“La historia” de café para dos.

Prólogo:

Un día, hace ya mucho tiempo, nació una historia. Cuando escribí el 1º capítulo, no tenía claro nada más que, lo que estaba escribiendo en ese capítulo. Luego, la historia fue creciendo. Con espacios temporales muy grandes a veces entre capítulos. El último de esos espacios temporales de separación, lo cerramos hoy.

Fueron apareciendo personajes. Quizás demasiados al final. Pero aparecieron. Y bueno, no los voy a destruir después de haberlos parido. Eso es lo bueno de escribir por escribir, sin pretensiones, sabiendo que nunca me ganaré la vida con esto, y deba pensar lo que es más creible, o menos, o mejor para vender más, en este caso, que te lean más.

No creo que este blog sea de los que crean adicción. Ni que tenga grandes números en cuanto a visitantes y lectores. Y los que lo siguen, sin duda, me perdonarán esas licencias literarias.

Retomamos hoy, pues, el caminar de esta historia. Empezaremos por el principio, por el Capítulo I. Mientras avanzaré en su escritura. Os esperan de momento 27 capítulos de historias cruzadas. De amores y desamores. como denominador común, todos son gays. Después de muchos años, leyendo historias en dónde todos son heterosexuales, no pasa nada por escribir una historia dónde todos sean gays.

Espero que la disfrutéis. Que me digáis si os apetece, que personaje os gusta más. Y si algo en el capítulo que toque, os ha llegado al corazón.

Gracias de antemano.

Empezamos:

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Capítulo 1.

Arnau llegó tarde. La cafetería estaba llena y no vio a Iñaki. Este se levantó y le saludó con la mano. Estaba enfadado. Y no se preocupaba demasiado el disimularlo.

Arnau se acercó casi corriendo hasta su mesa. Le fue a dar un beso, pero Iñaki retiró la cara. Y al tocarle el brazo notó un respingo de rechazo. Cada vez parecía que todo iba peor.

Se sentó. Empezó a hablar como un descosido. Le solía dar buen resultado otras veces. Últimamente con Iñaki había tenido que utilizar sus estrategias de placaje con demasiada frecuencia. Las cosas no iban bien entre ellos.
No sabía a ciencia cierta cuando empezó a ir mal. Iñaki empezó a cambiar. ¿Sería cuando se fueron a vivir juntos? Se hizo muy posesivo. Ya no valían los acuerdos tácitos que tenían. Esos acuerdos que dejaba un margen de libertad a ambos. Que no implicaba ir a todos lados juntos, ni hacer en cada minuto del día las mismas cosas con la misma gente.

Poco a poco todo lo que Arnau hacía, le sentaba mal. Tenía un trabajo con un horario muy flexible, que a veces se debía alargar. Reuniones imprevistas, visitas a horas tardías que se alargaba aún más… Y antes, Iñaki lo entendía, y si tenían que cancelar alguna cita o plan, no había problema. Eso iba con el paquete de Arnau. Como contrapartida, le gustaba las posibilidades de relación que le daba Arnau. Su trabajo estaba relacionado con el mundo del Arte, del Cine, de la Literatura. Y a Iñaki le encantaba que Arnau le paseara entre esa gente que de no ser por él, nunca habría tenido acceso.

Arnau era un triunfador. Era muy joven para la relevancia que tenía en esos ambientes y en su empresa. Tenía a penas 23 años. Y era un chico muy atractivo. Incluso guapo. Y tenía un estilo al vestir muy moderno e innovador. Era uno de los que se podía decir, que no seguía la moda, sino que la creaba él. Muchos le copiaban sus combinaciones, sus complementos, sus peinados.

Iñaki también era un triunfador. Tenía 27 años, pero aparentaba todavía menos que Arnau. Tenía un expediente académico muy difícil de superar. Un economista que se habían rifado los mejores bancos. Atractivo no le faltaba tampoco.

Hacía una buena pareja.
Sonó el teléfono de Iñaki.
Miró la pantalla… era Mario.
Dudó si contestar…

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Capítulo 2.

No lo hizo

- Elena –murmuró  mirando la pantalla parpadear- paso, luego la llamaré.

Y sin darse cuenta la mentira había comenzado a anidar en lo que antes había sido un nido de dos. Ahora ya cabía cualquier cosa, ahora todo estaba permitido.

Mario….Mario. Le parecía increíble lo que estaba haciendo, pero no podía evitarlo. La emoción de lo prohibido. Mario era más joven que Arnau y que él. Apenas 19 añitos, un chico que a todas luces no le convenía. Un chico al que nunca hubiera considerado nunca para una relación , y si lo hubiese hecho no habría parado de pasarlo mal. Nunca se hubiera sentido cómodo junto a él.  Arnau le prometía un futuro, una familia, una vida. Mario le regalaba momentos inimaginables para su a veces estrecha mente. Le permitía ser otro, le permitía perderse. Y quizás eso era lo que necesitaba ahora. Lo necesitaba o se había enganchado tanto a él que se tenía que buscar una auto excusa para no sentirse mal consigo mismo.

Pero siempre volvía a la cama de Arnau. Y al volver siempre se  preguntaba qué coño estaba haciendo con su vida. Sabía que Arnau tenía culpa de lo que pasaba, pero empezaba a intuir que se estaba convirtiendo en una foto en blanco y negro. Sin matices. 2 colores. 2 hombres. Y el resto parecía no tener cabida en aquél mundo.

Arnau comenzó a hablar, era su táctica habitual. Naufragar en la verborrea hasta conseguir arrancar una sonrisa de aquella boca que un día le había parecido de fresa. Cuando por fin Iñaki empezaba a reír, Arnau respiraba aliviado, y el aire volvía a penetrar en el ahogado motor que movía los hilos de su relación. Un respiro. Pero un respiro ¿antes de qué?

Iñaki rió, de verdad fue una risa sincera. Pero no pensaba en lo que le decía Arnau. Recordó la primera noche que pasó con Mario. Iñaki estaba en Bruselas inaugurando una nueva galería de arte de la Fundación para la que trabajaba. Se había metido en el Chat dejándose llevar. Básicamente quería hablar con un desconocido. No quería contar a sus amigos, para mas INRI comunes a Arnau, sus problemas de pareja. No quería empezar una corriente de especulaciones.

Mario estaba allí. Fue pura casualidad. No solía perdonar un viernes sin salir, pero se había pasado toda la tarde fumando en el césped de la Uni y todavía iba muy fumado. Iñaki le trato con una cierta prepotencia al principio, no sabía por qué lo hizo, demasiado joven, demasiado distinto, demasiado auténtico quizá para él.

Esa noche la pasaron juntos. Se entregó a su brutal embestida y dejó que, todos sus sueños, sus anhelos, sus frustraciones afloraran, se desbocaran en forma de acto sexual sin tregua, sin ninguna concesión a ninguna expresión de cariño, meramente pasión, sexo., cuerpos sudorosos, besos que parecían mordiscos. Una noche que le permitió desinhibirse, ser otro, Fue bestial. Fue brutal,  nada romántico. Fue obsceno y  sucio. Pero fue el mejor polvo que le habían echado en los últimos meses, quizá en toda su vida.

Se ducharon juntos y Mario se quedó sentado en el suelo al lado de la ventana fumando. Iñaki hizo como que dormía, como que sólo era un polvo. Pero no podía dejar de mirar como la luz de la luna bañaba esa piel suave y áspera a la vez. Esa bestia embutida en el cuerpo de un niño. Esa mirada que pareciese que podía ver más allá que la de un director financiero. Y en ese momento supo que la estaba jodiendo.

Volvieron a entregarse bajo aquella luz. Mario sentado, e Iñaki sobre él. Agarrados como si el mundo se estuviese partiendo por su jodido núcleo. Sacudiéndose toda la mierda que la vida le había arrojado. O al menos, esa era su justificación. Ni él era consciente de sus razones. Si es que las tenía. O simplemente quería destruir. Destruir al mundo, o a sí mismo. O a ambos.

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Capítulo 3:

Sin embargo, pensó Iñaki mientras giraba la cabeza y observaba a la gente del local, para evitar mirar a los ojos de su compañero, aquello había llegado demasiado lejos.

Tras la primera noche, Mario se convirtió en una constante en su vida. Una constante incómoda, un refugio donde encontrar la pasión perdida, el fuego que se había apagado en su relación hacía tiempo.

Aquel crío, aquel niño que ocultaba en su interior una bestia indomable y primitiva. Aquella casualidad que se había cruzado en su camino en aquel chat, se había convertido en lo más real que había en su vida, y también en una maldición.

Porque Iñaki lloraba en silencio. Apenas podía aguantar las lágrimas algunos días en el trabajo, mientras un compañero le preguntaba qué tal le había ido el fin de semana. A veces no podía más y tenía que irse al baño, simulando malestar. Y entonces todo salía, el remordimiento que le consumía lentamente por dentro, como una enfermedad que le corrompía el corazón y las entrañas, la culpa por no saber encender otra vez aquel fuego intenso que un día fue, pero que ahora era sólo frías cenizas.

“Voy a dejarlo”, se decía una y mil veces. Dejaría a aquel crío, y daría un empujón a su relación con Arnau. Seguro que podría hacerlo. Y quizás con el tiempo el remordimiento desaparecería lentamente, la culpa se desvanecería, y el recuerdo de aquellas noches que le habían hecho sentir vivo otra vez, serían otro recuerdo guardado en el desván de su memoria, una anécdota, un desafortunado desliz.

Pero otro pensamiento cruzaba su mente al mismo tiempo. Arnau, sí, Arnau otra vez. El hombre de su vida. Y el hombre que hacía que su vida fuera también monótona y falta de ilusión. Una prisión sin barrotes. Se preguntaba si realmente Mario era la consecuencia inevitable de todo aquello, el principio del fin. O el principio de algo nuevo, un nuevo comienzo para él.

Mientras pensaba en todo aquello, llamó a la camarera.

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Nota:

Este capítulo lo escribió Akira. Porque esta historia nació como un juego entre los lectores de “Café para dos” y el autor del blog. Akira tuvo la delicadeza de jugar.

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Capítulo 4:

¿Nos traes la cuenta, por favor? – le dijo cuando llegó.

- ¿Pero ya nos vamos? ¿Dónde vamos a cenar?

- Si no te importa, me voy a casa. Todavía puedes llegar a esa presentación de la exposición de Mayte. Es en la galería de Nuria, ¿verdad? ¿Quieres que te acerque?

- Pero Iñaki… si ya te he dicho que… vale, vale. Ya veo que no tiene nada que ver con lo que te he dicho ni con lo que no. Sencillamente quieres irte a casa. No te preocupes por mí, ya me las arreglaré.

- ¿Estás enfadado?

- ¡Tú que crees! No sé que coño te pasa, Iñaki. No lo entiendo. Desde que volviste de Bruselas, no eres el mismo. No hay nada que te proponga que parezca que te guste. No hay nada que quieras hacer conmigo. Ni sexo. Y no quieres hablar sobre el tema.

Arnau se removía inquieto en su silla. Había tirado la servilleta con la que se limpiaba los labios. Miraba a Iñaki, pero éste apartaba los ojos. Así llevaban tres meses ya. Y ya ni su ánimo, ni su positivismo, ni su energía podía hacer olvidar que, Iñaki, había cambiado. Que ya no le quería. Que ya las locuras que le proponía en todos los sentidos, en el sexual, en el de viajes, escapadas, juergas… todas… recibían invariablemente un NO a gritos por respuesta. Y ya estaba cansado. Ya no es que tuvieran ese margen de libertad que él mismo había impuesto a la relación. Es que ya lo que había que buscar con lupa, era los momentos en que se buscaban, en que se amaban. Al final ya no pudo más, y se levantó de la silla.

- Me voy. Cuando quieras hablar del tema, me llamas. De momento me voy a casa de Joaquín. Que visto lo visto es más casa mía que la que comparto contigo.

- Arnau, no te pongas así…

- No me pongo de ninguna forma. Pero creo que esto no es lo que busco. Y sabes, me he cansado de fingir. De parlotear como un gilipollas, sin parar, para intentar hacer que no pasa nada. No quieres hablar conmigo, pues ya está. Total, llegaré a casa tarde. Te habrás dormido. Y mañana te levantarás antes y no te veré. Para eso me voy a casa de Joaquín, que por lo menos, tengo cháchara.

- Arnau, no es para tanto. Tengo una época un poco… bueno… no sé… – le miraba implorante Iñaki.

- Vale. – Arnau se volvió a sentar – Cuéntame.

- Bueno… – Iñaki se mostraba incómodo.

- Sin prisas, tómate tu tiempo… te escucho – Arnau recostó su espalda en la silla y se dispuso a escuchar, sin prisas.

Pero el silencio se apropió de la mesa. Se podía escuchar perfectamente todas y cada una de las conversaciones de las mesas de al lado.

Los minutos pasaban.

Arnau miraba distraídamente a la gente que les rodeaba. Al señor gordo de la mesa de al lado, que intentaba hacer comprender a su hija que, no la veía más porque su madre se lo impedía, a la chica que le declaraba su amor a un chico que, por la cara que ponía, estaba más que sorprendido, más que nada porque era evidente que era gay. Al grupito de estudiantes que no hacía más que hablar de chicas y de lo que las harían si se pusieran a tiro. Miraba de vez en cuando a Iñaki que no podía evitar mostrar su incomodidad…

Al final Arnau se levantó, cogió la nota que había dejado la camarera unos segundos antes, puso unas monedas que saldaban la cuenta, y se marchó.

Antes de dar más de cuatro pasos, se giró, y dirigiéndose a Iñaki le espetó:

- Dale un beso de mi parte a Mario.

Y continuó su camino hacia la salida.

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Capítulo 5.

Arnau salió de la cafetería. A paso rápido. Casi corriendo. No podía evitar que los ojos se le humedecieran.

Llegó a su parque. A su banco. Se tiró en él como si fuera el sofá de su casa. Su casa. ¿Cuál era su casa? Creía que la que compartía con Iñaki era su casa. Pero empezaba a creer que, el piso en el que hasta hace un tiempo vivía con Joaquín era verdaderamente su casa. Al fin y al cabo, era donde acababa volviendo cuando le iban mal dadas.

Se acomodó en una esquina del banco. Subió las piernas y las juntó a su pecho. Las apretó con sus brazos como si le fuera la vida en ello. Su bandolera cayó al suelo, y ni siquiera se dio cuenta. Y ahí, en su banco, en su parque, lloró. Sin tapujos.

Tenía la mirada perdida en el horizonte. Giraba la cabeza como si estuviera mirando algo. Pero miraba y no veía. Así no se dio cuenta de que alguien estaba observándole desde hacía un rato.

Esa sombra de la noche, al final se decidió y se sentó en la otra esquina del banco. Y le tocó suavemente sus Adidas.

Arnau se sobresaltó. Tardó en fijar la vista. Y cuando vio quien era el culpable de su sobresalto, no dudó en lanzarse a su cuello. Le abrazó y lloró todavía con más fuerza.

- Hey, chico-duro.

- No te rías de mí encima. ¿Cómo me has encontrado?

- Recuerda que no tenemos secretos – le dijo pasando suavemente el dorso de su mano por su cara -  A parte, te vi salir del “Caimán”. Y como te conozco un poco, cuando me pude librar de Isabel y de Juan, me vine para aquí. ¿Qué te ha pasado? ¿Iñaki?

- ¿Conoces algo que me afecte tanto como para…?

- Vale, vale – le atajó Joaquín – creía que yo también te importo un poco… – le dijo con la clara intención de picarle.

- Eres gilipollas ¿lo sabías? – le dijo Arnau sonriendo imperceptiblemente.

- Ya lo sé. Llevo más de 3 años diciéndotelo cada vez que me das la más mínima oportunidad. Pero tú no me haces caso… yo te digo… “Arnau, que soy gilipollas”… pero tu insistes en decírmelo cada dos por tres como si fuera un descubrimiento tuyo…

Arnau no lo pudo resistir más y le dio un beso. Un potente piquito en los labios.

- ¡Vaya! – le dijo Joaquín cuando Arnau se separó para coger aire. – ¿Repetimos? Así ahora, me dará tiempo a abrir la boca… – se separó un  poco de su abrazo, pero sin dejar de rodearle, y le miró a los ojos – Vamos… – lo dijo abriendo aparatosamente la boca…

Y Arnau siguió sus instrucciones al pie de la letra, y se acercó a su boca de nuevo… y le besó. Pero en esta ocasión era más que un pico. Introdujo su lengua en la boca abierta de Joaquín, y masajeó sus labios con los suyos. Juntaron sus lenguas, mientras Arnau empezaba a acariciar suavemente la espalda de Joaquín.

Joaquín se dejaba llevar. No se decidía a acariciar también a Arnau. Esta situación la había soñado muchas veces. Pero ya creía que era un sueño que nunca se haría realidad. Amaba a Arnau desde hacía tiempo Pero Arnau nunca le había mirado como nada más que su mejor amigo.

Joaquín se planteó por un momento en parar. Porque sabía que, posiblemente, al día siguiente, Arnau se arreglaría con Iñaki y esta noche sería como una nebulosa en su mente. O en el peor de los casos, su amistad se vería perjudicada. Pero con Arnau en sus brazos, con sus lenguas juntas, jugando, con sus labios acariciándose, ora con pasión, ora con delicadeza… no le quedó mas que unir sus manos a la fiesta y explorar debajo de la camiseta de Arnau, esa suave piel con la que tantas noches había soñado, sueños que le habían servido de inspiración para tantos momentos de gozo en solitario.

Arnau se separó otra vez. Se miraron a los ojos. Los dos sonrieron. Joaquín, en este respiro que le dio Arnau, pensó otra vez la conveniencia de poner las cosas claras. Y ahora, sin la lengua de él en su boca, era mucho más fácil…

- Arnau, no sé como decirte esto… pero… espero…

- Chsssssss, ¡Calla! No digas nada. No me voy a arrepentir de esto, si tú no te arrepientes. En el fondo llevaba tiempo queriéndolo hacer.

- Pero… ¿Iñaki?

- ¿Tú le ves aquí? – lo dijo girando grotescamente la cabeza, como buscándolo.

- Pero… mañana…

- ¿Mañana? Yo solo veo hoy…

- No sé…

- ¿No te ha gustado?

- Bobo. Sabes que sí. ¿O no se nota?

- No sé… espera que no he podido comprobarlo…

Y mientras acababa de decir estas últimas sílabas, se fue acercando de nuevo y juntó de nuevo sus labios con los de Quin. Y este beso todavía fue mucho más lento, como saboreando cada milímetro de sus labios, de su legua, quitando el polvo a sus dientes, con suavidad, como si lo hiciera con un plumero… tanteaba con sus manos la espalda de Quin, incluso el principio del maravilloso culo que tenía, tanteaba el principio de ese maravilloso precipicio que separaba las dos montañas que formaban su culo. Y sentía como las manos de Quin, hacían lo propio, con mucha delicadeza, como tanteando el camino, como disfrutando de cada milímetro, y de repente sintió como esas manos profundizaban más y estaban ya palpando su propio culo con delicadeza y pasión a la vez…

- Pues no sé que decirte, Quin… espera que voy a intentar comprobar si te gusta o no…

Seguían con esos besos. Era difícil separar donde empezaba uno y acababa el otro. Arnau solía tener la costumbre de cerrar los ojos cuando besaba. Pero hoy, no sabía muy bien por qué, se encontró disfrutando de cerca de los ojos marrones de Joaquín. De su brillo, de su chispa. De repente fue consciente de que estaba tremendamente excitado. Puso una de sus manos suavemente sobre el pene de Joaquín, y comprobó que, él estaba igual.

- Quin, vamos

Se levantó de repente. Agarró con una mano su bandolera que vio al levantarse del banco y con la otra la mano de Joaquín.

- ¡Vamos!

Joaquín al final se levantó. Es cierto, tenía una erección que… incluso le dolía. Los pantalones le apretaban demasiado. Y sentir la palma de la mano de Arnau sobre él, con esa suavidad, no había colaborado a que esto fuera menos… duro…  Pero aún así, en algún sitio de su mente, tenía sus dudas. Iba a ser una noche memorable, pero creía que posiblemente, mañana lloraría. Pero no podía despreciar esta oportunidad de gozar del cuerpo de Arnau…

- Vamos, vamos… Por cierto… ¿A dónde?

- A tu casa… digo…

- ¿A sí? Vaya, como siempre invitándote a ti mismo.

- Me dijiste un día que, lo tuyo era mío.

- ¿Sí? ¿De verdad que dije eso? ¿No sería ese día que tuve tanta fiebre?

- Pues a lo mejor…

Arnau aprovechó que Joaquín sonreía para comerse esa sonrisa con la suya. Y volvió a juntar los  labios… pero volvió a separarlos cuando él intentó rodearle con sus brazos…

- ¡Vamos!

- ¡¡Muévete!!

- Pero si eres tú el que está embobado mirándome a los ojos… por cierto… tienes unos ojos preciosos… ese azul que tienes[j1] … no lo he visto en nadie más que en ti…

- Pues he de reconocer que, nunca antes de hoy me había fijado en tus ojos. En esa chispa que tienen, en ese brillo…

- Creo que he sido invisible en muchas cosas para ti…

- No digas eso, parece que he pasado de ti, y sabes que te quiero con toda mi alma

- Ya lo sé… pero también tengo cuerpo, y tengo polla, y tengo culo, y tengo manos… y piernas, y pies… y tengo sentimientos, y amo con toda mi alma…

- ¿A sí? ¿Eso que tienes por delante tan caliente… y que antes he rozado con mi mano…

- ¿Rozado dices? Pero si casi la exprimes como las naranjas para el zumo del desayuno…

- ¡Que bobo eres!

- Mira, de eso te diste cuenta enseguida…

- ¡Vamos!

- Vamos, vamos – le dijo con sorna Joaquín – Vamos… no haces más que decir eso pero tus pies parece que han echado raíces como el árbol ese… ¡¡Vamos!!

Y al final fue Quin quien tiró de la mano de Arnau.

Y empezaron una suave carrera hacia la casa de Quin.

Corrían un poco, y se paraban.

Reían y se besaban.

Corrían otro poco, y se paraban otra vez. Palpaban sus cuerpos… y se reían. Se besaban. Se miraban a los ojos.

Y corrían de nuevo. Riendo.

Llegaron a casa. Apenas entraron empezaron a desnudarse. Iban dejando un reguero de prendas de ropa. Probaban cada milímetro de su cuerpo. Era una competición entre los dos para ver quien mordía antes una parte del cuerpo del otro. Al pasar por el baño, Arnau abrió la puerta y le empujó a Joaquín. Se acabaron de desnudar, y se metieron en ella. Dieron al agua y siguieron besándose bajo el agua. Sus penes se frotaban el uno con el otro. Estaban ardientes, duros. Sus manos apretaban sus glúteos. Hasta algún dedo se atrevía a investigar en la cueva del placer.

Y sus miembros no dejaban de frotarse.

Hasta que al final, primero uno, y poco después el otro, no pudieron contenerlos, y soltaron la primera descarga.

En el comedor, llegó la segunda…

En el dormitorio, la tercera…

La cuarta, fue en la ducha otra vez…

Y, después, ya, durmieron. Arnau apoyaba su cabeza en el pecho de Joaquín. Y éste, tenía una enorme sonrisa de felicidad en la boca.

Sonó el teléfono. Joaquín se desperezó poco a poco. Miró el despertador, y todavía era pronto. Eran las 9. Teniendo en cuanta que, a las 6 estaban todavía despiertos, era pronto.

Dejó de sonar. El que llamaba se había cansado de esperar.

Extendió su mano en la cama, para tocar a Arnau.

Pero Arnau no estaba en la cama.

Se levantó sobresaltado.

- ¡Arnau! – llamó suavemente.

Nadie contestó.

- ¡¡¡Arnau!!! – gritó más fuerte.

Silencio.

Se levantó de la cama y fue una por una por todas las habitaciones. No estaba.

- ¡¡¡¡Arnau!!!! – volvió a gritar, esta vez con un toque de desesperación.

Volvió a sonar el móvil.

No hizo nada por buscar el móvil.

Dejó de sonar.

Se sentó en el salón. Vio su móvil en la mesa de los periódicos. Lo cogió. Había al menos 8 llamadas perdidas. Desde el mismo número. Era desconocido.

Dejó otra vez el móvil en la mesa.

Volvió a sonar.

- ¿Quién es? – contestó no de muy buenas formas.

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Capítulo 6: Iñaki y Mario, y nuevos protagonistas.

Mario estaba tumbado en su cama. Cogió por enésima vez su móvil y volvió a marcar. Iñaki no cogía. Seguro que estaba con Arnau y no se atrevía a contestar. Pero tenía ganas de hablar con él. Tenía ganas de sexo. E Iñaki era ideal para saciarlas. No es que fuera el hombre de su vida, pero algo tenía que le llamaba la atención. En realidad, sencillamente se la ponía dura. El que fuera unos cuantos años mayor que él, y que le dominara en la cama, y en lo demás, le ponía mucho. Iñaki era dócil. Necesitaba que le dominaran, que le dijeran lo que tenía que hacer. Y eso es lo que le molaba a Mario sobremanera. Cuando consiguiera que comiera en la palma de su mano, le dejaría. La conquista habría terminado, y tendría que buscar otras presas. Le aburría tener mucho tiempo al mismo compañero de sexo.

Volvió a marcar.

Por fin oyó la voz de Iñaki.

-         Hola, ya te vale – le espetó con voz de enfado.

-         No podía contestarte. Estaba con Arnau.

-         Me da igual. Contestas. Que no te iba a hacer sexo telefónico. ¿O es que no puedes hablar con amigos?

-         Tú no eres un amigo cualquiera…

-         Pero eso no lo sabe él…

-         Pues creo que sí, me dio recuerdos para ti.

-         ¡Vaya! Pues más a mi favor, entonces no tienes por qué no contestar…

-         ¿Y como sabe…?

-         ¡¡Tú sabrás!! – le dijo enfadado Mario – Es tu problema. Y no me ralles con esas cosas.

-         No es rallarte, pero creo que…

-         Cuando se te pase la tontería, me llamas. Bye.

Y colgó. Mario debía marcar el territorio. Y no le apetecía dar cuenta de sus acciones. Y menos a Iñaki. Que Arnau le hubiera dado recuerdos para él, le beneficiaba. Eso quería decir que se habían enfadado y tenía a Iñaki un poquito más desesperado. Más dominado.

Se levantó de la cama. Fue a su armario y escogió una camiseta y un pantalón para salir. No puso mucho interés. Sabía que cualquier cosa que se pusiera, le caía bien. Si no,  no estaría en su armario.

Se echó a la calle. Le parecía que por esa noche, el sexo con Iñaki ya no le apetecía tanto. Debía darle una lección.

Se fue al Noa. Era buen lugar para cazar a algún incauto desesperado. Mientras esperaba la llamada de Iñaki. Se le imaginaba dándole vueltas a la conversación que habían tenido. Y dándole vueltas a las palabras de Arnau.

Sonó el teléfono. Era él. No contestó. Ahora no le apetecía. Dentro de unos cuantos intentos lo haría. O no. Dependiendo de cómo fuera la noche.

Saludó al portero. Le miró con cara de desprecio. Era un mierda que babeaba por él. Y no le interesaba. Era un musculitos  hormonado.  Y chulito. Con una sonrisa de superioridad.

La música estaba a tope. Tecno a tope. El pincha además, le gustaba poner muchos efectos. Era agobiante cuando llevabas un rato. Pero era ideal para romper con tu mundo, y abordar a los demás, aislados del suyo. Además, evitaba conversaciones inútiles e insustanciales. Fue observando a la gente que estaba en la pista. Y en la barra. Saludó a algunos. Muchos habían pasado por su cama. Se fijó en un chico de unos 28 años. Estaba bien de cuerpo. Pero tenía cara de desesperado. Y eso no era lo que buscaba hoy. Un chico de color le miraba insistentemente. Tenía un cuerpo de muerte. Pero hoy tampoco le llamaba. Otro chico de su edad, también le miraba. Cruzaron las miradas y el otro sonrió, insinuándose. No era muy guapo, pero tenía algo. Se acercó a él. Le besó en los labios levemente, a modo de saludo. El otro se quedó un poco sorprendido por la rapidez de la acción. Mario volvió a acercar su boca a la de él. Esta vez se dieron un beso más profundo. Y Mario aprovechó para acariciar su cuerpo. Comprobó que no era musculado, y que tenía mucho pelo. Estaba bien. Se separó y le preguntó como se llamaba. Rodrigo[p1] , le dijo. Se presentó él mismo y acabó otra vez acercando su boca a la de él. Cuando estaba besándole, abrió los ojos y le vio. Al fondo del todo, en un rincón. Le miraba con insistencia. Parecía muy joven. No le solían gustar más jóvenes que él. Pero éste le atraía.

Se separó de Rodrigo, puso una excusa cualquiera, y se fue directo a su nueva presa. Se colocó a su lado.

-         Besas muy bien, y eres directo.

-         ¿Quieres probar? – le dijo Mario, con su mejor sonrisa seductora.

-         No lo sé. Depende.

Mario intentó acercar su boca a la de su nueva presa, pero este desvió la cabeza, sonriendo también picaronamente.

-         No suelo besar a nadie que, al menos no sepa como se llama – le dijo a la vez que le miraba a los ojos con la sonrisa que antes había exhibido.

-         Pues me llamo Mario

Y entonces le intentó besar nuevamente. Esta vez le puso levemente una mano en el pecho, para evitar que se acercara más.

-         ¿Y ahora qué? – le dijo ya un poco excitado por la situación.

-         Tampoco beso a quien no sabe mi nombre, al menos.

-         ¡Pues dímelo! – Mario estaba empezando a perder la paciencia. No estaba acostumbrado a que le pusieran tantos obstáculos.

-         ¿Te interesa de verdad, o solo es un medio para meter tu polla en mi culo?

-         ¿Eso cambiaría algo?

-         Eres tremendamente atractivo, Mario.

-         Gracias. ¿prefieres meter la tuya en mi culo?

-         De momento me conformaría con que te interesara al menos como me llamo.

-         Esta es una conversación gilipollas. ¿Cómo te llamas? Dímelo y dejemos las tonterías. Tienes una boca muy apetecible.

-         ¿Sólo la boca?

-         Estás como un tren, y tengo ganas de follar contigo.

-         Israel. Me llamo Israel.

Y Mario, una vez que parecía que su presa había dejado de hacerse el duro y le había dicho su nombre, acercó su boca de nuevo. Esta vez no fue rechazado. Y se dieron un apasionado beso, con sus lenguas jugando en una, en otra boca, con pasión, como si estuvieran luchando las dos por entrar en la boca del contrario, como si fuera un duelo. Al final Israel se separó, le miró a los ojos.

-         Besas muy apasionado. ¿Eres actor porno?

Mario se echó a reír con ganas.

-         No ¿Por qué? ¿Beso bien?

-         Sí, besas muy bien. Pero besas como un actor porno. Parece que quieres comerme la campanilla. Y en todo caso, seré yo quien te coma la campanilla a ti.

Mario se quedó un poco cortado. Nunca nadie le había tratado así. Estaba acostumbrado a que los demás se plegaran a sus deseos. Y menos un criajo todavía más pequeño que él. Se quedó mirándole. Mientras, Israel se acercó a su mejilla, y le dio un suave beso en la mejilla.

-         Hasta luego. Ya nos veremos.

Y se fue hacia la salida del pub.

Mario se quedó con la boca abierta, mirando como ese crío se iba hacia la salida. Estaba furioso. Que un crío que, con suerte tendría 17 años le hubiera calentado la polla, y le hubiera dejado empalmado, y le hubiera despreciado, no entraba en sus planes para esa noche. Ni para ninguna.

Giró la mirada buscando a Rodrigo. Pero Rodrigo estaba con otro chico. Le dio igual y se acercó. Se puso en el medio, separándoles, dándole la espalda al intruso. Era feo además, y un poco gordo. Y tendría casi 40 años. Rodrigo se quedó mirándole a los ojos. Mario se dispuso a continuar donde lo había dejado antes. Pero Rodrigo puso su mano para pararle.

-         Vete con ese chico de antes. Yo ahora estoy ocupado.

-         ¿Con esto? No me toques los cojones, abre los ojos y compara.

-         He abierto los ojos, y he comparado. Y ahora mismo me quedo con él.

-         Cabrón hijo de puta.

-         Tu chico salió por la puerta, podías seguirle.

-         Eso será si me…

-         Haz lo que se te ponga en la punta, pero ¡¡aire!! Aquí sobras.

Y diciendo esto, le apartó para acercarse de nuevo a su nueva pareja. Mario apretó los puños y les miró con odio. Pero el hombre, también le miró. Con cara de mala hostia. La suficiente para que Mario se girara y se fuera con gesto rápido y adusto.

Al llegar a la calle, sacó su móvil. Vio que Iñaki le había llamado 9 veces. Dio al botón de llamada. Iñaki contestó rápido. Mario no le dejó abrir la boca.

-         Voy para allá. Y mejor será que me esperes en pelotas en la puerta. Sino, no me verás más el pelo.

Y colgó.

En cinco minutos llegó a su casa. Llamó, y efectivamente, se encontró a Iñaki desnudo. Le besó con fruición. A la vez le pellizcó los pezones, con dureza, hasta con saña. Iñaki gemía. Su miembro estaba a mil. Mario le fue llevando hacia su dormitorio. Iñaki por un momento pensó en el peligro de que Arnau regresara a casa. Pero apartó ese pensamiento.

Llegaron a su dormitorio. Mario empujó casi violentamente a Iñaki sobre la cama. Se quedó mirándole, de pie, dominándole con su altura, y vestido todavía. Iñaki estaba con las piernas abiertas, al igual que los brazos, su miembro duro y mirando al techo. Mientras se quitaba Mario el cinturón, le pasó el pie por su pene, aplastándolo ligeramente sobre su ingle. Iñaki suspiraba. Sin moverse. Sin pestañear. No quería hacer nada que pudiera hacer enfadar a Mario y se fuera.

Mario le hizo colocarse en el centro de la cama. Con su cinturón, le ató las manos al cabecero. Fue al armario y trajo otros tres cinturones que  encontró allí. Levantó las piernas y ató cada una a un extremo del cabecero, dejando a Iñaki completamente a su merced, y con el culo levantado. Su excitación iba en aumento. Casi podría correrse solo de verse en el espejo en esa situación.

Salió de la habitación.

Iñaki estaba expectante.

Mario volvió. Había aprovechado para desnudarse completamente, exhibiendo su bello cuerpo. Su pene venía ya empalmado.

Y llevaba una especie de capucha que puso en la cabeza a Iñaki, impidiéndole ver nada.

-         Vas a saber lo que es disfrutar – le susurró Mario inclinándose sobre él, a la vez que volvía a retorcerle el pezón derecho.

Se volvió a incorporar. Cogió el cinturón que le había sobrado, lo estiró, comprobando su rigidez, y descargó el primer golpe sobre las expuestas nalgas de Iñaki. Este se retorció de la sorpresa, y del dolor. Pero su excitación, si cabe, aumentó.

Mario disfrutaba mirándole retorcerse. Esperó a que parara, para lanzar el segundo.

Y luego llegó el tercero… y el cuarto… y el quinto…

______

Capítulo 7: Israel.

Llegó a su casa.

Intentó no hacer ruido. Entró de puntillas, sin encender la luz, tanteando para no chocar con los muebles. No quería despertar a sus abuelos. Israel vivía con ellos.

Llegó al fin a su habitación, cerró la puerta, y encendió la luz. Entrecerró los ojos, la luz le deslumbró. Poco a poco se fue acostumbrando. Se sentó en la cama, y se desabrochó sus Converse. Se fue desnudando poco a poco, sin prisas. Su cara denotaba una profunda tristeza.

Completamente desnudo, se fue al servicio. Se pegó una ducha rápida, para quitarse el olor de los pubs en que había estado. No le gustaba nada ese olor característico que al final, acababa impregnando hasta su piel. No le dejaba dormir.

Apagó la luz de arriba, y encendió la de su mesilla. Aun desnudo, y con el pelo mojado, fue a llevar su ropa a la cocina, al cubo de la ropa sucia. Abrió la nevera, y cogió un Biofrutas. El frescor que salía de ella, le produjo un ligero escalofrío. La cerró rápido y se fue camino de  su habitación.

-         Isra, ¿Ya volviste?

-         Abuela, no quería despertarte – le contestó con una sonrisa.

-         No andes desnudo, anda, que te vas a constipar – le dijo dándole un beso su abuela.

-         Ya sabes abu, que me gusta. Pero ya me meto en la cama.

-         ¿Lo has pasado bien?

-         Sí, sí, guay.

-         Has vuelto pronto.

-         Ya, pero el partido de la tarde me dejó cansado.

-         ¿Ganasteis?

-         ¡Qué va! Nos machacaron… pero lo pasamos genial.

-         ¿Trajiste la ropa?

-         ¡Huy, perdona Abu! ¡Se me olvidó en casa de Jose!

-         Siempre igual… así que luego cuando la traigas estará…

-         Vale, no te preocupes, mañana por la mañana le llamo y voy a por ella.

-         ¿Estás bien? – le soltó de repente, acariciándole suavemente la mejilla, con una sonrisa en su boca.

-         ¡¡Claro!! No te preocupes Abu, estoy macanudo.

-         ¿Macanudo?

-         Jajaja, perdona, se me ha pegado alguna cosa de Luis Rodolfo. Es bien, genial, guay…

-         Ya verás cuando la emplee con Marieta, se va a quedar con una cara…

-         Jajajaja, abuela, vas a volver locas a tus amigas.

-         Mejor… me lo paso guay – le dijo guiñándole un ojo, apenas visible con la escasa luz que se escapaba por la rendija de la habitación de Israel – Vete a dormir, Isra, que estarás cansado. Dame un beso.

Y diciéndolo casi se colgó del cuello de su nieto, y de abrazó con pasión. Poco menos que le dio veinte besos. Israel sonreía, abrazando a su vez a su abuela, y meciéndola suavemente de lado a lado. Aunque ya había cumplido los 18, le encantaban los besos de sus abuelos. Aunque eso, no lo reconocería delante de cualquiera.

Entró en su habitación. Vio su imagen reflejada en el espejo que tenía en la puerta del armario. Vio sus bellas facciones, con una media melena rubia de marco. Su nariz pequeña, sus ojos verdosos. Su piel suave, apenas atacada por la barba. Su pecho sin apenas pelo, y sus pezones pequeños. Sus pies, sin apenas venas, suaves, con los dedos no demasiado largos, sus tobillos estrechos. Sus piernas fuertes, hechas a base de jugar al fútbol desde los 7 años. Miró su pene, de escasos centímetros en absoluto reposo Sin circuncidar. Sus testículos, no demasiado grandes y pegados a su cuerpo. El poco bello que tenía allí. La verdad es que era de poco pelo en el cuerpo. Ni en las piernas tenía apenas. Y como era rubio, se notaba aún menos. Se dio ligeramente la vuelta y observó su culo, bien formado, redondo, y levantado. Volvió a mirarse de frente y observó de nuevo su cuerpo, su 1,80 de cuerpo. Era guapo. Muy guapo. Y tenía un cuerpo muy bonito. Podría estar contento. Casi cualquiera, hombre o mujer, babearía por él. De hecho, babeaban. Y se miró a los ojos. Y comprobó que su mirada triste, seguía ahí. Que lo que llevaba dentro, seguía ahí.

Cerró los ojos. Bajó la cabeza. Se acercó, caminando despacio, hacia atrás,  hasta la cama. Cuando sintió que su pierna la tocaba se sentó. Apagó la luz, y sin abrir los ojos se acostó. Poco a poco, y sin poder evitarlo, fue plegando sus piernas sobre su pecho. Las abrazó. Y así, en esa posición, y sin abrir los ojos, como queriendo evitar que esa tristeza saliera, se durmió. Pero una lágrima asomaba por la comisura de sus ojos.

——–

Capítulo 8: Arnau y Joaquín, a la mañana siguiente.

- Joder, tío. Encima que no contestas ni a la de tres, ¡¡qué humor por las mañanas!! No eras así cuando vivíamos juntos.

- Joder, eso digo yo. Pues tú tienes la culpa de mi humor.

- ¡Vaya! seguro que el último no te gustó.

- ¿Dónde coño estás? ¿Crees que irte así…

Pero Arnau no le dejó continuar…

- ¡Hey! Anda, calla. Encima que he salido a por unos croissants… pero he recordado que te gustaban más los churros, o las porras… y por eso te llamaba, dormilón.

- ¿Dormilón? ¡¡Pero si no hemos dormido más de tres horas!! ¡¡Qué dirás!! – Joaquín se estaba relajando y ya sonreía. Arnau había conseguido romper su enfado.

- ¿Contestas de una puta vez? ¿Churros? ¿Porras? ¿croissants?

- Cuernos de chocolate.

- ¡Joder!

- Por preguntar.

- No, no. Pensaba hacer chocolate, así que algo que no lleve chocolate.

- Pues deberías traer chocolate de hacer, no hay…

- Ya está solucionado… ¿Porras?

- ¡Churros! Y trae también pan recién hecho… que tengo una mantequilla…

- ¡Guay! Aunque después habrá que hacer algo para bajar este maravilloso desayuno…

- ¡Hum! Se me ocurren un par de cosas…

- ¿Bicicleta?

- ¿Vienes o no?

- 5 minutos. Agur.

Joaquín colgó. No podía evitar una sonrisa. Después de la desilusión que le produjo no encontrar a Arnau en la cama, y de todos los pensamientos que, en cinco minutos le habían asaltado, parecía que, todo estaba como la noche anterior. Una voz interior le decía que, no debía hacerse muchas ilusiones. Arnau siempre había sido el objeto de sus sueños. Le amaba. Posiblemente era la causa de que ninguna de las relaciones que había tenido desde que se había dado cuenta de sus sentimientos, hubiera salido bien. Buscaba siempre un calco de él. Y eso siempre es muy difícil. Y alguno de los hombres con los que había estado, podría haber salido bien. Pero Joaquín reconocía que, había sido por culpa suya. No es que Arnau fuera el hombre más guapo del universo, y que fuera estupendo en todo… pero tenía algo que, le encandilaba. Le había costado mucho mantener el freno mientras vivían juntos. Ya, en los últimos meses, salía con Iñaki. Y Arnau que, no era en principio muy dado a relaciones formales, parecía que había encontrado en Iñaki la persona por la que debía dejar su forma de vivir hasta ese momento. Joaquín decidió mantenerse al margen. Ya le había hecho saber de forma indirecta a Arnau sus sentimientos. Pero éste fue claro… prefería mantenerle como un amigo… su mejor amigo.

Joaquín lloró, pero lo aceptó. Y siempre se mantuvo al margen. Con Iñaki mantenía una relación cordial, pero sin ser cercana. Había algo en él que no le había gustado nunca. Pero al final llegó a la conclusión de que, posiblemente, le afectaba que, se había llevado a la persona que amaba, y eso no era la mejor situación para que Iñaki le cayera genial.

Encendió un cigarrillo. No solía fumar en casa, pero esta era una mañana especial. No sabía en qué acabaría eso, pero por lo menos había disfrutado de un día completo de Arnau, de su cuerpo, de sus besos, de sus caricias, habían sido uno unas cuantas veces esa noche.

Aún así, ahora, en estos momentos de calma, saboreando el humo de su cigarrillo, era consciente que, las cosas con Arnau no serían fáciles, sino es que volvía con Iñaki al día siguiente. Y por mucho que quisiera, sabía que, si Arnau no continuaba con la historia, él iba a pasarlo mal. Pero no podía parar ahora. Y tampoco podía evitar hacerse ilusiones.

Oyó la llave entrar en la cerradura. La puerta cerrarse. Vio a Arnau con una bolsa de papel con los churros, una bolsa del Opencor con algunas cosas, y una sonrisa en su boca, y esa mirada luminosa que había posado en él al verle.

- Ya has tardado, mamón…

- Me encanta tu traje de estar en casa.

- ¿A que sí?

- Y eso empieza a levantarse.

- ¿Sí? No sé…

Arnau dejó las bolsas en la cocina, a la vez que se quitaba la ropa. Volvió al salón igual de desnudo que estaba Joaquín.

- Así estamos los dos igual…

- Pues tú también… ¿Qué es eso que apunta hacia mí?

- No sé… tengo una duda… no se si serás capaz de ayudarme a solucionarla…

- Probemos…

- Es que no sé a que sabe… ¿La podrías probar y me dices?

- No sé… hagamos un trato… desayunemos primero… que esos churros si no se van a enfriar… y luego pruebo lo que quieras…

Arnau se sentó a horcajadas encima de Joaquín… le rodeó con sus brazos, y sin dejar de mirarle, acercó sus labios a los suyos… Joaquín puso sus manos en su culo, y se fundieron en un largo y tranquilo beso… o muchos…

- Arnau, desayunemos… que con este culo que tienes, ¡¡yepaaaaaa!!

- Pues menos mal que el tuyo está ahí escondido… aunque esto que apunta a mi cabeza…

- A desayunar… ¿Haces tú el chocolate?

- Mientras tú podías mirar la ropa que tengo, por si necesito ir a casa de Iñaki a por algo…

- ¿Te vas a quedar aquí? ¿Cuánto tiempo?

- Bueno sí… no sé… en realidad… no sé…

Arnau se levantó de repente, apartó la mirada de Joaquín, y se fue a la cocina. Joaquín se quedó un rato en silencio, mirando la puerta por donde había salido Arnau. No sabía si estar contento o estar triste. Todo esto lo intuía, pero el ver la reacción de Arnau, dudosa, y cauta, le había producido sensaciones extrañas.

Y al final, se levantó y en lugar de ir a la habitación de Arnau, fue a ducharse. Esperaba que el agua se llevara las dudas y nubarrones que habían aparecido en su cabeza.

_______

Capítulo 9: Iñaki, al día siguiente.

Sonó el móvil.

Iñaki se revolvió en sueños. Lo oía pero como parte del sueño.

Volvió a sonar.

Se iba despertando. Pero aún no tenía las suficientes fuerzas como para decidir levantarse y contestar.

Sonó por tercera vez.

Tanta insistencia, le estaba mosqueando.

Sonó por cuarta vez.

Se tiró de la cama para intentar seguir el sonido de su móvil. Pero era una tarea harto difícil. Iba siendo consciente del dolor que tenía en casi todos los músculos de su cuerpo. De las zonas que tenía doloridas por los azotes o los latigazos. Su ano estaba absolutamente dolorido, y notaba como algo pegajoso y seco que, le embadurnaba toda la zona. Y que le tiraba de los pelos cada vez que movía las piernas.

Hizo una parada en el camino a rastras por el suelo, hacia donde creía que estaba el móvil. Se fue palpando suavemente su cuerpo. Su culo estaba irritado. Los castigos a los que los sometió Mario la noche anterior le iban a dejar sin poder sentarse cómodamente durante varios días. Y tenía que limpiarse esos restos de semen que tenía por todo el ano. Y ese otro chico que llegó después… ¿O fueron varios?

El móvil sonó de nuevo.

Hizo un nuevo esfuerzo y consiguió llegar al móvil. Con las prisas ni siquiera miró quien llamaba.

- Ya era hora Iñaki.

- ¿Nuria?

- Sí, la misma con la que has quedado hace dos horas para comer. Y no hubiera tenido mayor importancia si no estuviera en la cita también Julián Campo, y José Mª Rico. ¿Te suenan?

- Ligeramente… ¡¡mierda!!

- Eso digo yo. Y eso dijeron ellos. Creo que se fueron ligeramente enfadados. Y creo que Felipe, está todavía más enfadado. Ya le tenías contento últimamente, así que hoy…

- ¡Mierda!

- Eso ya lo has dicho. Pero mejor es que, a parte de mierda, pienses algo que decirle a tu jefe. Que creo que te paga un suculento sueldo.

- ¡Mierda!

- Cuando seas capaz de articular algo más coherente, me llamas. Y veremos si te contesto. Por lo menos tardaré las mismas 30 veces que he intentado llamarte. Espero que el sexo con quien sea, haya sido extraordinariamente placentero.

- ¿Con quien sea?

- Desde luego con Arnau, no ha sido. Ha venido a la comida. Y venía de la casa de Joaquín. Le ha traído él mismo… Pero eso si que es asunto tuyo. La reunión me atañe a mí. Lo otro… si eres bobo y no sabes darte cuenta de lo que tienes, allá tú.

- Espera… es mucha información…

- Llámame cuando te despejes.

Y colgó.

Iñaki se quedó como gili, mirando la pantalla del móvil. Aprovechó para comprobar que también le había llamado Mayte. Pero Arnau no había intentado llamar.

Se quedó tirado en el suelo. Con los brazos y las piernas abiertos. Pudo comprobar que le dolía casi todo el cuerpo. Pero ahora era lo de menos.

Empezaba a ser consciente que, todo se derrumbaba. Que todo lo que había construido durante los últimos años, se iba al garete. Pero no podía controlarlo. Desde ese viaje a Bruselas, donde coincidió con Mario, todo había cambiado.

Se le vinieron a la cabeza las imágenes de la noche pasada. De él atado a la cama, y Mario goleándole con saña las nalgas. Las piernas. De él retorciéndose de dolor. Y de cómo toda esa situación le produjo la mayor sensación de placer que nunca había tenido. Nunca pensó en que podría eyacular sin tocar su miembro. Y esa noche sucedió. Mientras se retorcía de dolor, aguantando los latinazos de ese otro chico que llegó más tarde, mientras Mario le metía ese enorme dildo en su culo. Nunca pensó que semejante trasto cupiera por su ano. Si le hubiera visto Arnau, se hubiera sorprendido. Con él, apenas se dejaba penetrar. Cada una de las veces que Arnau le había penetrado, había sido casi por compromiso. Pero ayer, no solo entró ese dildo, sino el pene de Mario, de ese primer chico que creía haber entendido que se llamaba Diego, y de esos otros tres que llegaron después, ahora empezaba a acordarse. Y una imagen difusa en la que Mario les cobraba por el servicio. Y recordaba vagamente como eso, todavía le hizo ponerse otra vez cachondo.

Hizo intención de levantarse. Pero aún no podía.

Volvió a intentarlo. Esta vez, con muchos dolores, pudo ponerse al menos de rodillas. Bajó la cabeza y la apoyó en el suelo, aguantando el dolor.

Hizo otro esfuerzo y, apoyándose en la mesilla,  pudo ponerse de pie. Pero la espalda, el culo, las piernas, los brazos… todo le dolía.

Sin dejar el refugio seguro de la pared, pudo llegar al baño. Todo estaba revuelto y sucio. Parecía que un regimiento se había duchado allí. Duchado o lo que fuera. Abrió el agua, reguló la temperatura, y se metió en ella. Era una ducha moderna, con hidromasaje. Cerró las puertas. Y dejó que el agua, que llegaba de todas partes, fuera llevándose los restos de esa noche de locura.

Debía intentar arreglar lo que había estropeado ese sábado. En cuanto estuviera más despierto, y un poco más consciente, llamaría primero a Nuria, para que le acabara de dar detalles. Y después a sus invitados. Y a su jefe. Felipe era un hombre muy comprensivo. Pero esa metedura de pata, creía que sería difícil que la olvidara. Era mucho el dinero en juego. La fundación que él dirigía, necesitaba de los fondos que esos empresarios iban a aportar. El gran Museo que estaban planteando levantar, necesitaba de grandes fondos. Y Julián Campo y José Mª Rico, eran dos piezas fundamentales para empezar a levantar ese proyecto. Eran además amigos personales de su jefe. Y quedar mal con ellos era doblemente perjudicial.

Salió de la ducha. Se miró en el espejo que ocupaba toda una pared del baño. No acabó de convencerle la imagen que vio. Estaba con muchas partes del cuerpo enrojecidas. Incluso podían apreciarse la marca de unos latigazos. Y se fijó en que le había depilado el pubis, pero solo la mitad. No se había percatado de ello. Su pene estaba irritado también. Y su culo estaba incluso con partes de su piel levantada. No podía recordar con precisión las veces que le penetraron, y mucho menos las veces que le golpearon en sus piernas atadas, en sus brazos, en su espalda, cuando le cambiaron de posición. O en el pecho. Incluso en los pies. Y tampoco era capaz de precisar las veces que eyaculó. Pero fueron muchas. Las últimas casi sin líquido. Y con mucho dolor.

Cogió el bote de leche hidratante, y se la fue extendiendo. Poco a poco, entre la ducha y la crema hidratante, vio como su piel se fue relajando. Ya podía pensar con un poco más de calma. Ya estaba planeando las llamadas que tenía que hacer. Nuria, Felipe, y después los benefactores de su fundación.

Y debería llamar a Arnau, también. Al fin y al cabo, él era el ideólogo en la sombra del proyecto. Y el verdadero experto en arte. Su opinión era respetada por todos, pese a su juventud.

Esa era una llamada que le iba a costar hacer. Pero era casi la más importante. Una palabra suya, y posiblemente acabara en la calle. Al fin y al cabo, era por él por lo que tenía ese trabajo.

Se lavó la boca. Para quitarse ese sabor raro que no le abandonaba desde que se despertó.

Se miró de nuevo.

Algo había mejorado su aspecto, pero tendría que maquillarse un poco, si lograba concertar esas citas de nuevo. Su aspecto no era lo más adecuado. Se puso a ello. Simplemente una base que disimulara un poco su mal color.

Llegó de nuevo a la habitación. Abrió el vestidor, y escogió la ropa más adecuada. Se fue a la habitación que tenía como despacho en casa, y cogió el teléfono. Debía poner en marcha su plan.

Pero su móvil sonó.

Era Mario. Lo sabía sin mirarlo. Le había puesto un tono distinto.

Cogió el teléfono para contestar.

Pero se contuvo.

Dejó sonar el teléfono.

No se decidía.

Dudaba.

¿Contestaba?

_______

Capítulo 10: todo lo que se podría arreglar… o cuando todo es cuesta abajo.

Empezó bien la mañana. Abrazado a Joaquín, salir a comprar el desayuno. Pero quizás, ahí empezó a torcerse. Joaquín, le conoce muy bien.. Y supo, al hablar de la ropa, y del tiempo que iba a estar en casa, que, Arnau no estaba seguro de nada.

Y Arnau, era consciente que, ese gesto suyo era un fiel reflejo de su alma. La confusión. La duda.

- Esther, no pongas ese color de fondo, no se puede leer bien el texto – dijo de repente Arnau por el manos libres con el que estaba conectado a sus colaboradores.

- ¿Y si lo aclaro simplemente?

- Prueba… me gusta la combinación.

- ¿Quieres que incluyamos también el proyecto que nos presentó Navarro?

- No, no. Quiero que solo vean el de Norman.

- Iñaki… – le intentó apuntar Chema

- ¿Tú lo ves aquí? – contestó un poco molesto Arnau – Yo no.

- Pero…

- Solo el proyecto de Norman. Cita si quieres los otros 3, también el del Japonés. Y que Calatrava está también interesado en presentar una propuesta.

- Pero la locución…

- Que la haga Fernando.

- Huym, que nervios – dijo el aludido.

Mientras esta conversación tenía lugar, la presentación iba cambiando siguiendo las instrucciones de Arnau. Trabajaban a destajo. Faltaba a penas una hora para que los futuros mecenas de la Fundación y el Presidente de la misma llegaran a la sala de presentaciones de la empresa de Arnau. Aunque no pertenecía a la Fundación que gestionaba Iñaki, su empresa tenía muchos intereses en ese proyecto. Si salía mal, él perdería también mucho dinero. Así que, había que arreglar el desaire que Iñaki les había hecho en la comida, no presentándose o dando una excusa. Y se le ocurrió ofrecerles una presentación que estaban pergeñando como esbozo de una campaña posterior más grande, para captar fondos económicos y colecciones que ofrecer en el Museo que estaban proyectando.

- Quita toda referencia al BBVA, que no está confirmado… Esther…

- Vale, creía que ya estaban dentro…

- No, no lo están. Y ese color… Fernando, estoy escuchando la locución… dale un poco más de aire, no seas tan cansino… entona más…

- Ya, ya, pero es que este aquí te pillo…

- No te quejes… ¡¡Vamos!!

Encendió un cigarrillo. No solía fumar, y menos en la oficina, pero lo necesitaba. No eran buenos días. Lo de Iñaki, no funcionaba. Ayer, ya se había cansado de mentiras. De tirar del carro a base de bobadas y disparates dichos con la velocidad de una ametralladora. Cuando sonó el móvil y dijo que era Elena… ese tono solo lo tenía para Mario. Y con Mario, con ese Mario, solo se podía tener sexo. Y del duro. Y no era una historia corta, ni simplemente sexual. Ellos habían llegado al acuerdo de que fuera una relación libre. Arnau también había tenido ocasionales escarceos sexuales. Pero eso duraba ya unos meses. Y cada vez se le notaba más pillado con Mario. No le apetecía luchar con él. Y encima Mario. Y lo de esa mañana…

- Chema, llama un momento a Juan, y pregúntale si las cifras del concurso de arquitectos estaban auditadas.

- ¿No sería mejor llamar a Iñaki? A lo mejor se mosquea…

- Te he dicho que llames a Juan ¿ok?

- Huy, ¿estás bien? ¿Arnau?

- ¿Quieres llamarlo? – le cortó Arnau.

- Vale, vale… veo que no soplan…

- Chema, mejor que te calles, que estás metiendo la pata – apuntó Esther

- Callaros todos ¡¡Joder!! – saltó ya cansado.

- Ejem.. perdón… escucha como ha quedado… a ver si está ya mejor – interrumpió Fernando.

- Voy.

Esa mañana… Arnau apretaba los puños sin darse cuenta, mientras recordaba lo que vio cuando llegó con Joaquín a la casa de Iñaki. A esos tres saliendo del portal con Mario. Fermín, Jose y Hugo. Fermín y Jose, dos de los más despreciables hombres que te podías echar a la cara. Ya les conocía, incluso se había acostado con ellos. Por separado y juntos. Antes de llegar Iñaki a su vida. Quería decir eso que, había sido una noche dura de sexo.

Pero a pesar de que la semana en lo empresarial iba a ser importante, no acababa de centrar esto sus pensamientos. Iñaki y él, los absorbían todos. Incluso podría decir que, lo que verdaderamente lo abarcaba todo era él, Arnau, como centro absoluto del universo.

Llegó un mensaje a su móvil. Era Joaquín. Confirmaba su cita para cenar. Otro problema: Joaquín. La pasada, fue una noche maravillosa de sexo. Pero Joaquín le amaba. Se lo dijo ya hace años, cuando vivían juntos. Y seguía amándole. Lo notó anoche. Pocos de sus muchos amantes, por no decir ninguno, le habían hecho sentir querido, amado como Joaquín esa noche… y con pocos había disfrutado como con él, precisamente por ese toque de amor, de dulzura que le imprimió Joaquín, y que él mismo descubrió aplicándole a su partenaire.

- Fernando, échale huevos… pareces un niño de primaria leyendo en el encerado, todo nervioso, ante la clase…. Como si estuvieras oliendo a mierda por haberte cagado en los pantalones…

- ¡Joder! Te recuerdo que yo no soy…

- Ya lo sé, pero lo puedes hacer bien. Habla con convicción, como si te fuera la vida en este proyecto. En realidad te va la vida, o por lo menos el trabajo. Nos va a todos, así que…

- Estás hoy insufrible.

- Mirad un momento como queda la parte de las colecciones que tenemos confirmadas – cortó Alfonso – he encontrado imágenes nuevas y mucho mejores que las que teníamos.

Pero a Joaquín… le quería. Pero creía que no lo amaba. Aunque tampoco le había dado la oportunidad en ese aspecto. Le había rechazado sin siquiera pararse un momento a recapacitar cuales eran sus sentimientos para con él. Y la verdad, era siempre el que estaba a su lado, el que le abrazaba cuando lloraba, el que le hacía reír cuando lo necesitaba…

- Hola Arnau – era Teo, su secretario, que acababa de llegar

- Ya era hora

- Arnau, que estaba en el pueblo, ya lo sabías…

- Perdona, estoy de mala leche. Prepara la sala, anda, para la presentación. Y pon alguna bebida

- Ya sé, no te preocupes. Voy.

- Y llama a Iñaki, a ver si te contesta. Ponte el auricular y lo…

Sonó el fijo. Era Mayte, diciendo que al final iba a poder acercarse. Mejor. Mayte era una pintora y escultora de reputado prestigio. Y una buena amiga de los padres de Arnau. Sería un gran apoyo por su prestigio.

- Iñaki no contesta – le apuntó Teo – ¿Sigo intentando?

- ¿Le llamas al móvil?

- No, a casa. El móvil salta el buzón. Le dejé mensaje.

- Sigue llamando a casa, por favor.

- Ok.

Y esto no ayudaba mucho. Joaquín. No se le podía apartar de la cabeza. Esta mañana, cuando volvió a casa con el desayuno, se le escapó ese gesto, que él interpretó acertadamente. Le conocía demasiado. Y no lo pudo evitar. La duda. Iñaki todavía tiraba de él. No podía evitarlo. Y se resistía a abandonarse en los brazos de Joaquín. Quizás por egoísmo. Si las cosas salían mal con él, no le quedaría ningún refugio. Una llamada en su móvil. Iñaki. Muy propio. Aunque le estaba llamando Teo, no se rebajaría a hablar con otro que no fuera él.

- ¡Ya era hora!

- ¿Cómo están las cosas?

- No muy bien. Jose Mª y Julián vienen para acá. Les prometí la presentación que hablamos, y estamos ultimándola a toda leche.

- Esa presentación sabes que no me gusta. Te lo dije.

- Vale. Ven aquí y les presentas el proyecto tú. Y arreglas lo que tú has estropeado.

Me estás puenteando.

- Estoy tapando tus errores y tu falta de dedicación.

- Eso es una mierda de mentira – Iñaki estaba perdiendo los estribos.

- Mentira o no, seguro que Felipe no anda muy desencaminado en ese pensamiento

- Habrás ayudado tú.

- Seguramente – Arnau con tono de ironía – Tú sabrás lo que haces. Dentro de 40 minutos están aquí, sino antes. Ven y ofrece la visión que tu quieras.

- Pues sí, iré.

- Muy bien. Pero por si acaso, no te anuncio. No vaya a ser que te llame Mario y corras a su vera con el rabo entre las piernas. O te surja…

- ¡Te estás pasando! Eres una puta maricona celosa.

- Sí, lo estoy. Y cabreado. Muy cabreado. No entiendo como me he podido equivocar tanto.

- Eso. Pregúntate…

- Me lo pregunto. Eso y otras muchas cosas. Pero no te preocupes. Ya sabré responderme. Y obrar en consecuencia.

- Eso suena a amenaza.

- No. Tú eres dueño de tu vida. De tus acciones, depende todo tu futuro. Y no digo lo nuestro. Hablo de tu trabajo.

- Eres un Hijo de Puta.

- Si tengo que serlo, lo seré. No lo dudes. No sabes hasta donde puedo llegar.

- Cada vez te pareces más a tu padre.

- Eso es un golpe bajo. Pero tranquilo. Con un poco de suerte te doy la razón cualquier día.

- No juegues con mi trabajo. Te lo advierto, capullo.

- No juegues tú con el trabajo y futuro de mucha gente. No eres un mindungui. De tu trabajo depende mucha gente.

- Yo cumplo…

- No cumples. Vente. Y demuestra que estoy equivocado.

- Ahora voy.

Y colgó.

- Juan nos envía las cifras.

- ¿Ha puesto pegas?

- Sí. Llamó a Felipe para que consintiera.

- ¡Mierda! Esto no le hará gracia a Iñaki. Se está cavando su tumba – apuntó Chema.

- Eso no es asunto tuyo – le dijo enfadado Arnau.

- Ya llegan – dijo Teo.

- Hazles pasar a la sala y sírveles algo. Chicos, ¿como estamos?

- En 10 minutos estará. Y que conste que se han adelantado.

- Eso da igual. Hay que tenerlo. A ver, empezamos a revisar…

- Arnau, te reclama D. Felipe – anunció por el interfono Teo, lo que quería decir que estaban delante.

- Ahora mismo salgo.

Arnau se levantó.

Se fue al cuarto de baño que tenía en el despacho.

Unas abluciones.

Un peine.

Una sonrisa al espejo.

Y salió.

- Hola Felipe. Habéis llegado pronto.

- No sabía ya que hacer. Tienen prisa.

- Viene Mayte para acá.

- Menos mal. ¿Con quien ha dejado a los niños?

- Ni idea, habló con Teo.

- ¿E Iñaki?

- Llegará en diez minutos.

- Mejor será. Tu novio me tiene contento hoy. No acabo de entender cómo es que no vino contigo a la comida.

- Bueno, hoy no estamos en nuestro mejor momento juntos.

- ¿Eso quiere decir que…? No entiendo vuestro lenguaje indirecto.

- Que nos hemos peleado. Hemos discutido. Y me he ido de casa.

- Eso está mejor. Y si me dices que te ha puesto los cuernos, será más claro. – Felipe era un hombre directo.

- Joder, Felipe. Eso es un golpe bajo.

- Es la realidad. Pero espero que, su nuevo novio, le deje tiempo para trabajar a partir de ahora. Me tiene contento. Y tentado estoy de darle la patada.

- Iñaki es bueno en su trabajo.

- Era bueno.

- Y lo sigue siendo. Todos tenemos a veces malas épocas – apuntó vehementemente Arnau.

- ¿Te ocuparías tú de la Fundación si te lo pido?

- Iñaki es la persona adecuada para…

- Te estoy haciendo una pregunta directa.

- Soy muy joven y no tengo preparación económica…

- Te estoy haciendo una pregunta. Para economista está Juan. Lo cual, ya sabes porque le habéis llamado. Contéstame a lo que te he preguntado ¿te ocuparías de la Fundación?

- Señores, perdonen – interrumpió Teo, mientras Felipe le atravesaba con la mirada – Mayte ha llegado y les reclama a ambos.

- Sí, vamos. Felipe, luego hablamos. Tenían prisa decías ¿no?

- El lunes vienes a mi despacho a las 10. Y piensa lo que te he preguntado. Y recuerda que no soy gilipollas.

Felipe enfiló hacia la sala de reuniones. Arnau se quedó pensativo unos instantes. Su mente echaba humo. Pero no era capaz de concretar ningún pensamiento. Pasaba de Iñaki, a la Fundación, de su padre, a Felipe, de su empresa, a Joaquín, a Iñaki…

- Arnau – y sintió un leve toque de Teo.

- Voy, sí… Gracias.

Y se dirigió con paso decidido hacia sus invitados. Les saludó efusivamente, y comenzó una charla intrascendente y con muchas bromas. Sus invitados se fueron acomodando al lado contrario de la pantalla.

- ¿Iba a venir al final Iñaki? – era Felipe quien preguntaba

- No es seguro. Ha tenido un problema en casa y…

- Hola a todos. Perdón por el retraso y por mi ausencia en la comida…

- Hombre, ya era hora…

- D. Felipe, no tengo excusa – y se acercó con la mano extendida hacia él.

- Esperemos que ahora nos expliques el proyecto a todos – apuntó Felipe evitando el gesto de Iñaki.

- Sí, precisamente traigo el portátil para explicarles los últimos datos…

- Bien, eso está bien. Lo veremos después de la presentación que nos ha preparado Arnau…

- No será necesario ver esa presentación. Además, no está hecha por mi equipo, así que no es representativa del espíritu de la Fundación, ni del trabajo de muchas personas.

- Perdona Iñaki – le atajó Arnau – pero las personas que trabajamos en esta empresa estamos tan implicadas en este proyecto como las que trabajan en la misma Fundación. Además…

- Ya lo sé, ya lo sé, seguro que vuestro trabajo es estupendo, pero de momento no me parece oportuno ver unos datos que no están contrastados por mi… si no te importa, déjame enchufar el portátil… bien… ahí veo las tomas…

- Teo, indícale a Iñaki por favor.

Y Arnau se ausentó de la sala. Sus puños le dolían de tanto apretarles. Se puso el auricular que le mantenía comunicado con su equipo…

- Chicos, gracias, pero creo que de momento la presentación no será necesaria.

- Pero Iñaki..

- Dejadlo por favor. Perdonad que os haya entretenido estas horas para nada. El lunes si queréis no vengáis. Nos vemos el martes.

- Arnau…

- Hasta el martes.

Y colgó. No le apetecía hablar con nadie. Pero tenía que volver a la sala. Entró despacio para no distraerles de las explicaciones que estaba dando Iñaki. Todo eran ideas sin desarrollar, que seguro se las había inventado esa misma mañana. Algunas ya las había estudiado con anterioridad y desechadas por poco realistas y económicamente inviables. Pero hoy no parecía que le importaba nada a Iñaki más que recuperar el prestigio perdido a toda costa. Hablaba más para Felipe que para los invitados. Felipe había adoptado una actitud inexpresiva. A la expectativa. Mayte atendía con un brillo de furia en los ojos. Pero José Mª y Julián, parecían convencidos por las ideas que exponía Iñaki.

Terminó. Iñaki bebió un largo trago del agua. Tenía la certeza de que había convencido a los inversores. Pero sabía que Felipe no estaba convencido y que Mayte no le apoyaría nunca más. Pero era prescindible. Encontraría otros artistas de prestigio, para sustituirla.

Unos últimos cambios de impresiones, concretar unas citas con José Mª y con Julián para la semana siguiente. Felipe les acompaña y salen. Mayte les sigue unos instantes después. Ni siquiera se despide de Iñaki. Éste recoge su equipo.

- Creo que será mejor que dejes de colaborar con nosotros. El lunes, me acercas toda la documentación que tenéis nuestra. Y preparas la minuta por los servicios que tenemos pendientes.

- Como quieras. Pero será el miércoles cuando te lleve todo lo que tenemos vuestro. Mejor así. Mañana pasaré a recoger mis cosas por casa.

- Deja las llaves en el recibidor. No estaré.

- Ahora si no te importa, debo hacer unas cosas antes de irme.

- Tenía que hacerlo… – intentó disculparse Iñaki.

- Se puede actuar de muchas formas. Creo que hoy ten has equivocado en todo. Y no es el error de esta mañana el mayor.

- Los inversores se han ido contentos. Eso es lo que importa.

- Es un paso. Pero les has engañado.

- Eso es mentira.

- No discutiré. El tiempo hablará. Si no te importa, sabes el camino.

Y Arnau se fue hacia su despacho. Escuchó como se cerraba la puerta después de salir Iñaki. Muchas cosas se cerraban esa tarde. Y no tenía muy claro si se abriría siquiera una pequeña ventana en su lugar.

Se sentó en su sillón. Un espíritu derrotado.

- Ha llamado Felipe. Dice que en lugar del lunes, que vayas a su despacho el martes. Y que quiere ver esa presentación.

- Gracias. Vete sin quieres.

- Te espero. Joaquín está ya fuera,

- Vale. Dile que me espere diez minutos. Déjame solo anda.

- Arnau…

- Gracias por todo… hasta el lunes. A ti no te puedo dar libre…

- Arnau…

- Chao

Y Teo agachó la cabeza y se fue. Ya hablaría con él el lunes.

________

Capítulo 11: Rodrigo.

Poco a poco se desperezó.

Estaba un poco desorientado.

Todo lo que había ocurrido la noche anterior era como una gran nebulosa. Mucho alcohol. Algún peta de más. Mucho sexo.

Estiró los brazos y chocó con otro cuerpo que dormía a su lado. Se incorporó un poco para comprobar quien era. Tonteó con muchos y no recordaba con quien se había ido a la cama al final. Era Chema.

Volvió a tumbarse y cerrar los ojos. Poco a poco todo fue ocupando el espacio que le correspondía en su mente. Cómo llegaron los dos a la pensión de Marta, su amiga, y como entraron en la habitación que siempre ocupaban.

Chema era… bueno, no sabría ponerle una definición exacta. Podría, de alguna forma, considerarle un amigo. Tenía casi 46, los cumpliría dentro de unos días, el martes en concreto. Se juntaban cuando las circunstancias les ponían en el mismo camino. Y eso en los últimos meses había sido en varias ocasiones. No era amor, ni nada de esas tonterías. No había compromisos. Pero en algún lugar de su mente, reconocía que, le tenía un cierto cariño. “Era sexo solo”, se repetía él una y otra vez. Pero no. Había un algo más, que no quería entrar a poner nombre. Tampoco era nada que se pareciera ni remotamente al amor. Rodrigo no se veía con pareja de ninguna forma.

Chema cambió de postura. Le miró por un instante. Dormía plácidamente. Sonrió. Pensaba en que, con todos los partidos mucho más jóvenes que había tenido ese día, con mucho mejor cuerpo, al final había vuelto otra vez a sus brazos. Y es que le daba un plus de cariño, de complicidad, que los demás no le daban. Y de vez en cuando necesitaba ese… algo.

Con mucho cuidado, para no despertarle, Rodrigo se levantó. Después de ir al servicio, se sentó en el quicio de la ventana. Seguía desnudo. Encendió un cigarrillo y se puso a mirar por ella, a través del visillo. Una típica mañana de sábado. Se fijó en esos señores que, vestidos con su chándal, todo deportivos y juveniles, paseaban distraídamente. Seguro que nunca habrían hecho uso de esa prenda para hacer deporte. ¿O esos paseos del sábado eran deporte? Unos chicos, que también usaban chándal, les adelantaron con prisa. Llevaban el mismo modelo: de un equipo de fútbol. Una señora se paró a hablar con los señores. Iba cargada con las bolsas de la compra. Era una disculpa para descansar un poco los brazos y cotillear un poco. Una chica paseaba a su perro, un Bobtail muy cariñoso, que se paraba a saludar a todos con los que se encontraba. Los señores y la de la compra, no iban a ser una excepción… y movía el culo mostrando su contento por haber encontrado una audiencia tan cariñosa que le dieran caricias. Por este lado de la calle, apareció un chico que le sonaba. Llevaba gafas de sol, de esas negras. Llevaba un cierto aire de satisfacción. Ya le reconoció. Era Mario, el que le entró en el Noa y le dejó por el chico rubio. Un día esperaba conseguir llevárselo a la cama. Tenía fama de dominante. Pero él creía que, un día, sería él el que le dominara… al menos una noche.

Miró fugazmente a la cama. Chema se había movido ligeramente, estirando el brazo. Estaba buscándolo inconscientemente. Le gustaba abrazarle cuando dormían juntos. Al no encontrar su cuerpo, se acomodó ocupando toda la cama.

Volvió su mirada otra vez a la calle. Esta vez no miraba, solo pensaba. En que esa tarde debería trabajar unas horas en el bar. Este finde libraba, pero Isabel, la jefa, le había pedido que hiciera unas horas. No se lo podía negar. Era buena tía, y el dinero le vendría bien. Luego, esperaba volver al “Noa”, o al “Víbora”. O al “Flipper”. Eran sus preferidos. Esas escapadas y los consiguientes líos de después, eran los únicos momentos en que se permitía ser gay. El resto del tiempo, era un chico tímido, poco sociable, sin apenas amigos. Sin amigos. Esos sitios, le permitían hacer lo que quisiera. Procuraba no repetir con ninguno de sus líos. No quería entablar ningún contacto con ellos más allá de una buena sesión de sexo. La oscuridad, y un look cambiado, evitaban encuentros indeseados después. Chema era la única concesión que se daba. Él le daba las raciones de sexo distinto, con ciertas dosis de cariño, que, en ocasiones necesitaba. No había peligro con él. Era de una ciudad distinta, y encima estaba casado. No le daría ningún problema en cuanto a encuentros incómodos. Ni había ninguna posibilidad de futuro.

Le tenía un cierto cariño. Tenía muchas de las cosas que él creía que, llegado un momento, buscaría en una pareja. Era gordo, sí, y peludo. Y tenía muchos más años que él. No era su tipo físicamente hablando. Pero tenía esa capacidad de hacer que, el que estuviera a su lado, se sintiera querido. Y aunque de momento, había renunciado a ese sentimiento, en el fondo, por lo menos de vez en cuando, lo necesitaba. Y eso era cada vez con más frecuencia. Últimamente, en la relación sin ataduras que tenían, casi siempre que coincidían en un Pub, acababan yendo juntos a pasar la noche. Al principio de conocerse, alternaban mucho más sus parejas. Se encontraban, charlaban un rato, tomaban una copa, y unos días se iban juntos pero otros muchos, se iban a la caza de otras presas.

Miró de nuevo a la cama. Vio que Chema se había despertado y le miraba. Le gustaba esa mirada. Tenía mucho cariño dentro. No pudo evitarlo y sonrió.

- Estás guapísimo ahí, sentado, en penumbra, desnudo…

- Antes decías que no te gustaba mucho mi cuerpo.

- Es cierto. Tienes demasiado pelo… jajajaja… y me gustan mucho más musculados.

- Y más jóvenes….

- Jajajaja… no te creas. Pero tú pareces mayor… cuando te conocí pensé que tenías al menos 28.

- Huy, madre… pues ayer ese Mario… el que vino a meterse en medio… ¿te acuerdas? – Chema asintió con la cabeza – ese me echó solo 20… pensaba que tenía su edad….

- Ese creo que ve lo que quiere…

- No, al revés, suele preferir mayores que él. Le gusta dominarles…

- ¡¡Hummm!! Un chico con complejos solucionándolos a base de machacar a los que se encuentran en el camino…

- De esos hay a montones. Con formas distintas de representarlo, pero haberlos hay-los. ¿No le habías visto por ahí? Es muy conocido.

- Alguna vez lo he visto. Pero tiene algo que no me atrae… y ayer en los cinco minutos que estuvo pegado a mi polla, porque mientras discutía contigo me puso el culo pegando a mi polla, consiguió que se me bajara totalmente. Vamos, creía que la pobre se iba a quedar a vivir al lado del estómago…

- Jajajajajaja, que exagerado… pues está bueno el cabrón…

- Sí lo está… pero esos aires… me producen nauseas… Oye… ¿No me das un beso de buenos días? – y Chema puso un mohín de chico malote…

Al que Rodri no se pudo resistir, y con una sonrisa sincera se acercó lentamente a la cama, moviendo sus caderas ligeramente, se fue acercando a la cama, puso su rodilla izquierda sobre ella y se agachó… hasta llegar a los labios de Chema, dándole un suave piquito, seguido de otro, y de otros, hasta acabar en un tórrido beso, y sus lenguas cambiando de boca en cada instante…

- Eso está mucho mejor – apuntó Chema, separándole ligeramente para mirarle a los ojos…

- ¿Y lo vamos a dejar ahí? Mira como tengo la minga…

Chema alargó la mano, buscando el miembro de Rodrigo…

- Ciertamente, esta chica quiere un poco de guerra…

- ¿Y la tuya?

Y Rodrigo se lanzó hasta abrazar a Chema y quitarle las sábanas de encima, y buscando el pene de él. Y lo encontró también con una dureza que…

- Pero ¿tenemos tiempo? – le dijo riéndose Chema… le estaba haciendo cosquillas el condenado… cosa que aún le ponía mucho más caliente…

- Uno rápido… jajajajaja. Hasta la tarde no trabajo…

- Yo tengo que irme para llegar a comer a casa…

Pero le miró a Rodrigo… y no pudo por más que acercarse a él y besarle apasionadamente. Alguna excusa se inventaría para llegar un poco más tarde a casa. Así que empezó de nuevo a recorrer con su lengua cada milímetro de la piel de Rodrigo…

- Un día te recortaré todo este pelo que tienes… – le dijo Rodrigo…

- Si vienes el martes, como regalo de cumpleaños te dejaré recortármelo – le dijo picaronamente Rodrigo.

- ¡Joder! No me esperaba esa propuesta… Eres… un cabrón… sabes que no puedo, aunque…

Y Chema se paró un momento, se puso a pensar, y al final…

- Hecho. Ya me inventaré algo. El martes celebramos mi cumpleaños. ¿Traes tú la maquina o la traigo yo?

- Jajajajaja, has caído… no te has podido resistir… jajajajaja

- Eres…

- Calla, anda, y bésame…

- ¿Estás bien Rodrigo? Estás especialmente cariñoso hoy… no sueles ser tan… – Chema buscaba las palabras…

- Deja de decir chorradas… vamos a la ducha me apetece hacerlo allí…

- Huy que bien… así hacemos la lluvia dorada…

- ¡¡Guarro!!

- Es mi cumple…

- El martes… hoy… si llegas antes que yo…

Y Rodrigo se lanzó hacia el cuarto de baño sin dejar que Chema tuviera tiempo siquiera de incorporarse…

- Eso es trampa…

- Calla y prepara ese culo…

- Prepara el tuyo… que ahora me toca a mi primero…

- Lo discutimos debajo del agua…

Chema volvió a pararse un instante, mirando a Rodrigo. Hoy se estaba comportando de forma muy distinta a como lo hacía otros días. Algo le pasaba. Pero de momento, decidió solo disfrutar de ese momento. Ya se preocuparía de ello el martes.

______

Capítulo 12: Algunos secretos con gotitas de miedo.

Al final fue por la tarde cuando quedó con Jose. Por la mañana se levantó tarde. Muchas cosas que hacer, poco tiempo. Y menos ganas. Al final todo quedó en unos recados para sus abuelos. Y un rato en el parque. Leyendo sentado en la hierba.

Había quedado con él a las 5. En el “Buencafé”. Le gustaba el sitio. Solía ir cuando no quería encontrase con sus amigos. Era una cafetería con mucho estilo, de las que no solían utilizar sus amigos. Todo en madera, con muchas mesas, unas redondas, otras rectangulares. Y unas sillas muy cómodas. No tenía apenas ventanas, con luz indirecta en las paredes, que realzaban las fotos artísticas que había por todos los huecos, y lámparas encima de cada mesa. Las fotos las cambiaban de vez en cuando. A veces colgaban cuadros; como pequeñas exposiciones. Por la noche solía tener actuaciones de jazz. Tenía que quedarse algún día a escuchar alguna actuación. Siempre lo decía, pero le daba palo quedarse él solo, y lo iba dejando. Un día se lo tendría que proponer a Jose. A su abuelo le molaba ese tipo de música y a él, de tanto escucharla, también empezaba a llamarle la atención. Pero eso, también, era un secreto. No creía que sus amigos supieran apreciar ese gusto por la música de viejos. Si ya tenía fama de friki, eso le dejaría ya definitivamente en el tablón de los raros, raros del colegio. Menos mal que por otro lado, imponía respeto, y nadie osaba meterse con él.

Pero Jose era un poco distinto del resto de sus amigos. Por eso se había decidido a quedar con él allí. Era “especial”. Un friki casi, como él. Por lo menos así lo consideraba el resto. Pero Jose no imponía respeto. No gustaba a muchos. Pero le soportaban porque él le “protegía”. No, no era gay. Pero le gustaban cosas que a los demás no. Le gustaba la poesía, leía a los clásicos, a Shakespeare, iba al teatro ¡¡con sus padres!!, cuidaba de sus hermanos pequeños. Les esperaba para ir a casa con ellos, no le avergonzaba. Y a pesar de todo ello, era un buen deportista. Jugaba bien al fútbol y muy bien al tenis. Había incluso ganado algún campeonato provincial. Y era muy callado, y no le gustaba beber, ni salir por la noche… ni presumir de sus triunfos… una vez ganó un concurso de poesía, y no se enteró nadie, más que él.

Y esa forma de ser tan peculiar, y el no ser especialmente guapo, le habían granjeado una fama de raro. Y, cuando alguien coge esa fama, muchos se apartan. Cuando no te machacan. Pero ellos dos, se hicieron buenos amigos.

Israel se sentó en una mesa. Dejó su bandolera en una silla. Sacó de ella “Veinte años después” de Dumas. Le encantaba Dumas. Había conseguido comprar esa continuación de “Los Tres Mosqueteros”, que llevaba tiempo buscando. Y la estaba devorando. Se quitó su chaqueta, y se fue a la barra a pedir. Un café bombón. Como casi siempre a esas horas. Otra rareza que casi ninguno de sus amigos tomaba. Herencia de su madre…

- ¡Hola! ¿qué tomas?

- Un bombón, please.

- ¿Unas galletitas? ¿Para acompañar?

- No me da el presupuesto, soy pobre…

- Invita la casa…

- ¡Thanks! ¡Bien! Entonces sí…

- Manejas idiomas… ¿O es para parecer más cool? – el camarero siempre sonriendo.

- Por ser cool, sin duda. No me saques de ahí. Bueno y del “Of course” – y lo dijo esto pronunciando todo lo mal que pudo.

- Ya veo

El camarero se fue hacia la cafetera, para preparar el café de Israel. Éste se le quedó mirando. Le había visto varias veces allí, pero ahora, no sabía por qué, le sonaba de otra cosa. Pero no lograba situarle.

- ¿Nos conocemos de algo? – le preguntó cuando regresó con el café y el platito de galletas.

- Hombre, vienes a menudo, te he visto varias veces.

- Sí, pero hoy no sé, tengo la… me parece que hoy me suenas de algo más…

- Habrás tenido mala noche. O guay, llena de alcohol y sexo, y confundes las situaciones. A mi me pasa a veces…

- Será eso, que me sentó mal la copa del Noa.

- No conozco ese sitio. ¿dónde está?

- Nada, es un sitio de ambiente.

- ¿Eres gay?

- Sí, claro.

- ¿Claro?

- No he visto muchos heteros en un sitio de ambiente.

- Tengo amigos que de vez en cuando van a esos sitios.

- ¿Tú no?

- ¿No qué?

- ¿No vas?

- No. No salgo mucho. El trabajo. Hoy estoy haciendo turno extra.

- ¡Qué rollo!

- Viene bien la tela.

- ¡Hola! – Jose se había acercado sin que Isra se diera cuenta.

- ¡Hey tío!

Israel se volvió y abrazó a Jose. Al separarse se dieron una pequeña palmada con la punta de los dedos. Mano derecha, contra mano derecha. Era su forma especial de saludarse.

- ¿Un bombón? – le dijo Israel.

- No tengo pasta.

- No problem. Pago yo.

- No, que siempre estás pagando..

- No seas gil. Pon un bombón, porfa – dirigiéndose al camarero.

- Voy, voy. – dijo alejándose.

- Ten. Tu bolsa.

- Thanks titi. Mi abuela me va a echar la bronca. Estará la ropa…

- Tu abu no se enfada contigo, si es más guay…

- Sip. Es muy buena. ¿Al final fuiste de tiendas? – Israel siempre tendía a cambiar de tema cuando se hablaba de su familia.

Pero Jose se había girado hacia la puerta. Miraba como nervioso. Inquieto. Israel le dio una palmada en la espalda.

- Tío, que estoy aquí.

- Y yo aquí – pero volvió a mirar hacia la puerta.

- No estás.

- Sí…

- ¿Qué pasa?

- No, nada… – Israel notó que le temblaba un poco la voz, y de reojo miraba él también a la calle, pero no vio nada que le llamara la atención.

- Jose.

- ¡¡Que no!! – Jose levantó un poco la voz, no quería que su amigo siguiera acosándole de esa forma.

Pero su mirada decía otra cosa. Israel le conocía bien.

De repente salió corriendo hacia los servicios, que estaban al fondo.

- ¡Jose! – le gritó ahora Israel sorprendido.

Lo siguió con la mirada. Al volver de nuevo la cabeza hacia la puerta, vio entrar a unos chicos. Les conocía de vista del barrio de Jose. Eran tres. De unos 19 ó 20 años. Uno debió ver a Jose entrar en los servicios. Dirigió a sus amigos hacia allí. Israel se puso en medio.

- ¡Quítate marica!

Y el que parecía el líder, le intentó apartar de un empujón.

- Será si se me pone.

- A lo mejor te pongo los cojones de corbata si no – le espetó el líder, acercándose parsimoniosamente y encarándose con Israel.

- O te los pongo yo a ti – Israel era un par de centímetros más alto, lo cual le daba una pequeña ventaja en ese tanteo de fuerzas.

- ¿Y también me los vas a poner a mí? – dijo otro de los chicos.

- ¿No se vale tu amigo solo? – le dijo con un deje de desprecio al que había hablado, y mirándolo de reojo – Un macho contra un pobre marica… ¿Y no va a poder? ¿Necesita ayuda de sus amiguitos? – esta última palabra la pronunció separando exageradamente las sílabas, e imprimiendo el máximo tono de ironía que pudo, y señalando con su mano a todo el grupo.

- Contigo no va nada. Queremos al marica de tu amigo.

- Si quieres algo con mi amigo, dímelo a mí… soy su representante.

- ¿Os lo montáis?

- ¿Celos?

- Yo no quiero nada con maricas – dijo el líder haciendo una mueca de asco para remarcar su afirmación – Pero tu amigo le ha chupado la polla a mi hermano. No quiero maricas en mi familia. Ya le he estampado la cara a él. Me queda la mierda esa que se ha escondido en el servicio. Cuando acabe con él, ni su puta madre le va a conocer. Y como se le ocurra volver a acercarse a Tony, le mato…

- Creo que eso no va a ser posible. – dijo Israel poniéndose más en medio y con los brazos en jarras.

Uno de los chicos le empujó hacia la barra, mientras otro le ponía la zancadilla. Y el tercero disparaba su puño hacia su cara. Israel logró mantener el equilibrio, apoyándose en la barra, aunque tiró los cafés que acababa de poner el camarero, y esquivó el puño, aunque de refilón le dio en su hombro. Dio un pequeño salto y al girar le dio una patada al que le había empujado. Pero no pudo esquivar otro puñetazo que le dio el líder. Cayó al suelo, y entre los tres le empezaron a dar patadas.

- ¡Camarero!

Gritaba Israel desesperado mientras los tres se afanaban en darle golpes donde podían. No dejaba de moverse y soltar patadas, algunas daban en su objetivo, pero no podía esquivar todos los golpes que le dirigían.

- Hagan algo – intentó llamar la atención de los pocos clientes que había, pero éstos salieron del local si mirar hacia atrás siquiera.

- ¡Ayuda! – volvió a gritar.

Pero los pocos clientes, al fondo, no se movieron de sus sillas haciéndose los despistados. Y el camarero había desaparecido.

Entró un chico. Al ver la escena, soltó su mochila que llevaba colgando sobre un hombro. Fue corriendo hacia donde estaba Israel en el suelo. Empujó al que le estaba dando patadas en ese momento, y apartó al líder que estaba con el puño preparado. Israel aprovechó el breve respiro, se levantó y dio un puñetazo en la nariz al tercero. Jose no pudo resistir y salió también del servicio. Dio un salto sobre uno de los sicarios, hasta caer con él al suelo.

El chico que había entrado el último sujetó a uno de ellos.

- Si no te quedas quieto ahora mismo, te hago papilla los huevos. ¡Tú elijes!

Diciendo esto puso su mano en el paquete, apretando algo más que ligeramente. Israel agarró al líder y le puso contra el suelo, cogiéndole un brazo y retorciéndoselo. Jose, después de recibir varios golpes, logró que, el otro, y al ver a sus compañeros reducidos, saliera corriendo.

- ¡Mírame la cara, imbécil! – decía el chico, verdaderamente alterado. – Cómo vuelva a verte atacando a alguno de estos chicos, te juro que te machaco la cabeza. Y ahora vais a salir los dos de aquí, a buscar a tu amiguito, y a ir a joder a vuestra puta madre, si os mola ir puteando por ahí a la gente.

- ¡Esta me la pagarás, jodido marica! – dijo mirando a Jose. – Ya te pillaré sin tus amiguitos…

- Si me lo dices a mí, ten cuidado que a lo mejor me las pagas tú a mí. – contestó el chico. – y si te portas bien – le susurró justo en el oído – no diré a nadie que te has empalmado cuando te he apretado el paquete con la mano… ¡¡Hummm!! La tienes apetitosa… y veo que te gusta el sexo duro – y le guiñó un ojo.

Mientras decía esto, le miraba los bolsillos hasta que encontró la cartera. La abrió y buscó su DNI.

- Adrián Mazuelas Picón. Y vives en la calle Constitución, 5. Mírale la cartera al tuyo, rubito.

- No te preocupes, se llama Carlos Jiménez García. Y vive en la misma calle, en el número 19 – contestó Jose.

- ¿Os conocéis?

- Es una historia larga.

- Y ahora, vais a salir despacito por la puerta, y si os apetece pegar a alguien, lo hacéis entre vosotros. O mejor os la cascáis, a ver si os relajáis.

Poco a poco les fueron soltando. Se levantaron. Su cara era una mezcla de vergüenza, impotencia y odio.

- ¿Qué ha pasado aquí? – dijo el camarero saliendo de la bodega.

- Nada, estos que ya se iban, que tenían ganas de tocar los huevos a la gente.

Los dos, chicos, Carlos y Adrián, se dirigieron poco a poco hacia la puerta.

- ¿No has oído nada? – dijo Israel al camarero, visiblemente enfadado – Podías haber ayudado. Si no llega a ser por éste, me parten la jeta.

- Estaba en la bodega y desde allí…

- ¿En la bodega 10 minutos? Esos mismos podían haberte entrado a robar y ni te enteras. ¡Una mierda! Tú estabas ahí esperando a que pasara, cobarde de mierda.

- ¡Eh! Qué yo no tengo la culpa – se disculpaba el camarero.

- Bueno, no discutáis. Ponme un Menta, anda. ¿Qué tomáis vosotros?

- Teníamos unos bombones… pero están en el suelo.

- Rodrigo, pon otros dos bombones.

- ¿Rodrigo?

- Se llama Rodrigo.

- Tú…

Y se quedó mirando al camarero. Rodrigo…

Éste se dirigió hacia la cafetera, para poner los bombones y el menta.

- Me llamo Hugo, aunque me suelen llamar Perro.

- ¿Perro? – dijo con cara divertida Jose – Con ese nombre, no se si irme con los que venían a pegarme.

- Tú mismo. Pero para la próxima, no te salvo el culo – dijo guiñándole un ojo.

- Ya me explicarás lo del hermano de ese gil. – apuntó Israel.

Jose bajó la cabeza.

- Creía que éramos amigos. Y si eres gay, no veo porque no me lo has contado. Sabes que yo lo soy. Y creo que soy tu mejor amigo. Creía que…

- No os enfadéis. Vamos a sentarnos y charlamos. No me habéis dicho vuestros nombres – interrumpió Perro.

- Israel

Lo dijo alargando la mano para estrechársela. Pero Perro abrió los brazos para rodearlo y darle un abrazo.

- Yo Jose. Pero puedes llamarme mierda.

- No, te llamaré bobo – y repitió la operación con él.

- Rodrigo, un plato de esas galletas… y sin dinero por medio.

- Pero que costra eres…

- Costra y pobre, ya me conoces. Pero el más guay del universo. Sentémonos en esa mesa – les dijo a sus nuevos amigos.

- Que clientela más selecta tengo hoy… todos pobres.

- Vamos a aquella, que tengo mis cosas.

- ¿Qué lees? ¿Veinte años después? – a la vez que cogía el libro de la mesa. – ¡¡Guay!! ¿Te gusta Dumas? Estoy releyendo Los tres mosqueteros. Me molan sus novelas.

- ¿Sí? Yo pillé este hace unos días. Tenía ganas de leerlo.

Y estuvieron un rato hablando de las novelas de Dumas. Jose no participaba en la conversación. Rodrigo, el camarero, acercó los cafés a la mesa, a la vez que limpiaba un poco los destrozos de la pelea, y los cafés derramados. El resto de la clientela, volvió poco a poco a sus cosas.

- Ten – dijo Rodrigo a Israel, dándole un botiquín y una toalla – límpiate un poco y cúrate esa herida de la ceja.

- Gracias – dijo Isra, con cara de desprecio.

- Sí, yo te ayudo – era Perro quien se ofrecía. – ¿Tú tienes alguna herida? – dijo mirando a Jose.

- No, estoy bien – siempre sin levantar la cabeza.

Se levantaron los dos y se fueron al servicio. Jose les siguió con la mirada. Cuando desaparecieron por la puerta, se levantó y cogió su mochila y se encaminó a la puerta.

- Oye, no te vayas así – dijo el camarero.

- Diles que me encontraba mal y que me voy a casa.

Rodrigo salió otra vez de la barra, y se encaminó hacia donde estaba él. Le puso suavemente la mano sobre la cara, y le hizo un pequeño gesto con el dedo pulgar, acariciándole suavemente. Jose, inconscientemente, inclinó su cara hacia la mano de Rodrigo hasta aprisionarla suavemente entre su cara y su hombro.

- No te vayas, te sentará bien hablar con tus amigos.

- Ahora no puedo, necesito llorar. Y coger fuerzas para explicarle a Israel.

- Es tu amigo…

- No puedo… lo siento… diles que… lo que te de la gana.

- Si quieres hablar, ven un día y charlamos.

Jose le miró a los ojos. Y vio dulzura, un poquito de miedo, y mucho de vergüenza.

- Tú… ¿El valiente? ¿Me vas a escuchar?

Rodrigo apartó la mano con un gesto adusto. Bajó la mirada. Se dio la vuelta para volver a la barra.

- Perdona – Jose le sujetó por el brazo.

- No importa – Rodrigo no se volvió. – No estoy orgulloso de mí. En realidad nunca. Soy cobarde, o instinto de supervivencia, o lo que te dé la gana. Llámalo como quieras.

- ¿Trabajas mañana? ¿A que hora?

- Mañana libro. Apunta mi teléfono y me llamas. Por la tarde podríamos quedar a tomar una cerveza.

Y le dio su teléfono. Jose le dio un toque para que tuviera el suyo.

- ¿Te llamas Jose?

- Sí. Así puedes apuntar el número. Te llamo y charlamos.

- Espero tu llamada. ¿Qué les digo a tus amigos?

- Lo que quieras… da igual. He quedado como el culo con Israel. Me voy.

Sin darle tiempo a reaccionar, se acercó a Rodrigo que no se había vuelto del todo, y le dio un beso en la mejilla. Y salió del “Buencafé” sin volver la vista.

Rodrigo se quedó mirando hacia la salida. Un cliente le reclamaba en la barra. Se fue hacia ella, justo cuando Israel y Perro salían del servicio.

- ¿Jose? – le preguntó Israel al comprobar que no estaba Jose ni su mochila.

- Se fue. Estaba avergonzado. Dijo que necesitaba llorar.

- Es…

- Tranki, Isra. Déjale. Necesitará pensar. Dale un par de días.

- Perro tiene razón – apuntó Rodrigo.

Israel le miró con cara de asco.

- No le mires así – dijo Perro dándole un pequeño golpe en el brazo.

- Es que… ha sido cobarde…

- Como el resto de la gente que estaba aquí.

- Pero tú…

- Hoy me pillaste en momento justiciero. Mañana a lo mejor me la hubiera comido.

- No sé …

Israel se sentó en la mesa. Perro se sentó al lado.

- ¿Siempre llevas la cabeza casi rapada?

- No siempre – contestó Perro – Se me cae el pelo y así disimulo. Antes lo llevaba más largo y ensortijado.

- Me gusta tu pearcing.

- Gracias. ¿A que mola?

- Es guay. Mi abuela no me deja ponerme uno.

- ¿Tu abuela?

- Vivo con mis abuelos.

- ¡Hostia! ¿Por?

- Es una larga historia.

Perro se echó hacia atrás para reírse.

- Hoy todo son historias largas. Tengo tiempo. Al menos veinte minutos. Mis orejas están impacientes.

El Móvil de Perro sonó. Lo sacó, miró la pantalla, y dejó que siguiera sonando.

- Ya le llamaré luego. Te escucho.

- Es todo tristeza.

- Me gustan las tristezas. Yo soy muy triste.

- No me lo pareces.

- Va, va… como dice un amigo. Lo soy. Va… vamos… – dándole un suave codazo en el brazo.

E Israel, bajó la cabeza, y con una voz apenas audible, empezó a hablar.

 ________

Capítulo 13: Joaquín y Arnau… o una noche para… ¿empezar?

Llevaba ya casi veinte minutos esperando.

Salió del coche. Sacó su paquete de tabaco del bolsillo de la chaqueta. Y encendió un cigarrillo. Aspiró profundamente. Saboreó el humo, mientras miraba la llama del cigarrillo.

Soltó el humo hacia arriba, siguiendo su camino con la vista. Mirándolo pero sin verlo. Se apoyó en el coche.

Miró hacia la puerta de la empresa de Arnau. “Romeo’s imagen y comunicación” rezaba un cartel modesto de metacrilato, iluminado por un foco. Recordaba como hacía menos de tres años, apenas con 20, Arnau abrió la empresa. La de nombres que barajaron… los dos en el salón de casa, con 30 ó 40 posibilidades, discutiendo las ventajas de uno y de otro, inventando eslóganes, muchos imposibles, otros divertidos. Al final, su pasión por Romeo y Julieta, venció. Romeo sería el nombre de su empresa. Invirtió el dinero que le había dejado su abuelo. Con sus padres, poderosos y adinerados, ni siquiera se hablaba. Un riesgo, sí. Pero después de arriesgarse a ser gay con los padres que tenía, ese riesgo, era ínfimo.

Arnau siempre le había sorprendido. Empezó admirándole. Tenía una fuerza y un empuje extraordinarios. Trabajaba, estudiaba, y le quedaba tiempo para leer, y para una agitada vida social… Y casi siempre todo lo hacía con una alegría innata y espontánea. Luego llegó el cariño, y finalmente el amor. Sin darse cuenta. No podría delimitar las etapas. El caso es que… ocurrió.

Pensaba en esa noche pasada. Noche de pasión, de sexo. Sonreía.

Pensaba en hoy. Esa noche. Una cena. Los dos solos. Incertidumbre. ¿Miedo?

El día había ido mal. Arnau había tenido problemas. Con Iñaki. Teo se lo contó cuando se fue, hacía ya 20 minutos.

¿Y mañana?

Joaquín estaba empezando a ponerse nervioso. Hasta llegar allí pensaba que iba a ser una bonita velada. Una cena, quizás una copa en algún Pub, o una sesión de música en directo… y después… Vivir el momento. No creía que Arnau se prendara a estas alturas de él. Y que empezaran una historia de amor. Pero sí creía que, podría vivir unos días, al menos, esa ficción. Y quizás, después de todo, cuando Arnau le rompiera el corazón, quizás, pudiera romper esa dependencia que tenía de él… de su imagen, de la idea que tenía de lo que podría ser casarse con Arnau.

Ahora, ya ni la perspectiva de una noche memorable, la segunda, estaba clara.

Tiró con furia el cigarrillo al suelo, y lo pisó con fuerza. Cerró el coche, y se encaminó hacia la puerta.

Estaba abierta.

Entró.

Sólo estaba encendida la luz de su despacho. Arnau no le oyó entrar. Se fue acercando. Se apoyó en el quicio de la puerta. Y como la noche anterior en el parque, se quedó mirándolo.

Hoy otra vez, estaba lloroso. Derrotado. Estaba girado mirando, sin ver, un hermoso cuadro de un desnudo masculino. Era de Mayte. Se lo regaló cuando inauguró la oficina donde estaban ahora.

Parecía 10 años más viejo que esa mañana. No pudo evitar sentir dolor. No podía evitar recordar los innumerables momentos en que Arnau tiró de él. Aunque él mismo tuviera problemas. Pero siempre estaba para animarlo y empujarlo. Y verlo así, como nunca lo había visto… no pudo evitar que una lágrima se escapara por sus ojos.

Se acercó sin hacer ruido. Por detrás de la silla. Por encima de la silla, le rodeó su cuello. Bajó la cabeza y le dio un suave beso en la cabeza, sobre esa cuidadosamente despeinada maraña de pelo con mechas rubias. Arnau puso su mano sobre las suyas.

- Todo se derrumba Quim…

Dio la vuelta a la silla y se enfrentó a él. Le agarró de las manos y tiró de él para levantarlo. Le dio un suave beso en los labios. Se quedó mirándolo a los ojos. Ojos sin esperanza, casi sin vida. Ojos llenos de tristeza, de lágrimas.

- Ven… siéntate conmigo ahí, en el suelo

Y tiró con suavidad de él, hasta una esquina. Se sentó apoyado en la pared, y le obligó a sentarse entre sus piernas, apoyando su espalda en su pecho. Le rodeo con sus brazos, con suavidad, pero a la vez con fuerza.

- Todo saldrá bien – susurró en sus oídos.

Arnau apoyó sus manos en las de Quim. Y recostó su cabeza hacia atrás. Empezó a sentirse mejor. A no sentirse solo.

- Sabes, creo que, no sé, cómo podré pagar el alquiler de mi parte el próximo mes.

- Ahora gano dinero. ¿Lo sabías? – le mordió la oreja.

- ¿Me mantendrás?

- Tú me has ayudado antes. Ahora me toca a mí.

- No puedo prometerte nada.

- No te he pedido nada.

- Pero deseas muchas cosas, que no sé si sabré… o podré darte… por lo menos ahora…

- Soy de buen conformar.

- Eres de buen llorar en la soledad de tu habitación.

Quim se quedó pensando. Imperceptiblemente, sonrió. Por lo menos, supo que, Arnau siempre se había enterado de lo que le pasaba. Y que le conocía mucho mejor de lo que él se imaginaba. Y que se lo había callado. Eso no le gustaba tanto.

- No te he pedido nada – repitió Quim.

- Te quiero, ¿lo sabes?

- Sí. Y yo te amo.

- Ahora dudo de saber que significa esa palabra.

- Intentaré que lo descubras.

Arnau, suspiró. Y se rió. Una risa triste.

- ¿De qué te ríes?

- Un día, hace un par de años, estábamos así. Pero al revés. Te echaron del gabinete aquél… ¿te acuerdas?

- Era un trabajo de mierda.

- Pero te afectó.

- Nunca me habían echado de esa forma de ningún sitio. Siempre he tenido que trabajar para poder estudiar. En muchos sitios. Pero nunca me hicieron lo que me hicieron allí, y menos de esa forma. Y me jodió – Joaquín endureció su tono sin darse cuenta, ese momento de su vida todavía removía cosas dentro de él.

- Te derrumbaste. Cuando llegué a casa, estabas sentado en el suelo del salón, con todos los almohadones en el suelo.

- Estaba derrotado, pero tampoco era para estar incómodo… – y soltó una carcajada.

- Y me senté detrás de ti, como tú estás ahora. Estuvimos mucho tiempo así.

- Se estaba bien.

- ¿Era yo más cómodo que los almohadones?

- Mucho más. Y eso que estabas en los huesos.

- ¿Ya me amabas?

Joaquín se quedó pensando que responder. Le sorprendió la pregunta. Hoy Arnau estaba directo con sus apreciaciones. Normalmente era todo lo contrario.

- No sé cuando me enamoré de ti. Lo estaba pensando antes. No soy capaz de separar las etapas. Pero en ese momento sí. Empezabas a salir con Iñaki.

- Y llorabas todos los días en tu habitación cuando Iñaki dormía conmigo.

Arnau puso una mueca. Una media sonrisa triste apareció en sus labios.

- Llorar no es la palabra. Me desesperaba.

- Algún día te oí llorar.

- Habrá que insonorizar las paredes… – Joaquín se echó a reír con ganas.

- ¿Sabes lo que me dijiste cuando estábamos así, pero al revés, en el salón?

- No se a que te refieres. Creo que hablamos al final de muchas cosas.

- Me dijiste algo así… “lo que no soporto es que un criajo de 21 años me esté secando las lágrimas y limpiándome los mocos… ¡¡tengo 25!! Y soy una mierda al lado tuyo”

Otra vez Joaquín se echó a reír. No recordaba esa frase. Pero el tono en que la dijo Arnau, imitando su forma de hablar, seguro que la tuvo que decir.

- Y hoy, me has devuelto la pelota – siguió Arnau.

- Por una vez que yo soy el teóricamente fuerte…

- No te puedo prometer nada…

- No te he pedido nada…

Y de repente, Joaquín se levantó.

- Salvo que nos vayamos de una puta vez a cenar. ¡¡Vamos!! Levanta ese maravilloso culo por el que suspiro desde hace años y vamos a cenar.

- ¡Siempre pensando en lo mismo!

- ¿En qué?

- En mi culo… jajajajajajaja.

- Serás… – y sin dejar que acabara lo que iba a decir, Arnau le dio un golpe con el codo, suave, en el estómago.

- ¡Cabrón!

Y los dos empezaron un juego de niños, persiguiéndose alrededor de la mesa. Los dos se reían. Al final Joaquín consiguió atrapar a Arnau. Le abrazó y le pegó a su cuerpo. Se quedaron mirándose a los ojos. Sonrieron. Y Arnau le dio un beso.

- Gracias

Joaquín se quedó mirándolo a los ojos. Había tristeza todavía en ellos.

De repente, se separó de Arnau. Se fue al perchero y cogió la bandolera y la chaqueta de Arnau. Se la lanzó por encima de la silla.

- ¡Vamos! Luego, en casa – y puso una mirada picarona – te contesto a eso.

- Y ¿si vamos directamente a casa?

- ¿Y renunciar a la maravillosa cena que he encargado? ¡Ni lo sueñes! Menos mal que era yo el que “solo pensaba en el sexo” – dicho esto último en un tono de noñería insultante casi.

- Vamos, vamos – se rindió Arnau – Pero por lo menos, apaga la luz.

- Siempre mandando.

- ¡Soy el jefe!

- ¡Ja! Eso ya lo veremos. En casa hoy te toca hacer de perrito.

- ¿De perrito?

- Guau, guau – ladró Joaquín – ¿No era una de tus fantasías?

- ¿Hemos hablado de eso alguna vez? – dijo sorprendido Arnau.

- El alcohol es malo – le contestó Joaquín, guiñándole un ojo.

- Ni puta idea – dijo Arnau con una media sonrisa resignada.

- Yo sí – volvió a guiñar el ojo – Pero no lo niegas.

- Es cierto. No lo puedo negar.

- Menos mal… – y soltó una carcajada.

- ¿Lo jugamos a los gatos?

- Mientras cenamos.

- El que pierda, va a cuatro patas en casa durante toda la noche. Desnudo.

- Guay. Me va a encantar verte mover los mofletes de ese culito que me vuelve loco por toda la casa.

- Será tu culo el que se mueva – dándole una suave palmada en la espalda.

Y diciendo esto, llegaron a la calle. Arnau, cerró al puerta, mientras Joaquín abría y arrancaba el coche.

Arnau entró en el coche.

Sonó su teléfono.

Al sacarlo de la funda de su cinturón se cayó en el lado de Joaquín. Éste lo cogió y miró la pantalla.

Se lo pasó a Arnau.

Era Iñaki.

________

Capítulo 14: Joaquín y Arnau y qué difícil lo hacemos todo…

No contestó.

Pero dio igual.

Arnau se removía intranquilo en el asiento del coche de Joaquín. Éste conducía con una atención inusitada. Un silencio incómodo, agobiante, donde hasta ese instante había coñas, risas y complicidad.

- Ahí tienes sitio.

- ¿Cabrá?

- Creo que sí.

Bajaron del coche. Entraron en el restaurante. El camarero les llevó hasta la mesa que tenían reservada. Como la cena estaba ya encargada, eran unas jornadas gastronómicas, el camarero simplemente les preguntó qué iban a beber. Agua y Vino. Un Ribera de Duero Crianza. Señorío de Nava.

Joaquín miraba a la mesa. Arnau, miraba a los comensales que estaban en las mesas de al lado. Llegó la bebida. El camarero, al ver a Joaquín más mayor, le sirvió a él primero para que catara el vino. Pero Joaquín le pasó la copa a Arnau. Entendía más de vino.

- Está bien – sentenció Arnau, mirando a los ojos al camarero.

El camarero sirvió las dos copas. Dejó la botella en la mesa. Isabel y María se acercaron un momento a saludarles. Eran compañeras de trabajo de Joaquín. Se levantaron y charlaron un par de minutos con ellas. Se quedaron de nuevo solos. Silencio.

Llegó el primer entrante. Una ensalada. De escabechados. ¿Codorniz? Y perdiz. A compartir. Joaquín cogió las pinzas y sirvió.

- ¡Está bueno! – Arnau probó primero.

- Sí, no está mal.

- No te gustan los escabechados.

- No es mi plato preferido.

Mayte saludó desde una mesa del fondo. Estaba con su marido y con otra pareja amiga. Arnau saludó con la cabeza a Hugo. Estaba con sus padres y hermanos. Una cena familiar. Parecía otro hombre distinto con su familia. No entendía como había caído en la compañía de Mario y sus “amigos”.

- ¿Qué viene ahora?

- Una selección de embutidos serranos.

- ¿Pan con tomate?

- Sí esas tortas que hacen a la plancha con…

- Me pondré las botas…

- Hay otros 6 platos…

- Joder…

Acabaron los escabechados. Arnau ayudó con los suyos a Joaquín. Llegaron los embutidos. Un hombre saludó con un gesto a Joaquín. Arnau escuchaba divertido una conversación entre una pareja. Conversación de besugos o como no decir nada sin parar de hablar. O como dos enamorados hacen el ridículo. Recordó en ese momento los juegos que había tenido con Joaquín hacía un momento. Hasta la llamada. Y se dio cuenta que, no difería mucho de la de estos dos chicos. Y si no hubiera sido por la llamada, ahora, estarían compitiendo en ridiculez. Su sonrisa se convirtió en mueca. Estos no eran buenos días. Nada salía bien. Y él no estaba acertado. No sabía lo que pensaba, ni mucho menos lo que sentía. No sabía si luchaba contra un incipiente amor hacia Joaquín, o contra un amor consolidado hacia Iñaki. O si en realidad había amado a Joaquín siempre, sin darse él ni cuenta. No sabía si volvería con Iñaki, ni sabía si Joaquín sería el hombre de su vida. O al final acabaría solo… alejando a todos los que le han importado por su indecisión…

Sentía que Joaquín estaba incómodo. Había repetido hasta la saciedad que no le pedía nada, pero en realidad, notaba que Joaquín al menos se había hecho a la idea de vivir unos días de pasión. La llamada lo estropeó. La sombra de Iñaki era alargada. Pero no sabía como salir de esa situación. No se le había dado nunca bien el hablar de sentimientos, ni de malos entendidos, ni malos rollos. Lo que había pasado hacía un momento en su oficina, con Quim, fue un lapsus. Estaba ofuscado, enfadado, deprimido. Y todo salió sin pensar. Pero ahora, una vez recuperado el ánimo, no era capaz de retomar el camino de la sinceridad, de la expresividad. Y Joaquín, que para eso era mucho mejor, y que siempre que habían discutido era quien empezaba la senda de la reconciliación, hoy, ahora, no estaba propicio a tomar la iniciativa.

Y esto llevaba el camino de una noche divertida, que era lo que se presagiaba hacía media hora, se iba a convertir en una noche anodina y triste.

Mayte al final se acercó, aprovechando que se levantó al servicio. Unos minutos de cháchara. Intrascendente. Creo que tenía ganas de hablar de lo que había pasado esa tarde, pero la prudencia la contenía. Joaquín bromeó con que se había encontrado antes a Arnau mirando fijamente el cuadro de la oficina. Algunas risas echaron. Por un momento parecía que el ambiente se relajaba. Pero Mayte siguió su camino al servicio, y todo volvió al silencio.

Arnau empezó a mirar a hurtadillas a Joaquín. Sus ojos estaban llorosos. No, no… no estaba llorando, pero… se notaba… como una tristeza profunda dentro… que si no estuvieran en un sitio público, con muchas gente conocida alrededor, acabaría en una suave y silenciosa caída de gotitas de agua salada.

- Están buenísimos los embutidos – rompió el silencio Joaquín.

- El pan con tomate, es lo que está de muerte.

Esperaba que cuando llegara el siguiente plato, les diera un poco más de vida a la conversación.

- No lo he cogido.

Sin saber como, Arnau se encontró diciendo eso. No fue muy consciente al hacerlo. Si lo hubiera pensado, hubiera dicho algo con más… ¿enjundia? Pero ya estaba. No se podía borrar. Joaquín se quedó mirándole. Con esos ojos. Tristes.

- No es eso.

Joaquín bajó la vista, para cazar el último resquicio de jamón. Arnau se quedó mirándole ahora con más decisión.

- ¿Qué es entonces, Quim?

Joaquín no contestó de inmediato. Perdió la mirada por todo el comedor. Pero mirando a una altura en la que no se pudiera encontrar con otras miradas. Las luces eran un buen objetivo, o el suelo. Ese langostino que se había caído de algún plato… no era un langostino, solo era una cabeza…

- Lucho contra… – dudó de cómo seguir la frase que había empezado – te amo con toda mi alma. Sé que tú no tienes esos sentimientos tan profundos, aunque creo que me quieres… sé distinguir cuando mis parejas de sexo sienten algo más… y te conozco muy bien… Y me había hecho… sin quererlo, porque he luchado contra ese sentimiento, la ilusión de disfrutar de ti al menos unos días… pero Iñaki… – y dejó la frase en el aire… ahora sí sus ojos se habían humedecido ligeramente…

Arnau alargó la mano y la puso sobre la de Joaquín. Éste intentó retirarla, pero Arnau no se lo permitió. No dejaba de mirarle a la cara, pero Joaquín tenía la mirada perdida… al final acercó su otra mano a la barbilla de él para obligarle a mirarle… vio esa humedad… vio esa tristeza… y vio ese amor…

- Quim… tenemos que… no puedo… no sé… – Arnau no encontraba las palabras – Quim, te quiero, lo sabes. Ahora estoy en una etapa que… me desborda. Cosas que creía que estaban asentadas, ahora están todas en el aire… no sé ni lo que pienso, ni lo que siento, ni si las elecciones que he hecho han sido las correctas. Ahora me encuentro en un mar de sentimientos que no sé interpretar de momento… sabes que no he sido muy bueno en esos temas nunca… Quim… te quiero… no te puedo prometer amor… no sé si sé amar a nadie… lo dudo ahora… Iñaki ha hecho que todos los pilares sobre los que estaba construyendo una estabilidad emocional, se derrumben… Quim… no he cogido el teléfono… Iñaki está ahí… tengo muchas cosas todavía en común… además de cosas en su casa, negocios juntos… no puedo apartarle así, radicalmente de mi vida… pero eso no significa que, signifique algo… que no lo sé tampoco.. dudo ahora de que nunca le haya amado… y mucho menos que él me haya amado a mí… creo que nos aprovechamos… el uno del otro… no lo sé… no sé nada… todo está confuso… – ahora fue Arnau quien bajó la mirada, y sus ojos fueron los que se humedecieron…

- Creo que vamos a llorar… nos vamos a hacer daño…

- No sé lo que pasará mañana, pero hoy… quiero estar contigo… y creo que tú quieres estar conmigo… disfrutémoslo…

- ¿Y mañana? ¿Tengo alguna esperanza de que haya un mañana?

Arnau separó su mano de la de él. Bajó la mirada. Empezó a jugar con el tenedor… las migas de pan…

- No sé… no sé mañana que será. No sé que siento. Ahora no sé ni que sentía ayer… no sé si me engañado estos años, no sé si, todo ha sido una mentira que me convenía, que nos convenía… creo que, lo único verdadero en estos años, puede que haya sido tu cariño, tu amor… al que yo nunca he querido responder… por egoísmo… porque quería tenerte ahí siempre… porque en el fondo me he apoyado en ti siempre… y nunca he creído que fuera capaz de tener una relación estable con nadie… y no quería joderla contigo… no quería que te convirtieras en cualquiera de las decenas de chicos que ha pasado por mi cama, o yo por las suyas… en un intento por mi parte de buscar algo estable… ¡¡joder!!

Arnau se levantó de repente. Se dirigió al baño. Necesitaba lavarse un poco la cara. Necesitaba estar unos instantes solo. Entró. Abrió el grifo. Agua fría. Puso sus manos bajo el chorro. Las juntó y acumuló un poco de agua. Las levantó decididamente para que el agua saliera disparada contra su cara. Repitió la misma acción varias veces. Así el agua fría mitigaba el calor de sus lágrimas. El líder, el chico que todos imitaban, envidiaban, al que todos quería follar, o siquiera que les dedicara una mirada… ese mismo… estaba ahí, en el baño de un restaurante de moda, llorando desesperado, y con su amigo, sentado en la mesa… y con su amigo al que adoraba… a punto de perderle… y esa posibilidad, le dolía… ¿por qué era todo tan difícil?

No sé dio cuenta, pero Joaquín entró en el baño. Se acercó a él mientras tenía la cabeza baja y no veía el espejo… y le rodeó la cintura con sus brazos. Pegó su cuerpo al de Arnau. Lo acopló como si fuera uno. Así le obligó a incorporarse un poco… la cara de Arnau goteaba abundante agua… Joaquín besó su cuello… Miró al espejo para encontrarse con los ojos de Arnau… “Todo está bien, Arnau” le susurró al oído, mientras le daba pequeños besos en la oreja y el cuello. “Todo saldrá bien, perdóname”

Arnau puso sus manos sobre las de Joaquín. Parecía que tuvieran una camisa de fuerza… los brazos cruzados… buscando las manos que le abrazaban… Arnau acomodó su cabeza sobre el pecho de Joaquín, empapándole… Así Joaquín aprovecho para darle un suave beso en los labios…

- ¡¡¡Maricas!!! ¡¡¡Qué asco!!!

Giraron su cara. Vieron la sombra de un hombre que salía bruscamente del baño. Arnau se quedó mirando a los ojos de Joaquín. Como si se hubieran puesto de acuerdo, soltaron los dos una carcajada. Volvieron a darse un suave beso, simplemente tocando suavemente sus labios.

- ¿Sabes quien era?

- Sí. – respondió Arnau – Era Fernando Jiménez.

- ¿El de…?

- Sí.

- ¿No era amigo…?

- De mis padres sí – acabó la frase Arnau. – Ahora seguro pregunta por el dueño para quejarse y hacer que nos echen del restaurante.

- Lo lleva claro…

Y los dos volvieron a reírse. Mirándose a los ojos. Ahora ya estaban de frente, cogidos de la mano.

- ¿Seguimos cenando?

- Vamos – contestó Arnau, arrancando sin soltar la mano de Joaquín.

 


(continuará)

Dejaos besar y abrazar, que todo será mucho más bonito.


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