Sus ojos. Me miran.

17 11 2009

Me está mirando la señora del cuadro. La gaitera.

Me mira y parece que me da el pésame.

Yo la miro a través de la columna de humo que sale de mi cigarrillo.

Pero no me protege. Hoy la cortina de humo no puede con esa mirada. Jodida gaitera…

Me levanto. Voy a por otro café. Con su gotita de leche. Pongo la cafetera. Echo el café en el porta, y lo aprieto bien.

Empieza a salir el café. Humeante. Con su crema.

Una gotita de leche.

Vuelvo a mi sillón orejero.

Un par de terrones. Unas vueltas. Un sorbo.

Dejo que penetre el sabor del café en mis papilas gustativas.

Echo la mirada atrás. Pienso en todos los errores del pasado. Esos errores que ya no se pueden corregir.  Pienso en los errores que cometo todos los días.

Pienso en las personas que pasaron por mi vida, y que ya no están. Pienso en los que están… pero ya sé con certeza que dejarán de estar.

Son complicadas las relaciones humanas. Mirando atrás, con los ojos de la gaitera mirándome fijamente, no me atrevo a mentirme. Me equivoco.

Podría buscar excusas. Para éste, para aquél. Pero la gaitera no me deja. Me equivoco. No consigo que las relaciones de amistad crezcan. Algo hago mal. Algo hace que sea “atractivo” en un primer momento, pero no en algo duradero.

Creo que el problema es… vaciarme. Es… no fingir. Es… decir lo que pienso. No medir mis palabras. No disimular esa capacidad que parece que tengo a veces en ponerme en la situación del que está al otro lado de la mesa, y decir lo que veo. No gusta. Queremos que nos comprendan. Que los que están al lado nuestro empalicen. Pero en realidad, si lo hacen, nos sentimos más que desnudos. No sentimos vendidos. Y echamos a correr.

Necesito a veces que me digan cosas. Necesito a veces que me propongan locuras. Si digo que me apetece mandar todo a la mierda, el trabajo, largarme de mi ciudad, quizás busco que me digan “Vete” “Déjalo todo”. No lo voy a hacer. Pero me gusta sentir que si lo hago, mi amigo va a estar conmigo. Pero no. Busco un poco de empuje. Y encuentro racionalidad, dónde hacía unos meses había empuje. Un poco de locura, dónde hace unas semanas había locura.

No es buena época. De hecho desde que murió mi madre, hace ya casi tres años, todo se ha estropeado progresivamente. No encuentro el equilibrio. Por unas cosas, o por otras. Solo encuentro ataques de ansiedad, cada vez mayores. Una temporada me molesta el estómago. Otra temporada, la rodilla. Mañana volveré a tener un zumbido en el oído. Me preguntaban el otro día qué tal el 2009. Mal. Mal. No se ha muerto nadie. No tengo ninguna enfermedad grave. Pero, las cosas no van bien. Mi cabeza no está bien. Mi espíritu tampoco.

Quizás una revolución, quizás un renacer. Quizás lo que toca es una catarsis absoluta y radical.

No consigo penetrar las barreras de algunas personas que me gustaría. No consigo mantener las relaciones que me gustaría. No valgo para llevar siempre la iniciativa. Y si he dejado de llevarla, al final, me he dado cuenta que no existía nada.

Me miro al espejo y no sé dilucidar exactamente las causas. Parece que creo un aura a mi alrededor que me proteja a veces de problemas con personas conflictivas, pero hace también que otras personas que me interesan, tampoco la atraviesen.

Me levanto de la butaca. El café se acabó.

Miro a la gaitera.

Abro el armario y saco una sábana vieja. Y la tapo.

Sé que me mira. Lo siento. Me mira con lástima. Pero al menos no veré sus ojos.

Quizás deba pasar una temporada alejado de todo el mundo. Creo que estoy más tranquilo que intentando luchar contra molinos de viento.

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





negro…

16 06 2009

Negro.

Negro.

Cada vez soy más consciente de mis limitaciones. De lo poco que valgo. De la mierda que soy.

Da igual lo que haga, lo que escriba. Lo que piense, lo que mire. Todo está teñido de negro. Un círculo vicioso que se retroalimenta. El negro llama al negro. Las lágrimas a la tristeza, o viceversa. La desesperación a la depresión. Y en todo caso, un halo de tristeza permanente se instala en cada poro de mi cuerpo. Y una oleada de rabia sube por mis entrañas.

Es primavera, aunque parece invierno. Debería ser alegría, y es melancolía. Deberían ser flores y frutos, y son hojas secas, putrefactas.

Con ratos de rabia. De rabia de impotencia. Por ser como soy.

Y lo malo es que no es un día. Hoy es un día especialmente negro. Sí. Pero los demás días son igual de negros. Pero los llevo de otra forma. Disimulo. No, no es disimulo, es autoengaño, el peor de las mentiras.

Es como una plaga de langosta, o como cuando ruge la marabunta. Poco a poco va ganando terreno. El autoengaño cada día es más complicado. Su andamiaje se resquebraja, mordido por miles de animales hambrientos. Hasta que cuando quieres darte cuenta, no hay andamio, no hay estructura, has caído al suelo, ya te han devorado, sin dejar siquiera una migaja.

Hay días, hay temporadas que, como si estuviera en un desierto sin oasis, sufro espejismos y creí que las cosas cambiaron, que rompí con la dinámica. Que cambiaron y que seguirían cambiando poco a poco. Pero siempre llega el día en que todas las verdades estallan en tu cara: No, todo sigue igual, y nada cambió.

Antes había algún resquicio. Una válvula de escape. Quizás estos foros lo fueran. Pero esa magia la dejé perder. Dejé que se me escapara entre los dedos. ¡Qué bonita expresión! “Dejé que se me escapara entre los dedos”. Se fue diluyendo porque como Don Quijote, luchar contra lo inevitable, luchar contra molinos de viento, es una guerra perdida. Y ni valgo, ni valdré para luchar contra esos molinos. No valgo para luchar contra la indiferencia. No valgo para dar la lata, para imponerme al olvido, o a ese indiferencia de que hablaba antes.

Nunca tendré lo que anhelo. Lo que deseo. Porque no valgo para luchar por ello. No valgo para nada. Para nada de nada.

Negro.

Negro.

Siempre quedará la duda de si este escrito es un canto literario, o es una realidad palpable dentro de mi alma.

Negro.

Negro.





… y olwen me dio un premio…

17 05 2009

Fue toda una sorpresa. No me lo esperaba.

olwen para cafe para dos

Este es un blog pequeño, un blog en el que escribo muy espaciado en el tiempo. Es un blog que no tiene apenas lectores. Es un blog donde escribo historias, y a veces algunos pensamientos desordenados, siempre con una taza de café humeante en la mano, y un cigarrillo, también humeante en la otra. Siempre pongo dos tazas: una para mí, y otra para el lector que en cada momento esté leyendo.

Y yo creía que apenas tenían interés las historias de café para dos.

Olwen piensa distinto. Y me ha dado un premio.

Yo lo recojo con gratitud y emoción. Espero que los nervios no hagan que me tropiece y me caiga en medio del escenario.

Parece ser que debo dar también unos premios.

Se lo daría a Olwen, aunque suene a conchaveo. Se lo daría por esas ganas de vivir, esa paz que casi siempre desprenden sus palabras.

Se lo daría a Adrián. Se fue. Pero es de esas personas que siempre están ahí, es una de esas personas que marcan a la gente que le conoció, y a la que no tuvimos ese placer. Me abrió la puerta a un mundo completamente desconocido. Un mundo que creía que no existía en el siglo XXI.

Se lo daría a chiquitín. Por esas historias que marcaron su vida, por tener valentía y salir adelante. Y por saber romper con todo, para intentar buscarse a sí mismo. Por ser tan bueno en lo suyo. Por ser un maestro.

Se lo daría, como no a Marc. Es uno de mis personajes. Para mí es como si fuera real. Como si mañana le fuera a ver y me dejara, mientras le doy el abrazo de saludo, y los cien besos de la abuela que le tocan, me dejara bromear con él y quitarle la gorra. He llorado con él, he pasado noches sin apenas dormir, por él, y ahora me tiene un poco preocupado por esa cabezonería de la que a veces hace gala. Tendré que aporrear el teclado para darle una colleja. Pero me ha enseñado tantas cosas, tantas…

Se lo daría a Iñaki. Iñaki el fuerte. Es otro de mis personajes preferidos. Cuando escribo sobre él, hay muchas cosas en su personaje que pongo de mí mismo. Por eso a veces le entiendo tan bien. Es orgulloso, como yo, es entregado, como creo que soy capaz de ser yo. Ama como pocos son capaces de hacerlo… yo creo que no podría llegar a ese extremo. Calla las cosas que le atormentan, para no preocupar a nadie. Pero como todos, estalla. Y cuando se estalla así, a veces no se elige el momento. Como yo. Me tiene preocupado también este personaje. No sé que hacer con él, no sé si abrazarle, si invitarle a un café, darle doscientos besos de abuela, colgarme de su cuello, o darle una patada.

Se lo daría también a Valle. Que difícil es encontrar amigos así. Que sean capaces de hacer el ridículo, solo para que sus amigos se arreglen. Iñaki y Marc, no saben lo que tienen… aunque a veces no acierte.

Se lo daría a canalla. Es impresionante los kilos de ternura que se disfrazan en su escritura dura, brusca. Una escritura que traspasa. Que no deja indiferente.  Sin él, a parte, no existiría café para dos. Me engañó como a un bobo. como diría aquél, a cada uno lo engañan como lo que es. Lo bonito que tiene este premio es que no se va a enterar nunca de que se lo doy.

Y se lo daría a Mafer. Mafer, está muy lejos. Con océanos de por medio. Me ha acompañado en momentos duros. Me ha querido, sin merecerlo. Y me ha enseñado muchas muchas cosas. Cuando pienso en alguno de los problemas de Marc, pienso en como los solucionó Mafer. Mafer también me ha enseñado muchas cosas. me ha enseñado como se superan dificultades que, si no nos tocan cerca, pensamos que son ficción.

Se lo daría a Néstor. También he llorado con él. También me ha dejado alguna noche sin dormir. Pero quizás, esa forma de amar que tiene, me llama la atención… me subyuga… me da envidia.

Se lo daría a Alex. El papo. No creía que había gente así. Y no creas que, a veces lo pongo en duda, y pienso que es un sueño, o que es un personaje de un libro que me estoy imaginando para escribirlo algún día. No podía imaginar antes de saber de él, que, hay gente buena, que hay gente que abraza a quien lo necesita, que acoge en su familia, en su seno a quien cree que se lo merece. Da igual los problemas que traiga. Da igual el dinero. Y todo con abrazos, con cariño, con entrega…

Todos estos premiados tiene algo en común. Son gentes fuertes, son personas que se entregan a la gente que quieren. Que superan dificultades. Que son valientes. Todas estas cualidades, las admiro. Quizás, porque yo no las tengo.

No voy a cumplir con la condición de ir a sus blogs y avisarles. Me daría vergüenza.

Olwen, Chiquitín, Iñaki, Marc, Valle, canalla, mafer, néstor, alex. No os olvidéis que, si os dejais besar y abrazar, todo será, mucho, mucho más bonito.





… de cafés tranquilos, de agobios, y de chicos cabezotas…

9 05 2009

Hace tiempo que no me tomo un café aquí. Y que no me fumo un cigarrillo pensando y mirando el cuadro de mi tía Ana Mary. Debería ir a verla un día. La pobre está ya un poco pachucha. Le cuesta moverse. Con lo dicharachera que era ella. Si la he visto unas cuantas veces es porque ella ha venido a vernos. Si fuera por mis padres, ni la hubiera conocido. Y eso que vive en Asturias, que no pilla lejos de aquí… ¿O sí?

Estoy cansado. Me permitiréis que una vez más apoye las piernas en este puff maravilloso. Ha sido una semana dura. Sip. Dejadme coger la taza de café… y darle un par de vueltas. Humea. ¡Qué aroma! Un sorbo. Dejadme que coja un cigarrillo, y lo encienda. La primera calada con el café, aquí, sentado y mirando el cuadro que pintó mi tía Ana Mary, sabe a gloria.

Ahora parece todo irreal. Aquí, tranquilo. Nada parece poder alterar mi tranquilidad. Durante todos los instantes de esta semana, fue al revés. Nada parecía poder relajarme. Ya desde la noche del domingo al lunes, fue así. No pude pegar ojo. Y lo poco que dormí, fue sin descansar. El lunes mal, el martes, peor, porque estaba más cansado… y el miércoles… y el jueves fue horroroso… el viernes algo mejor, pude al final dormir un poco.

Dejadme que de otro sorbo al café. Dejadme que saboree otra calada de mi cigarrillo… mira como sube el humo, como se pierde en la oscuridad, cuando sale de la influencia de la luz de la lámpara de pie.

Es difícil salir un poco de ese camino que te marcas. El agobio, no descansar, lo que te agobia más,  no rindes, te agobias más, no llegas a nada, te agobias más, no sabes como relajarte, te agobias más, no quieres la compañía de nadie, porque piensas que eres mala compañía para cualquiera. Y como casi siempre, cuando tú mismo has cogido el papel de optimista, de fuerte, nadie piensa que necesites ayuda. O que simplemente necesites que no te machaquen. Nadie te ve. Y tú, claro, no puedes decírselo a nadie. Porque en el fondo, no sabes como hacerlo. Porque además, en estos momentos, solo te pueden ayudar un grupo reducido de personas. Esas a las que quieres de una forma u otra, y soportas, claro. Pero como eres fuerte, nadie te mira a la cara, nadie te mira a los ojos… y te dice… “mi pobre”, y te arrulla, o te coge de la mano, y te lleva a comer una hamburguesa, o al restaurante de moda, que total, hoy es un día, y el resto del mes comeremos pasta.

Espero que algún día quieras tomar un café conmigo. Sí, aquí delante, enfrente mío, y te pueda contar todas estas cosas que te estoy contando ahora. Estas y otras. Y me dejes ver como disfrutas del sabor, del aroma del café. Un café, es una de las formas mejores para compartir pensamientos, sensaciones, inquietudes. De simplemente compartir un rato. El té de las 5 de los ingleses,  seguro que tiene esa razón. Si no tenía esa excusa, no saldrían de casa.

Es curioso, ahora que hablo de fuertes, sabéis, es como yo veo a Iñaki, uno de “los chicos de la gorra”. Tiene que tirar de Marc. Tiene que conseguir que duerma, que se relaje, que afronte todas las muchas cosas que la vida le ha echado encima. Tiene que conseguir transmitir su amor, con gestos medidos a veces. Tiene que ayudar a afrontar problemas que tan siquiera comprende. Pero él está solo. No, sí, tiene muchos amigos. Pero ese apoyo que él necesita, no lo encuentra. Y no sabe pedirlo. Porque se ha acostumbrado a callar. Porque no quiere además hablar con Marc, y ponerle más cosas encima de la mesa. Y porque Iñaki, lo sé bien, porque también me pasa a mí, es orgulloso. No, no es de este orgullo chuleta. Es orgullo, de amor propio.

El personaje de Marc, también es orgulloso. O cabezota. Necesita tanto amor que no ha tenido hasta hace 4 días… Necesita ser a ratos niño, esa infancia que no ha disfrutado. Ser caprichoso como los niños. Ser testarudo. Y que cuando se hace pupa en la rodilla, aunque sea por portarse mal, venga su papo, o su hermana pequeña, o su chico, y le canten con voz melosa “cura, cura sana, y si no se cura hoy, se curará mañana” y le den un abrazo, y le den besos de la abuela. Y el personaje de Marc, necesita también amar como hombre. Como hombre que ama a otro hombre. Pero no puede… porque tiene demasiado dentro esas cosas que le decían de peque. Esas cosas que le hacían de peque.

¿Y que hacemos cuando dos chicos que se aman hasta la médula, que han luchado como pocos por su amor, se enfadan, discuten, y aunque hablan,  no acaban de encontrarse en el camino de la vuelta a ese estado de las parejas en el que todos a su alrededor salen corriendo para no quedarse pegados por el azúcar que desprenden?

No sé como escribir el capítulo de la reconciliación. Podría meterme yo mismo en la historia, como personaje, e ir a un sitio, coger de la oreja a uno de ello, llevármele sin soltar la oreja hasta dónde está el otro, coger a este otro también de la oreja, y sentarme en medio hasta que por aburrimiento se besen y se besen. Y se besen. Y se miren como tortolitos. O podría meterme en la historia sí, e ir a ver a uno de ellos, y pasear junto al mar con él, y hacer que hable, y hable, y hable, y hable. Y darle un par de cientos de abrazos. Y una patada con rumbo al aeropuerto.

Pero esto no sé, creo que no sería ni factible, ni creíble. Un autor de relatos, encima malo, que se mete en la propia historia, y se convierte en uno de los protagonistas.

No sé. Estoy perdido con la historia de Iñaki y Marc. Porque no sé como sortear esa cabezonería de los dos. Y esos muchos fantasmas que se han instalado en sus cabezas. Porque debería echarles a todos.

Es uno de esos puntos en que el escritor se queda en blanco.

Aprovecharé entonces a recuperar la historia de café para dos,  aquella historia que fue creciendo en el blog antiguo, y que nadie leía. Ya verdad es que creció un rato la tía. Empezaré un día de estos por el 1º capítulo, y poco a poco la recuperaré entera. Y acabaré de escribirla, claro.

Tengo la boca seca de tanto hablar. Y el cerebro me echa humo de tanto pensar. Total no he encontrado respuestas ni para mí, ni para la historia de los chicos de la gorra, para Marc e Iñaki.

Y encima, el café se ha enfriado.

Déjate besar y abrazar, que todo será más bonito.





… el chico de la farola…

11 03 2009

Hoy…

Hoy es un día para recordar. 11 de marzo. Hace 5 años, iba a trabajar. Me llamó la atención en un bar por el que pasé camino del autobús, que todo el bar estuviera mirando a esa hora al televisor. Pero… no le di importancia.

Bajé del autobús. Entré en uno de los bares en los que tomo café antes de ir a trabajar. Y todos miraban el televisor. Había mucha gente, y no se escuchaba el sonido. Miré de refilón, y vi las imágenes de unos trenes que parecía haber tenido un accidente.

Me volví a mi café. Un cortado, como siempre. Mi primer cigarrillo del día.

Aspiré el humo de la primera calada. La gente seguía mirando al televisor. Algo me llamó la atención de esas miradas. Eran como de estupor, de incredulidad.

Me volví a mirar la tele otra vez. Primero pensé que el accidente era en algún sitio indeterminado del mundo. De repente, me fijé que eran unos trenes de RENFE. Me fijé un poco más… y percibí que no podía ser un accidente.

En toda la mañana no conseguí hacer nada, más que buscar en Internet la última información. Las imágenes. El por qué. El cómo.

Vi fotografías. NO… no se publicaban fotos demasiado duras. No hacía falta.  Pero una foto de un chico apoyado en una farola… no tenía heridas graves… pero al ver su mirada perdida… su estupor… me sobrecogió. Me oprimió el alma.

Esa foto se hizo más o menos célebre. Es que indicaba tantas cosas ese chico… Ese chico representaba lo que sentíamos todos esa mañana. Lo que sentimos durante todo el día.

Porque es difícil hacerte a la idea de que, lo que estás mirando en la tele, en el ordenador, lo que te cuenta la  radio, es cierto… y no es una representación a lo Orson Welles de “La Guerra de los Mundos”.

5 años después, no sé si hemos avanzado. En cualquier otro lugar, eso hubiera unido a todos. Aquí no. Aquí cada uno sigue haciendo la guerra por su cuenta. Unos, siguen con conspiraciones. Otros, que si están enfadados por no sé que comisiones. Unos que si con éste no me hablo. Otros…

Me siento en mi butaca orejera. Un café. Cortado como siempre. Un cigarrillo. Lo enciendo. La primera columna de humo se pierde en lo alto del salón. Solo la luz de una pequeña lámpara alumbra la habitación. Apenas distingo el cuadro de enfrente. Veo esa foto otra vez en mi mente. Y no puedo dejar de sentir otra vez, la misma angustia que ese día. El mismo estupor. La misma rabia. Me gustaría hoy, poder dar un abrazo a ese chico de la farola. Y decirle que, hacerle sentir que… todo va a salir bien.

 

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.

 





… una sensación, un ridículo, un gilipollas…

12 11 2007

Una sensación.

Lleva dentro de mi un tiempo. No sé si largo o corto.

Hay días que está oculto. Pero hay días que aflora. Y duele.

Creo que me estoy equivocando.

Creo que, hago el ridículo. Y que a veces resulto patético.

Ayer fue uno de esos días.

Enciendo mi cigarrillo. Sino no sería yo.

Una calada. Profunda.

Hoy mi mirada ni siquiera tiene ganas de seguir el humo. Sencillamente se pierde por la ventana. No mira allí, pero tampoco allí. Ni siquiera allí. Pero hay un punto… allí… que parece tiene un imán y ahí se queda mi mirada.

Otra calada. No se me quita esa sensación. De tristeza, de impotencia. De ridículo. Y al final acaba por convertirse en una sensación de furia. Contra todos. Pero sobre todo, contra mí.

Recuerdo.

Hace unos días hablaba de ello.

Tengo esa sensación. Doy pena. Y por lástima, alguno me escucha. Por lástima, como dando una limosna, alguno toma un café conmigo. Era más fácil cuando estaba alegre siempre. Cuando de dentro, solo salían coñas, alegrías. Pero ahora, de dentro, salen a veces gritos de tristeza. Desgarros de miedo, de impotencia. Salen sentimientos, pensamientos que me avergüenzan. Pero que están ahí. Y que aprovechas a los que crees amigos para sacarlos.

Una calada. Otra. Sólo queda ya medio cigarrillo. Retengo el humo unos instantes. Sale con un suspiro.

Puede que me equivoque. Puede que, pida demasiado. Quizás, recuerdo, antes, no pedía nada. Quizás era lo mejor. Quizás deba hacer lo mismo. Parecía que algunos miedos se aparcaban. Parecía que de alguna forma, en la escala de prioridades, había ascendido unos peldaños. Puede que me equivocara. Y ahora, pida demasiado. Hay personas a las que, no les puedes pedir mucho. Sólo puedes esperar que te den. Quizás, me engañé, pensando que ya podría pedir algo.

Vuelve a perderse mi mirada. Casi ni la puedo fijar en el teclado, o la pantalla, mientras escribo. No hay peor actitud que esperar algo. Cuando no llega, te desilusionas, te enfadas. Es mejor hacer planes sin contar con nadie, con nada. Y si luego alguien se acopla, estupendo. Hacer planes basados en alguien, en algo, cuando al final te encuentras solo, cual gilipollas, mirando el movimiento de las ramas de un árbol, solo produce acidez de estómago. Y dolor de cabeza. Almax, y gelocatil. En ensalada.

Apago el cigarrillo. Me he quemado los dedos. Lo he dejado consumir. Volveré a no esperar nada. Volveré a guardarme mis gritos, cuando sean tristes y angustiosos. Cuando los das, cuando gritas, y causas pena, el efecto beneficioso del grito, se oculta, detrás de una cortina de impotencia, de ridículo. Y al final, acabas peor.

No pediré nada. No esperaré nada. Daré lo que pueda. Y esperaré poco. Por lo menos, me sentiré a gusto conmigo mismo. Creo que me equivoqué. Una vez más.

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





… de discusiones y la suerte que tenemos…

3 10 2007

¡Qué relax!

Estos instantes en que paras, te sientas, relajas los músculos del cuerpo, y piensas… y dejas que la mente vuele, y te mire desde fuera, desde ahí arriba…

Y siempre con un café. Cortado.

Y siempre con un cigarrillo en los labios.

Y siempre, dejando que los ojos sigan la estela del humo que sale de mi boca, lentamente, saboreando el sabor de mi cigarrillo rubio.

Y recuerdas. Conversaciones, momentos tristes, momentos alegres. Recuerdas risas. Y también lágrimas. Recuerdas momentos en que te angustiaste. En que el corazón se encogió. Recuerdas esas discusiones en las que saliste triunfador. O en las que te revolcaron en el barro. Discusiones todas, que casi siempre te dejan un poso amargo, porque cuando discutes acaloradamente, casi siempre pierdes los papeles, y acabas diciendo cosas que no pensabas. O sí, pero que deberían haber permanecido en lo más hondo de la neurona que te queda operativa.

Porque, dando vueltas al café, una, dos, tres, un sorbo, dejas la taza en el plato, recoges el cigarrillo del cenicero, donde estaba apoyado, y das una calada, despacio, y sueltas el humo, despacio, y tu cabeza te insinúa que sí, que siempre que has discutido, has perdido los papeles. Y eso te produce una sensación extraña, de angustia ahí dentro.

Una, dos, tres vueltas. Un sorbo de café. Das la última calada al cigarrillo. Lo apagas. Y te quedas mirando a ninguna parte. La mente sigue ahí arriba, mirándote con un cierto aire de superioridad.

Y te recuerda, mientras las últimas volutas de humo se disipan en la inmensidad de espacio, esa conversación con tu tía. Ella, mujer alegre, y vitalista. ¡Qué diferencia con tu padre! Parece que tus abuelos, repartieron mal al hacer los hijos. La alegría se la quedaron los demás. Tu padre se quedó con todos los puntos de la visión negra y triste. Con la poca vitalidad y ganas de hacer cosas. De viajar, de conocer. De disfrutar.

Y a tu tía, vitalista y alegre, se le escapan unas lágrimas. Le paso la mano por su mejilla. Y ella retiene esa caricia, aprisionando la mano con su pómulo y su hombro.

Recuerda las cosas buenas que tenemos. Y que no apreciamos. Recuerda que mi padre, que se ha alejado un poco, tiene unos hijos sanos. Y que tiene unas nietas sanas. Y que, hasta hoy, hasta hace un par de meses, ha tenido una vida sana. Sin problemas importantes. Y no sabe apreciarlo. No sabe disfrutar de eso. Está metido en un espiral de queja continua. Y mi padre tiene 5 años más que ella. Y sin cigarrillo, y sin café delante, solo una maleta, recuerda que ella tiene una hija casi inválida. Y un nieto que con veintipocos, le han operado 6 ó 7 veces. La última un transplante de hígado. Y que tiene otro nieto que, con 14 años, tiene una depresión, que ni los médicos saben como tratarla. Y ella lleva 4 operaciones. Y tiene que volver a operarse. La cadera. Y que va con un bastón. Y le duele si anda mucho. Y le cuesta entrar en un coche, por su cadera. Pero aún así, siempre es ella quien va a ver a todos. Y hasta hace poco, en coche. Y está viuda desde hace 6 años.

Apuro el café. Me recuesto unos instantes más en mi sillón orejero. Y dedico mis últimas reflexiones, antes de meterme otra vez en la vorágine de la vida, en hacer propósito de que intentaré, al menos, apreciar lo que tengo. Es difícil. Porque no sé por qué, lo malo, lo triste, suele estar más presente en nuestra mente. Y lo que anhelamos y no tenemos. Y parece que, lo que tenemos, no tiene ningún valor. Hasta que lo perdemos.

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





… cuando la cabeza vuela…

16 09 2007

Salió el cirujano.
Nos dijo que había limpiado todo. Era el doble de lo esperado. Y los ganglios estaban afectados. Y era malo.
Luego especificó que, había quitado todo lo macroscópico.
Pero su mirada decía mucho más. Era triste, impotente. Como de haber luchado hasta la extenuación y haber perdido.
Salió él, todavía anestesiado. Me emocioné. Era patético. Y no sé por qué, me le imaginé dentro de unos meses así… pero sin anestesia. Como agonizando.
Quedan pruebas por hacer. Análisis. Especialistas. Pero todo indica que, no hemos hecho más que empezar.
Salió de la URPA. Estaba estupendo.
El no sabe nada de lo que viene después. Aunque siempre tienes una esperanza de que los pálpitos, las intuiciones, y las impresiones de los cirujanos, basadas en cientos de operaciones, se equivoquen, todo parece indicar que, nos debemos preparar para el dolor. Y para írselo contando.
Y el caso es que ya duele. A él la espalda. A los demás, el espíritu.
La cabeza vuela. Montones de sensaciones, se agolpan. Es imposible el separarlas. El controlarlas. El agotamiento ayuda poco. Son sensaciones contradictorias, opuestas incluso.
Es curioso como, en estos momentos, parece que te molesta incluso que los demás lo estén pasando bien. Es como si sintieras que todos te deberían acompañar en las lágrimas. O que necesites esas lágrimas cómplices. Que necesites compañía en los silencios.
Es curioso como, en estos momentos, parece que necesitas leer otras cosas, hablar de tonterías, pero de ti no sale. No puedes hacerlo. Incluso no puedes escribir tonterías. Aunque espero que, dentro de un rato, pueda escribirlas. Y llorar por otros que no sea yo.
Porque en todo esto, al final, a mi, me queda la duda si lloro por él, o por mí. Tengo a veces la sensación de ser el mayor egoísta que hay sobre la faz de la tierra. Y a veces creo que esa sensación es la verdadera.
Y el caso es que no le aguanto.
Aunque creo que, ahora, sacaría fallos hasta a los que amo con toda mi alma.

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





… una de chiviritas en el estómago y una mente que galopa desbocada…

11 09 2007

Los días, las semanas en que te podías engañar, olvidar, ya se acabaron. La realidad llega, llama a tu puerta y… hace una mueca.
Y llegan los días que pasan deprisa. O despacio
Y llegan las semanas que son un suspiro. O eternas.
Y son los mismos días, o las mismas semanas. Pero dependiendo del instante, de la vista, o del cigarrillo que te estés fumando, todo es de una forma u otra.
Pero la cabeza, muchas veces, es la que tiene la culpa. Como casi siempre.
Dejas volar. Los pensamientos van. Y vienen. Te pones en lo peor. En lo mejor. En los intermedios. Y nada te convence.
Enciendes otro cigarrillo. Estos días son propicios para encender uno tras otro. Y para darle a la cafeína. Incluso para comer compulsivamente. Como si volvieras de un ayuno en el desierto. Y nada está claro.
Ora, piensas que todo irá bien. Eso quieres pensar. Y eso escuchas por los oídos que te repiten una y otra vez. Pero a veces, cuando te repiten muchas veces algo, es como si el que lo dice, quisiera convencerse de ello. Y al final, tú acabas convencido de lo contrario. Porque además, quien repite… y repite… y repite, es quien más sabe del tema.
Ora piensas que, todo irá mal. Y no sabes por qué, tienes una sensación en el estómago como si esto es lo que va a pasar. Y sigues escuchando que, todo es muy fácil, y que todo irá bien. pero tu estómago, te dice que, no será así.
Ora piensas que, saldrá bien, pero… Y el pero puede ser tan malo como si fuera todo mal. Y sigues escuchando que, todo es fácil, y todo irá bien. Pero las chiviritas en el estómago te dicen que…
Y todo puede cambiar.
Y todo es incertidumbre.
Y no puedes pensar siquiera dónde vas a comer mañana.
Enciendes otro cigarrillo. Y ya van muchos. Demasiados. Pero es mala época para controlar nada. Aunque de poder controlar algo, la cabeza sería lo que controlaría primero. Y esa galopa libremente, desbocada, sin posibilidad de control. Y al final, acabas encendiendo otro cigarrillo, y perdiéndote en su cortina de humo.
Mañana será otro día. Mañana será el día. Y cosa curiosa, mañana serán dos cumpleaños. Chistes que tiene la vida.
Y pasado…

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





… y me he levantado esta mañana…

31 08 2007

 

 Me he levantado esta mañana. No había más remedio.
Y he desayunado, frugal, me he afeitado, y me he duchado, como todos los días. A partir de la ducha, he empezado a abrir los ojos con un poco de soltura. Tampoco demasiada, no creáis.
Eso sí, mis neuronas chirriaban. Era un ruido ensordecedor. Intentaban ponerse en marcha, pero no había forma. He pensado quedarme en casa, para engrasarlas un poco con 10 ó 12 horas de sueño extra. Pero entre chirrido y chirrido, una ha conseguido mandarme un mensaje: Alqui, ¡hay que currar! que tienes contento a tu jefe últimamente.
Y he salido de casa.
Tenía dos opciones: coger el coche o no. Y he sido valiente, y no lo he cogido. Más que nada por si al aparcar a 3 km. de mi oficina, me dormía mientras pensaba con que pie salía del coche. Pensaréis… ¡Pero que bobada! ¡Está claro, con el izquierdo! Es cierto, si es fácil, pero mis neuronas, hoy, no se hubieran puesto de acuerdo. Y mientras discutían, pues, hubiera pasado, lo que hubiera tenido que pasar. Y tampoco es cuestión que, un policía tocara en mi cristal, preguntándome por las neuronas que campaban sin ningún miramiento por el prójimo, alrededor del coche. Más que nada, por las discusiones que tienen… hoy trabajas tú, no que lo haces tú, que lo haga la d-53647848, no te toca a ti…
Y como decía antes de perderme en esta discusión posible de mis neuronas, mientras yo echaba un sueñecito en mi coche, ha salido de casa con decisión, para afrontar parte del camino al trabajo andando.
Y empiezo el camino. Primero pensando el orden de mover las piernas. No acababa de coordinarlas bien. Parecía como esos actores que, en una obra de teatro, imitan el paso de los caballos, sobre un palo de escoba. Eso del palo de escoba a modo de caballo… me trae algún pensamiento pecaminoso, pero lo dejaremos para un post erótico que llevo para escribirlo desde que abrí este maravilloso blog.
Decía hace unos minutos, uno más o menos, que empecé a caminar. Las neuronas seguían rugiendo, pero un poco menos. Yo contento. Empezaban a engrasarse. Yo pensando que, este proceso febril de abrir los ojos, e ir empezando a tomar conciencia de la dura jornada de trabajo que me tocaría, pensando que, ya estaba todo hecho.
Y para ejercitar esas neuronas perezosas, he ido pensando un poco en la gente que me encontraba.
Dos mujeres.
Ya de una edad.
Andando a un paso que parecía vivo para ellas. Estaban hablando de regalos que iban a comprar a sus allegados. Que si eso no, porque luego fulanita se mosqueaba porque lo que había comprado a Menganito era mejor, que si… y la verdad es que resollaban. Se les notaba en el hablar que, sus pulmones no daban para las dos actividades. Yo pensando, pobrecitas, mira que no pueden. Si es que los años no pasan en balde. Además, no llevaban la ropa mejor para andar. Ni chándal de Carrefour, ni nada de eso. Unas pequeñas bandoleras cruzadas de derecha a izquierda. Pues si van a andar, que paso más lento llevan.
En esto que, me he ido a fijar en un detalle de las bandoleras. Y me he fijado que ya me sacaban unos cuantos metros. Y me he dado cuenta que, sin hablar, más que conmigo mismo, y eso no vale, no podía seguir su ritmo. Y que tenía unos cientos años menos. Y que…
Pero me he animado enseguida. No he querido dar muchas vueltas a ese bofetón que la vida me ha dado. Ni siquiera he pensado un momento en eso de la paja en ojo ajeno (aunque mejor una paja… pero ese es otro tema) que el tronco en el propio. Ni en mis indudables limitaciones en esta mañana de Agosto. De un Agosto sin vacaciones.
He respirado hondo. He mirado al frente, ya que las señoras había torcido por una calle a la derecha, o a la izquierda. Y he continuado adelante.
Y me he chocado con mi vendedor de la Once de cabecera. He vuelto a comprobar que, los 7, no existen. Y que me ha vendido para todos los sorteos hasta el año que viene, el 2010. Con un poco de suerte, sacaré un reintegro. Pero eso sí, he hecho feliz al vendedor. Todo por hacer feliz a la gente. Porque encima he hecho cola, y la gente se aproximaba porque pensaba que el hombre éste, por la gente que esperaba a comprar, era el que llevaba el Gordo. O el supercupón. O el Cuponazo. O lo que fuera. Ahí le dejé, vendiendo a todo vender. Le he hecho feliz. ¡qué bonito es hacer feliz a la gente! En este caso, un poco caro también. Pero todo por hacer feliz a la gente. (eso creo que ya lo he dicho 4 veces en este párrafo; para autoconvencerme; pero he fracasado)
Y sigo mi camino. Y me encuentro a uno que vende cosas. Hacía tiempo que no le veía. Y se ha parado amable para preguntarme por mi jefe, por la novia de mi jefe, por sus hijos putativos, y por el desarrollo de la berza en el verano de Almería. Y yo detrás de él, veía el autobús. Sí, porque había decidido un poco antes coger un ratito el autobús. Una miradita al susodicho. Una miradita al autobús. Una, y una. Una y una. ¡Huy, que me voy, el autobús! Pero es que…
Y toca correr.
Y si andar era difícil, correr, no te quiero ni contar. De hecho no te lo voy a contar. He reconocido a un joven que suele coger el mismo bus. Joven, joven. Y corríamos a la par. Yo contento. Ahora conseguía correr a la misma velocidad que uno más joven. Mi autoestima por los cielos. Estaba un poco gordito, pero eso daba igual. Un detalle sin importancia. Le eh dejado ganar, para darle ánimos. Le veía que me miraba, como pensando ¡que este me va a ganar! Y hay que hacer feliz a la gente. Además, mientras el llega, a mi me da 3 segundos más para llegar. Pero hay que hacer feliz a la gente.
Y llegué. Y me senté.
Este chico, ha bajado un par de paradas antes. Le he mirado por la ventana. Y me he dado cuenta que, cojeaba. A parte de que llevaba una mochila que, cuando menos, tenía una enciclopedia dentro. Vale. He reconocido mi derrota. Me he cambiado de asiento, me he puesto mirando hacia atrás, y me he echado a llorar.
Pero le he hecho feliz, y eso es lo importante.
Llevo 4 horas repitiéndomelo.
¡Le he hecho feliz!
Y llevo cuatro horas arrastrándome por la oficina.
Pero, ¡Hoy he hecho feliz a 2 personas! Sin contar a las señoras de respirar entrecortado.
Me voy al baño, a seguir llorando un poco.

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.