Cada vez soy más consciente de mis limitaciones. De lo poco que valgo. De la mierda que soy.
Da igual lo que haga, lo que escriba. Lo que piense, lo que mire. Todo está teñido de negro. Un círculo vicioso que se retroalimenta. El negro llama al negro. Las lágrimas a la tristeza, o viceversa. La desesperación a la depresión. Y en todo caso, un halo de tristeza permanente se instala en cada poro de mi cuerpo. Y una oleada de rabia sube por mis entrañas.
Es primavera, aunque parece invierno. Debería ser alegría, y es melancolía. Deberían ser flores y frutos, y son hojas secas, putrefactas.
Con ratos de rabia. De rabia de impotencia. Por ser como soy.
Y lo malo es que no es un día. Hoy es un día especialmente negro. Sí. Pero los demás días son igual de negros. Pero los llevo de otra forma. Disimulo. No, no es disimulo, es autoengaño, el peor de las mentiras.
Es como una plaga de langosta, o como cuando ruge la marabunta. Poco a poco va ganando terreno. El autoengaño cada día es más complicado. Su andamiaje se resquebraja, mordido por miles de animales hambrientos. Hasta que cuando quieres darte cuenta, no hay andamio, no hay estructura, has caído al suelo, ya te han devorado, sin dejar siquiera una migaja.
Hay días, hay temporadas que, como si estuviera en un desierto sin oasis, sufro espejismos y creí que las cosas cambiaron, que rompí con la dinámica. Que cambiaron y que seguirían cambiando poco a poco. Pero siempre llega el día en que todas las verdades estallan en tu cara: No, todo sigue igual, y nada cambió.
Antes había algún resquicio. Una válvula de escape. Quizás estos foros lo fueran. Pero esa magia la dejé perder. Dejé que se me escapara entre los dedos. ¡Qué bonita expresión! “Dejé que se me escapara entre los dedos”. Se fue diluyendo porque como Don Quijote, luchar contra lo inevitable, luchar contra molinos de viento, es una guerra perdida. Y ni valgo, ni valdré para luchar contra esos molinos. No valgo para luchar contra la indiferencia. No valgo para dar la lata, para imponerme al olvido, o a ese indiferencia de que hablaba antes.
Nunca tendré lo que anhelo. Lo que deseo. Porque no valgo para luchar por ello. No valgo para nada. Para nada de nada.
Negro.
Negro.
Siempre quedará la duda de si este escrito es un canto literario, o es una realidad palpable dentro de mi alma.
Hoy es un día para recordar. 11 de marzo. Hace 5 años, iba a trabajar. Me llamó la atención en un bar por el que pasé camino del autobús, que todo el bar estuviera mirando a esa hora al televisor. Pero… no le di importancia.
Bajé del autobús. Entré en uno de los bares en los que tomo café antes de ir a trabajar. Y todos miraban el televisor. Había mucha gente, y no se escuchaba el sonido. Miré de refilón, y vi las imágenes de unos trenes que parecía haber tenido un accidente.
Me volví a mi café. Un cortado, como siempre. Mi primer cigarrillo del día.
Aspiré el humo de la primera calada. La gente seguía mirando al televisor. Algo me llamó la atención de esas miradas. Eran como de estupor, de incredulidad.
Me volví a mirar la tele otra vez. Primero pensé que el accidente era en algún sitio indeterminado del mundo. De repente, me fijé que eran unos trenes de RENFE. Me fijé un poco más… y percibí que no podía ser un accidente.
En toda la mañana no conseguí hacer nada, más que buscar en Internet la última información. Las imágenes. El por qué. El cómo.
Vi fotografías. NO… no se publicaban fotos demasiado duras. No hacía falta. Pero una foto de un chico apoyado en una farola… no tenía heridas graves… pero al ver su mirada perdida… su estupor… me sobrecogió. Me oprimió el alma.
Esa foto se hizo más o menos célebre. Es que indicaba tantas cosas ese chico… Ese chico representaba lo que sentíamos todos esa mañana. Lo que sentimos durante todo el día.
Porque es difícil hacerte a la idea de que, lo que estás mirando en la tele, en el ordenador, lo que te cuenta la radio, es cierto… y no es una representación a lo Orson Welles de “La Guerra de los Mundos”.
5 años después, no sé si hemos avanzado. En cualquier otro lugar, eso hubiera unido a todos. Aquí no. Aquí cada uno sigue haciendo la guerra por su cuenta. Unos, siguen con conspiraciones. Otros, que si están enfadados por no sé que comisiones. Unos que si con éste no me hablo. Otros…
Me siento en mi butaca orejera. Un café. Cortado como siempre. Un cigarrillo. Lo enciendo. La primera columna de humo se pierde en lo alto del salón. Solo la luz de una pequeña lámpara alumbra la habitación. Apenas distingo el cuadro de enfrente. Veo esa foto otra vez en mi mente. Y no puedo dejar de sentir otra vez, la misma angustia que ese día. El mismo estupor. La misma rabia. Me gustaría hoy, poder dar un abrazo a ese chico de la farola. Y decirle que, hacerle sentir que… todo va a salir bien.
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
No encuentro la canción que quiero… y estoy seguro que tenía un CD en dónde estaba…
¡¡Mierda!!
Voy a ver si está en la habitación… aquí hay unos CD’s… nada.
¡¡Joder!! ¡¡Mira que hora es!! Y éste va a llegar dentro de media hora, y tengo que ducharme, acabar de preparar la cena…, abrir el vino…
Y… ¿La ropa? ¿Qué me pongo?
¡¡Mierda!! Sí quedé con él en ponernos elegantes… ¿Y el traje? ¿Y la corbata.? ¿Dónde lo guardé después de Nochevieja?
No, no, lo llevé a la tintorería, se había caído un poco de… bueno un poco, menuda mancha me dejó el condenado de Saúl… en aquel pub al que nos llevó a última hora, ese que era de un amigo suyo, o que trabajaba… ni me acuerdo. Me acuerdo de él tirándome un Bailey’s por encima… y ahora que pienso.. ¿Qué hacía bebiendo Bailey’s?
¡¡Ahhhhh!! ¡¡Mira, aquí está la funda de la tintorería!!
Calzoncillos… los calcetines… zapatos… voy a abrir el grifo para que vaya saliendo agua caliente… ¿me afeito? Necesito un espejo… aquí… bueno, no está mal, me sienta bien esa barbita de un par de días…
Mierda, se me olvidaron los calzoncillos… a ver… estos no, estos… no, no… estos… tampoco… estos… estos bóxer me están de cine…
Rápido, rápido… ducha de 5 minutos. Este gel deja un olor en mi piel que le gusta… a ver si… ¡¡Joder, como quema el agua!! ¡¡Hala… leñe!! Ahora está helada… ¡¡ya!!
Esta toalla es pequeña. Tengo que comprar una nueva más grande, de esas que me puedan dar 5 vueltas… jijijiji. Un reloj… necesito saber la hora… ¿Dónde he dejado el reloj? Encima que fue su regalo de Reyes…. aquí está… ¡¡Hala!! He ido dejando las huellas por todo el pasillo…
Venga… los calzoncillos… bien, me están guays… Desodorante, un poco de colonia… un poco de after shave hidratante… para estar suavito… aunque pincharé un poco… jijijiji. Pero le mola, A Fernando le mola.
¡¡La camisa!! ¡¡Otra carrera…!! Esta azul a rayas.. a ver… bien… la corbata… joder, no me sale el nudo… tranki Raúl, tranki… empecemos… una vuelta a la derecha, la paso por detrás… bueno, ya quedó bien…
La cena…. a ver, la ensalada… le falta vinagre. Un poco… a ver… ¡¡hummmmmmmmm!!! Bien. Enciendo el horno, 10 minutos. Para la ternera en salsa… que he dejado a medio hacer esta mañana… bueno, a falta de un toque… menos mal que al final la hice por la mañana…
Bueno, me falta esa canción… usaré ese CD que hice hace unos meses con las canciones que nos gustan, para bailar después de cenar.
… revisemos todo…
La mesa puesta. Sus mantelitos. Las copas para el vino… ¡¡el vino!! ¿Lo metí en el frigo?… menos mal… aquí está… y está frío. Un blanquito, como nos gusta a nosotros. Fresquito. Los platos, las servilletas… las velas… voy a encenderlas ya para que huela un poquito… me encanta el olor de la cera. Y así, quedan más bonitas… la cera derretida formando esos ríos cayendo… Rondó Veneciano para la cena… otra vez la música…
Luego, ese CD para bailar. Quiero bailar con él hoy. Quiero apoyar mi cabeza en su pecho. Juntos… bien juntos. Sin apenas hablar. Mirándonos de vez en cuando a los ojos… Un brindis…
Y luego…
Un masajito. Con esos aceites tan… tan embriagadores. Primero se lo daré yo a él. Se me hace ya la boca agua. Recorrer suavemente cada rincón de su cuerpo. Con mis manos, suavemente… suavemente… Primero la espalda… ese culo estupendo que tiene, esas piernas… y esos pies… juguetearé con cada uno de sus dedos… No sé si antes de pasarle las manos con el aceite, se los morderé un poco… ya veremos. Luego por delante. Los hombros, el pecho, con un poco de pelo, pero muy poquito, ese ombligo que me vuelve loco… y los pezones, se me olvidaban. Me saltaré… sí, me iré a las piernas… nada, nada… que seguro que está pensando en el momento en que coja su miembro… pues nada… jijijijiji… ahí le dejaré de momento, sin siquiera tocarlo. Pasaré otra vez a las piernas… tiene unas piernas bonitas el condenado. No son muy musculosas, pero tienen una forma estupenda, Y son duras. No tiene mucho vello tampoco… y otra vez a los pies… y luego el ombligo…
¡¡ding, dong!! ¡¡ding dong!!
Ya está ahí. Pero si es pronto… vaya… no… si ya es la hora…
- ¡Voy!
Abro la puerta… ¡La madre del orangután! ¡¡qué guapo es el jodido.!! ¡¡¡¡Huyyyyyyyyy!!!! Si ha traído un regalo… ¡Ya sabía que se me olvidaba algo!
- ¿Puedo pasar? – me dice socarrón el tío.
- Sí, sí… perdona… estás muy guapo.- digo yo como un idiota… es que no puedo parar de mirarle
Y pasa y me da un beso. Por favor… son 5 minutos de beso… socorro… me ahogo… se me olvida respirar…
- ¿Me traes un regalo? – consigo decir
- Sí… y el postre. Una tarta de chocolate. Como te gusta. Pero el regalo… te lo daré… en el postre. Pero es una bobada, no pongas pucheros. Además es un regalo para los dos. Es una bobada para que lleves tú y te acuerdes de mí, y otra para llevar yo y acordarme de ti.
- Jo…
- A los postres…
Y el capullo de él, se vuelve a acercar a mí… y me vuelve a besar…
…
…
…
…
nos miramos…
…
…
…
le sonrío…
…
…
…
me sonríe…
…
…
le beso…
…
…
- ¿Cenamos? – consigo decir…
- Sí…
Stranger in de night, exchanging glances…
Es nuestra canción… seré bobo… con los nervios no la encontraba en el disco que estaba escuchando antes… y sin darme cuenta, estamos los dos juntos. Sus manos en mi espalda, las mías en la suya. Mi cabeza apoyada en su hombro, la suya en el mío… y nos movemos muyyyyyyyyyyyyy lentamente… cantando mentalmente esa canción…
…hoy… tengo la impresión de que todo va a salir genial. Sip. Aunque tal y como ha empezado la noche, no sé si cenaremos… jijijijiji.
Ya era tardísimo cuando abrió la puerta de su casa.
Entró casi de puntillas, sin encender la luz del hall. No quería despertar a su chico.
Justo, en le carillón del salón, dieron las 3.
Fue al salón. Se desnudó allí.
Mientras doblaba los pantalones, se dio cuenta que, hacía la menos 3 semanas que no jugaba con su chico. El trabajo… el trabajo le tenía muy liado esta temporada.
Mientras se quitaba los zapatos, se dio cuenta de que necesitaba abrazar a su chico y dormirse así, abrazado. Necesitaba sentir su piel.
Se quitó los calcetines… no recordaba cuando fue la última cena romántica que tuvo. Los dos en la cocina, preparando la cena… un par de copas de vino sobre la isla de la cocina, el horno en su punto para meter la lubina a la sal… la crema de calabacín en el fuego, la tarta de frambuesa enfriándose cerca de la ventana…
Su chico había estado malito… no le había podido casi cuidar, pensó al quitarse la camisa.
Dejó también los calzoncillos en el salón… y se fue con la cabeza gacha hacia su dormitorio. Se paró en la puerta, para poder escuchar la respiración de su chico. Entró de puntillas… para no despertarle. Abrió su parte de la cama, y se metió así, desnudo.
No quiso ponerse el pijama. Se inclinó sobre su costado izquierdo… levantó la cabeza para poder ver su cara. ¡Qué guapo era! Casi se le cae la baba mirándole. De repente se dio cuenta de que tenía los ojos abiertos… su chico le dedicaba esa mirada picaruela que tanto le gustaba…
Su chico alargó el brazo, le agarró por detrás de su cuello, tiró de él para juntar sus labios.
- Creía que esta noche no ibas a venir a dormir… casi me quedo dormido.
- Cari…
- Calla… me aburres cuando me pides perdón… abrázame y duerme…
- Cari…
- ¡¡Que te calles!!
- Te quiero.
- Calla y abrázame. Y a dormir. Mañana es día de labor.
- Te…
Y su cari se volvió, y le cerró la boca con un beso. Fueron buscando la postura… y se quedaron dormidos… con una sonrisa en la boca.
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito
No sabes cuando. Ni por qué. No sabes cuando conoces a alguien que te va a deparar. Cual va a ser la relación que vas a tener con él. Si seréis amigos, o sencillamente tomaréis un par de cafés a lo largo de un año.
Un día conoces a alguien. Empiezas a hablar. Empieza a hablar. Otro día, un día más. No está cerca en km. Pero está cerca de otras formas. Y sin querer, os convertís en amigos. Confidentes. Él es tu báculo. Tú eres su báculo.
Un día él decide irse lejos. Un poco de huida, un poco de aventura. Algo que si no lo hace, se quedará siempre con las ganas, con la duda. Y lo hace. Se va a vivir a otra ciudad, a otro país. Muchos nervios, mucho miedo.
Y desde el día que conoces su decisión, empiezas a echarle de menos. Todo se hace más difícil. Más distante. Él es el que se va, el que tiene que hacer y preparar muchas cosas. Él es el aventurero. Los que nos quedamos… pues ya está. Nos quedamos.
Nos quedamos a echar de menos. Nos quedamos sin poder cubrir el vacío. Y nos quedamos sin que nadie nos consuele. Él es el aventurero. Él tiene su aventura. Hay que alegrarse por su aventura. Alegrémonos pues. Deseemos que todo vaya bien. Alegrémonos.
Pero a mí, esta vez, me apetece estar triste por mí. Por una vez, no me apetece alegrarme por los demás. En la sombra, en la incomprensión, me apetece quedarme triste. Y echar de menos.
Luego, todo será igual, me dice. Parecerá que no ha pasado el tiempo, me cuenta. O no. O nada será igual. O quizás sí será igual… pero ¿igual a qué? ¿Igual a cuando? Porque hay muchos qué, y muchos cuandos.
Me apetece estar triste. Que otros se alegren por él.
Esta terraza frente al mar. Este café hace ya un rato dejó de humear. Pero sigo dándole vueltas.
Gafas de sol. Mi mirada perdida en el horizonte. Un barco sale del puerto. Toca su bocina ronca y potente. No puedo verles, pero siento a los pasajeros en la popa del barco saldando a sus amigos y familia en el puerto. Como si pudieran ya verles. Salvo el del jersey rojo chillón.
Enciendo otro cigarrillo. Sin perder de vista al barco que se aleja. Ya casi es del tamaño de una cáscara de nuez. ¡Adios! ¡Adios! ¡Hey! ¡Allí está tía Enriqueta!
Despedidas. La antesala de los recuerdos. Los análisis. Los pensamientos. La nostalgia. El descanso.
Otra calada. Exhalo el humo. Se diluye en la brisa, que es una forma poética de llamar al viento que se lleva hasta los recuerdos.
Una reunión de amigos. Charlas por aquí. Risas por allá. Algunas confidencias. Consejos. Muchos amigos. Amigos. Amigos a los que contamos nuestras cosas. O no. Amigos que nos ayudan. O no. Amigos a los que apoyamos. ¿Sí?
Es posible sentirse solo y desvalido rodeado de personas. Incluso si estas nos quieren de verdad. Es posible que, por mucho que queramos, no encontramos a quien contarle eso. O aquello. Algunos piensan que no sirve de nada. Yo creo que suele servir de mucho. No van a encontrar nuestra respuesta. Esta, la nuestra, la tenemos dentro. Pero muchas veces no la encontramos. A veces, al hablar, al escucharnos a nosotros mismos contar eso, quizás escuchemos a la vez la pista que nos llevará a encontrar nuestra respuesta. O puede que no suceda. Pero el peso que llevamos sobre nuestros hombros, compartido, es más llevadero.
Otro sorbo de café. Está ya helado. No, no era café con hielo. Sí, sí estaba caliente. Humeaba cuando el camarero, el de la sonrisa bonita, el de la cara más bonita, el del cuerpo todavía más bonito, me lo trajo.
A veces he pensado que no hace falta nadie nuevo en mi agenda. Pero quizás, sin pensarlo, o pensándolo mucho, si los que están no pueden cumplir alguno de nuestros anhelos, de nuestras necesidades, quizás digo, no sobre algún nombre nuevo. Quizás ese sea el que nos ayude a ver el sol a través de las nubes. Aunque el desazón, aunque el desaliento anide en nuestro espíritu. Sobre todo si lo hace en esa habitación que no enseñamos ni a los que más queremos. Y les queremos de verdad.
Pago el café. Sonrío al camarero de la sonrisa bonita. Me trae el cambio. Y yo con pena, me levanto y me voy, Con un nuevo cigarrillo encendido. Y mis manos en los bolsillos.
Estoy reseco. Bebo y bebo y no sacio la sed. Como si hubiera pasado la semana en el desierto.
Desierto.
Algo me viene a la cabeza. Una idea. Un run-run.
Puede que en verdad, esté pasando una temporada en el desierto. Puede que lleve una temporada en el desierto. Puede que lleve toda la vida anclado a este desierto.
Vives. Sí, vives. ¿O vegetas?
Respiras. Es un síntoma de que vives. Es una vida física, mecánica. Sigues adelante. Es la costumbre.
Pero vives por dentro ¿sí? ¿no? ¿Es todo una fachada?
Tienes amigos. Unos cerca, otros en la distancia. Amigos… ese oscuro concepto tan mal utilizado, tan minusvalorado a veces, tan sobrevalorado otras.
Amigos. Que te apoyan. Que te escuchan. Es más fácil escuchar a alguien que esté feliz, contento, que baile una muñeira o se arranque por soleares. O que baile una jota, y cante jondo. Jondo o no jondo.
Al final, siempre, prevalece esa imagen que tienen de ti. Esa imagen por la que te conocieron. Sí aparentas felicidad, y desprendes optimismo, algún día, siempre, sin poder evitarlo, llega el momento de llorar. ¿Por qué? Te preguntan. Será porque no avanzas, porque no te ilusionas… ¿Hace falta una ilusión para vivir? ¿Hace falta una meta con letras, puntos y comas, para vivir?
Un día. Cualquiera. Con o sin causa. No hace falta. Y todo te parece negro. Todo es negro. Todo es una mierda. Tú eres una mierda. Soy una mierda.
Quizás llega un día en que solo quede tu optimismo para los demás. Y no te queden ni las migajas para ti.
Pero tú eres alegre… ¿cómo has llegado a ese punto? ¿lo soy?
No lo sabes. Y quizás, tampoco lo necesitas. Necesitas gritar. Un grito desgarrador en la noche. O en la madrugada fría, heladora. Pero tú eres alegre. No puedes gritar. Pero quieres gritar…
Un grito sin nadie que escuche, no es un grito. Pero nadie escucha. Tú no puedes gritar. Nadie escucha. No hay nadie.
Un suspiro.
Una calada a mi cigarrillo.
Dos.
Se me pierde la mirada. Allí. En ese punto.
La vista se nubla. Los oídos se cierran.
Es un desierto. El horizonte es todo igual. Nadie aquí, nadie allí. Ni siquiera estoy yo.
Un sorbito de agua.
Estoy reseco.
Sí. Estoy en un desierto. Sin oasis. Sin agua. Sin ese que monta un camello y te pasa un trapo mojado para humedecerte la lengua. Ese que imperceptiblemente, cada día está más lejos. Cada día finge más contigo. Ese que, ayer escuchabas las historias que contaba a otros, y que hoy, escuchas esas mismas historias, pero te las cuenta, me las cuenta a mí.
Otro sorbito de agua. Pero este agua no sacia.
Un día creí ver un oasis.
Era un espejismo.
Cada día soy más conciente de ello. Y es duro. En el fondo lo sabías. Pero el saberlo cambia. Lo cambia todo.
Apago el cigarrillo. No recuerdo cuando lo encendí. Apenas recuerdo un par de caladas. Cuando se me perdió la mirada allí.
Apuro la botella de agua. Un agua que no sacia.
Cierro los ojos.
Una lágrima.
Un suspiro.
Oscuridad.
Sueñas con una caricia. Pero te despiertas asustado cuando compruebas el repelús que le produce. El asco que notas en su mirada.
Una lágrima. Dos.
Quiero gritar, pero estoy afónico.
Da igual. No hay nadie que escuche. Y si escucha por lástima, eso no es escuchar.
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
Estos instantes en que paras, te sientas, relajas los músculos del cuerpo, y piensas… y dejas que la mente vuele, y te mire desde fuera, desde ahí arriba…
Y siempre con un café. Cortado.
Y siempre con un cigarrillo en los labios.
Y siempre, dejando que los ojos sigan la estela del humo que sale de mi boca, lentamente, saboreando el sabor de mi cigarrillo rubio.
Y recuerdas. Conversaciones, momentos tristes, momentos alegres. Recuerdas risas. Y también lágrimas. Recuerdas momentos en que te angustiaste. En que el corazón se encogió. Recuerdas esas discusiones en las que saliste triunfador. O en las que te revolcaron en el barro. Discusiones todas, que casi siempre te dejan un poso amargo, porque cuando discutes acaloradamente, casi siempre pierdes los papeles, y acabas diciendo cosas que no pensabas. O sí, pero que deberían haber permanecido en lo más hondo de la neurona que te queda operativa.
Porque, dando vueltas al café, una, dos, tres, un sorbo, dejas la taza en el plato, recoges el cigarrillo del cenicero, donde estaba apoyado, y das una calada, despacio, y sueltas el humo, despacio, y tu cabeza te insinúa que sí, que siempre que has discutido, has perdido los papeles. Y eso te produce una sensación extraña, de angustia ahí dentro.
Una, dos, tres vueltas. Un sorbo de café. Das la última calada al cigarrillo. Lo apagas. Y te quedas mirando a ninguna parte. La mente sigue ahí arriba, mirándote con un cierto aire de superioridad.
Y te recuerda, mientras las últimas volutas de humo se disipan en la inmensidad de espacio, esa conversación con tu tía. Ella, mujer alegre, y vitalista. ¡Qué diferencia con tu padre! Parece que tus abuelos, repartieron mal al hacer los hijos. La alegría se la quedaron los demás. Tu padre se quedó con todos los puntos de la visión negra y triste. Con la poca vitalidad y ganas de hacer cosas. De viajar, de conocer. De disfrutar.
Y a tu tía, vitalista y alegre, se le escapan unas lágrimas. Le paso la mano por su mejilla. Y ella retiene esa caricia, aprisionando la mano con su pómulo y su hombro.
Recuerda las cosas buenas que tenemos. Y que no apreciamos. Recuerda que mi padre, que se ha alejado un poco, tiene unos hijos sanos. Y que tiene unas nietas sanas. Y que, hasta hoy, hasta hace un par de meses, ha tenido una vida sana. Sin problemas importantes. Y no sabe apreciarlo. No sabe disfrutar de eso. Está metido en un espiral de queja continua. Y mi padre tiene 5 años más que ella. Y sin cigarrillo, y sin café delante, solo una maleta, recuerda que ella tiene una hija casi inválida. Y un nieto que con veintipocos, le han operado 6 ó 7 veces. La última un transplante de hígado. Y que tiene otro nieto que, con 14 años, tiene una depresión, que ni los médicos saben como tratarla. Y ella lleva 4 operaciones. Y tiene que volver a operarse. La cadera. Y que va con un bastón. Y le duele si anda mucho. Y le cuesta entrar en un coche, por su cadera. Pero aún así, siempre es ella quien va a ver a todos. Y hasta hace poco, en coche. Y está viuda desde hace 6 años.
Apuro el café. Me recuesto unos instantes más en mi sillón orejero. Y dedico mis últimas reflexiones, antes de meterme otra vez en la vorágine de la vida, en hacer propósito de que intentaré, al menos, apreciar lo que tengo. Es difícil. Porque no sé por qué, lo malo, lo triste, suele estar más presente en nuestra mente. Y lo que anhelamos y no tenemos. Y parece que, lo que tenemos, no tiene ningún valor. Hasta que lo perdemos.
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
Habrá que hablar de otras cosas.
La mente debe relajarse en algún momento.
Aunque cueste.
Aunque mientras paseo por cualquier calle, de camino al trabajo, o de vuelta a casa, mis pensamientos me lleven siempre, irrenunciablemente a sitios oscuros. Y no a cuartos precisamente.
Pero la mente me lleva al dolor. Me lleva a recordar los momentos de dolor del pasado, cuando mi madre murió, y piensa que el mismo final cercano le espera a mi padre. Se me pasa por la cabeza que, nunca ha sido fácil la relación con él. Y lo será más difícil seguro.
Pero también me lleva la cabeza a mi familia. A que trato tendremos cuando el muera. Siempre he pensado que, es lo único que nos une. Cuando él falte, el contacto se perderá. Y lo malo es que tampoco lo voy a echar de menos. Y esto me lleva a pensar que, si se suele decir que, la familia es lo que queda siempre… ¿A mí que me va a quedar?
Podría aparecer el chico de mi vida. Sería buen momento. Pero ayer, hablando con un amigo, me di cuenta, con los razonamientos que se aplicaba a él mismo, con lo que quería él mismo, que no lo voy a encontrar. No soy atractivo, no tengo nada especial, ni sé ni me apetece entrar en el juego de los perfiles… podría encontrar a alguien que no me llenara… ¿y me tendría que conformar? Sus razonamientos me indicaron lo que iban a pensar cualquiera de los que me podrían conquistar. Es curioso, pero hasta los que dicen no buscar un hombre guapo y escultural, sino que quieren algo más, en realidad lo que quieren es alguien guapo y escultural. En los cánones de cada uno, pero atractivo. No vale el irse conociendo. El cariño que crece. El amor que aparece. Las ganas de vivir juntos y compartir hasta la mierda. Podría ser que esto pudiera llegar… pero como lo negamos de antemano… es preferible a un mete y saca de cuatro meses con alguien estupendo de cuerpo, hasta que nos demos cuenta que, por mucho que queramos, su polla y su culo no nos alegra el alma, no nos hace sentir bien. acompañados. Mimados. Pero da igual. A ese lo sustituiremos por otro igual. Porque no estaremos receptivos a cualquier otra posibilidad. Me di cuenta que… es de noche. Sin luna ni estrellas. Y el amanecer murió antes de nacer.
O podría hacen algunos… conformarse con el primero que parezca interesado. Lanzarme a sus brazos… y así crear una familia. Pero eso es triste… más triste que estar solo.
Conquistar. Ganar. ¿todo se reduce a eso?
Hoy siento que he perdido. Siento que sigue siendo de noche. No veo clarear en el horizonte.
Hoy siento que, marcar cualquier número de teléfono me costaría la vida. Mandar un mail un trabajo inconmensurable.
Perder. Eso es lo que toca.
Y comprobar que, muy a mi pesar, me parezco en las cosas que detesto, a mis padres.
Y comprobar que, no tengo ganas de nada.
Y comprobar que, había que hablar de otras cosas, pero al final hablo de lo mismo. De noche y oscuridad.
Y comprobar que, soy deprimente.
Y comprobar que, esto es una mierda.
Hay que hablar de otras cosas.
Habrá que escribir algo alegre. Echar unas risas.
Pero creo que, eso deberé dejarlo para mañana. O pasado.
Y eso que no he hablado aquí, que ayer vi a mi amiga, la que también tiene cáncer. Y me hundí en la miseria.
Hoy ni me apetece abrazar ni besar. O puede que me apetezca, pero no lo haga, por si siento ese respingo de rechazo. Rechazo no consumado por la educación y buenas maneras.
Pero tú… sí tú… no me hagas mucho caso… y déjate besar y abrazar, que será todo mucho más bonito.
Estoy nervioso.
Estoy histérico más bien.
Y no es por nada. Es la incertidumbre.
¿Hay algo peor que la incertidumbre? Sí, lo hay. Una mala certidumbre.
Y lo malo de todo…
————–
Lo malo de todo es que… la certidumbre se hizo… enfermedad. Se hizo posiblemente cáncer. Mi padre, parece que… tiene cáncer.
…
…
¿qué siento?
No lo sé. No sé que siento. No sé como me encuentro.
Sé que tengo que ser fuerte, que tengo que intentar infundir optimismo en mi padre, que es lo más negativo que hay sobre la faz de la tierra.
Y me cuesta. Porque no hace seis meses incineramos a mi madre. Es curioso como parece que a veces, la cabeza, hace su trabajo sin hacer ruido. Mi padre lo llevaba muy mal. Y no es que mientras vivió mi madre su relación fuera de cuento de hadas. Si le oyes a mi padre ahora… sí, lo fue. Pero es un cuento, una fábula que se ha hecho a medida en su cabeza.
Quizás este bulto en el pecho, sea otra fábula a medida. Quizás sus ganas de vivir no sean demasiadas. Me da igual que sea por amor, o que sea por egoísmo, porque necesitaba a mi madre para ir tirando. Pero tengo la impresión de que ese bulto es, un final buscado, de alguna y recóndita forma, para la fábula que se ha creado él en su cabeza.
El poder de la mente…
Y el caso es que nuestra relación nunca ha sido… especialmente fluida.
Pero ahora toca tirar de él…
¿Podré tirar?
Acababa de recobrar poco a poco un estado de ánimo más o menos pasable. Ha sido un espejismo.
¿Qué toca ahora?
Pues mal que me pese… toca sonreír. Toca ser positivo. Toca esperar. Toca… ¡Yo qué sé lo que toca!
Déjate besar y abrazar, que todo será mucho más bonito.