No quieres hablar conmigo, pues ya está. Total, llegaré a casa tarde. Te habrás dormido. Y mañana te levantarás antes y no te veré. Para eso me voy a casa de Joaquín, que por lo menos, tengo cháchara.

-         Arnau, no es para tanto. Tengo una época un poco… bueno… no sé… – le miraba implorante Iñaki.

-         Vale. – Arnau se volvió a sentar – Cuéntame.

-         Bueno… – Iñaki se mostraba incómodo.

-         Sin prisas, tómate tu tiempo… te escucho – Arnau recostó su espalda en la silla y se dispuso a escuchar, sin prisas.

Pero el silencio se apropió de la mesa. Se podía escuchar perfectamente todas y cada una de las conversaciones de las mesas de al lado.

Los minutos pasaban.

Arnau miraba distraídamente a la gente que les rodeaba. Al señor gordo de la mesa de al lado, que intentaba hacer comprender a su hija que, no la veía más porque su madre se lo impedía, a la chica que le declaraba su amor a un chico que, por la cara que ponía, estaba más que sorprendido, más que nada porque era evidente que era gay. Al grupito de estudiantes que no hacía más que hablar de chicas y de lo que las harían si se pusieran a tiro. Miraba de vez en cuando a Iñaki que no podía evitar mostrar su incomodidad…

Al final Arnau se levantó, cogió la nota que había dejado la camarera unos segundos antes, puso unas monedas que saldaban la cuenta, y se marchó.

Antes de dar más de cuatro pasos, se giró, y dirigiéndose a Iñaki le espetó:

-         Dale un beso de mi parte a Mario.

Y continuó su camino hacia la salida.

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Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.


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