Sus ojos. Me miran.

17 11 2009

Me está mirando la señora del cuadro. La gaitera.

Me mira y parece que me da el pésame.

Yo la miro a través de la columna de humo que sale de mi cigarrillo.

Pero no me protege. Hoy la cortina de humo no puede con esa mirada. Jodida gaitera…

Me levanto. Voy a por otro café. Con su gotita de leche. Pongo la cafetera. Echo el café en el porta, y lo aprieto bien.

Empieza a salir el café. Humeante. Con su crema.

Una gotita de leche.

Vuelvo a mi sillón orejero.

Un par de terrones. Unas vueltas. Un sorbo.

Dejo que penetre el sabor del café en mis papilas gustativas.

Echo la mirada atrás. Pienso en todos los errores del pasado. Esos errores que ya no se pueden corregir.  Pienso en los errores que cometo todos los días.

Pienso en las personas que pasaron por mi vida, y que ya no están. Pienso en los que están… pero ya sé con certeza que dejarán de estar.

Son complicadas las relaciones humanas. Mirando atrás, con los ojos de la gaitera mirándome fijamente, no me atrevo a mentirme. Me equivoco.

Podría buscar excusas. Para éste, para aquél. Pero la gaitera no me deja. Me equivoco. No consigo que las relaciones de amistad crezcan. Algo hago mal. Algo hace que sea “atractivo” en un primer momento, pero no en algo duradero.

Creo que el problema es… vaciarme. Es… no fingir. Es… decir lo que pienso. No medir mis palabras. No disimular esa capacidad que parece que tengo a veces en ponerme en la situación del que está al otro lado de la mesa, y decir lo que veo. No gusta. Queremos que nos comprendan. Que los que están al lado nuestro empalicen. Pero en realidad, si lo hacen, nos sentimos más que desnudos. No sentimos vendidos. Y echamos a correr.

Necesito a veces que me digan cosas. Necesito a veces que me propongan locuras. Si digo que me apetece mandar todo a la mierda, el trabajo, largarme de mi ciudad, quizás busco que me digan “Vete” “Déjalo todo”. No lo voy a hacer. Pero me gusta sentir que si lo hago, mi amigo va a estar conmigo. Pero no. Busco un poco de empuje. Y encuentro racionalidad, dónde hacía unos meses había empuje. Un poco de locura, dónde hace unas semanas había locura.

No es buena época. De hecho desde que murió mi madre, hace ya casi tres años, todo se ha estropeado progresivamente. No encuentro el equilibrio. Por unas cosas, o por otras. Solo encuentro ataques de ansiedad, cada vez mayores. Una temporada me molesta el estómago. Otra temporada, la rodilla. Mañana volveré a tener un zumbido en el oído. Me preguntaban el otro día qué tal el 2009. Mal. Mal. No se ha muerto nadie. No tengo ninguna enfermedad grave. Pero, las cosas no van bien. Mi cabeza no está bien. Mi espíritu tampoco.

Quizás una revolución, quizás un renacer. Quizás lo que toca es una catarsis absoluta y radical.

No consigo penetrar las barreras de algunas personas que me gustaría. No consigo mantener las relaciones que me gustaría. No valgo para llevar siempre la iniciativa. Y si he dejado de llevarla, al final, me he dado cuenta que no existía nada.

Me miro al espejo y no sé dilucidar exactamente las causas. Parece que creo un aura a mi alrededor que me proteja a veces de problemas con personas conflictivas, pero hace también que otras personas que me interesan, tampoco la atraviesen.

Me levanto de la butaca. El café se acabó.

Miro a la gaitera.

Abro el armario y saco una sábana vieja. Y la tapo.

Sé que me mira. Lo siento. Me mira con lástima. Pero al menos no veré sus ojos.

Quizás deba pasar una temporada alejado de todo el mundo. Creo que estoy más tranquilo que intentando luchar contra molinos de viento.

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





negro…

16 06 2009

Negro.

Negro.

Cada vez soy más consciente de mis limitaciones. De lo poco que valgo. De la mierda que soy.

Da igual lo que haga, lo que escriba. Lo que piense, lo que mire. Todo está teñido de negro. Un círculo vicioso que se retroalimenta. El negro llama al negro. Las lágrimas a la tristeza, o viceversa. La desesperación a la depresión. Y en todo caso, un halo de tristeza permanente se instala en cada poro de mi cuerpo. Y una oleada de rabia sube por mis entrañas.

Es primavera, aunque parece invierno. Debería ser alegría, y es melancolía. Deberían ser flores y frutos, y son hojas secas, putrefactas.

Con ratos de rabia. De rabia de impotencia. Por ser como soy.

Y lo malo es que no es un día. Hoy es un día especialmente negro. Sí. Pero los demás días son igual de negros. Pero los llevo de otra forma. Disimulo. No, no es disimulo, es autoengaño, el peor de las mentiras.

Es como una plaga de langosta, o como cuando ruge la marabunta. Poco a poco va ganando terreno. El autoengaño cada día es más complicado. Su andamiaje se resquebraja, mordido por miles de animales hambrientos. Hasta que cuando quieres darte cuenta, no hay andamio, no hay estructura, has caído al suelo, ya te han devorado, sin dejar siquiera una migaja.

Hay días, hay temporadas que, como si estuviera en un desierto sin oasis, sufro espejismos y creí que las cosas cambiaron, que rompí con la dinámica. Que cambiaron y que seguirían cambiando poco a poco. Pero siempre llega el día en que todas las verdades estallan en tu cara: No, todo sigue igual, y nada cambió.

Antes había algún resquicio. Una válvula de escape. Quizás estos foros lo fueran. Pero esa magia la dejé perder. Dejé que se me escapara entre los dedos. ¡Qué bonita expresión! “Dejé que se me escapara entre los dedos”. Se fue diluyendo porque como Don Quijote, luchar contra lo inevitable, luchar contra molinos de viento, es una guerra perdida. Y ni valgo, ni valdré para luchar contra esos molinos. No valgo para luchar contra la indiferencia. No valgo para dar la lata, para imponerme al olvido, o a ese indiferencia de que hablaba antes.

Nunca tendré lo que anhelo. Lo que deseo. Porque no valgo para luchar por ello. No valgo para nada. Para nada de nada.

Negro.

Negro.

Siempre quedará la duda de si este escrito es un canto literario, o es una realidad palpable dentro de mi alma.

Negro.

Negro.





… y olwen me dio un premio…

17 05 2009

Fue toda una sorpresa. No me lo esperaba.

olwen para cafe para dos

Este es un blog pequeño, un blog en el que escribo muy espaciado en el tiempo. Es un blog que no tiene apenas lectores. Es un blog donde escribo historias, y a veces algunos pensamientos desordenados, siempre con una taza de café humeante en la mano, y un cigarrillo, también humeante en la otra. Siempre pongo dos tazas: una para mí, y otra para el lector que en cada momento esté leyendo.

Y yo creía que apenas tenían interés las historias de café para dos.

Olwen piensa distinto. Y me ha dado un premio.

Yo lo recojo con gratitud y emoción. Espero que los nervios no hagan que me tropiece y me caiga en medio del escenario.

Parece ser que debo dar también unos premios.

Se lo daría a Olwen, aunque suene a conchaveo. Se lo daría por esas ganas de vivir, esa paz que casi siempre desprenden sus palabras.

Se lo daría a Adrián. Se fue. Pero es de esas personas que siempre están ahí, es una de esas personas que marcan a la gente que le conoció, y a la que no tuvimos ese placer. Me abrió la puerta a un mundo completamente desconocido. Un mundo que creía que no existía en el siglo XXI.

Se lo daría a chiquitín. Por esas historias que marcaron su vida, por tener valentía y salir adelante. Y por saber romper con todo, para intentar buscarse a sí mismo. Por ser tan bueno en lo suyo. Por ser un maestro.

Se lo daría, como no a Marc. Es uno de mis personajes. Para mí es como si fuera real. Como si mañana le fuera a ver y me dejara, mientras le doy el abrazo de saludo, y los cien besos de la abuela que le tocan, me dejara bromear con él y quitarle la gorra. He llorado con él, he pasado noches sin apenas dormir, por él, y ahora me tiene un poco preocupado por esa cabezonería de la que a veces hace gala. Tendré que aporrear el teclado para darle una colleja. Pero me ha enseñado tantas cosas, tantas…

Se lo daría a Iñaki. Iñaki el fuerte. Es otro de mis personajes preferidos. Cuando escribo sobre él, hay muchas cosas en su personaje que pongo de mí mismo. Por eso a veces le entiendo tan bien. Es orgulloso, como yo, es entregado, como creo que soy capaz de ser yo. Ama como pocos son capaces de hacerlo… yo creo que no podría llegar a ese extremo. Calla las cosas que le atormentan, para no preocupar a nadie. Pero como todos, estalla. Y cuando se estalla así, a veces no se elige el momento. Como yo. Me tiene preocupado también este personaje. No sé que hacer con él, no sé si abrazarle, si invitarle a un café, darle doscientos besos de abuela, colgarme de su cuello, o darle una patada.

Se lo daría también a Valle. Que difícil es encontrar amigos así. Que sean capaces de hacer el ridículo, solo para que sus amigos se arreglen. Iñaki y Marc, no saben lo que tienen… aunque a veces no acierte.

Se lo daría a canalla. Es impresionante los kilos de ternura que se disfrazan en su escritura dura, brusca. Una escritura que traspasa. Que no deja indiferente.  Sin él, a parte, no existiría café para dos. Me engañó como a un bobo. como diría aquél, a cada uno lo engañan como lo que es. Lo bonito que tiene este premio es que no se va a enterar nunca de que se lo doy.

Y se lo daría a Mafer. Mafer, está muy lejos. Con océanos de por medio. Me ha acompañado en momentos duros. Me ha querido, sin merecerlo. Y me ha enseñado muchas muchas cosas. Cuando pienso en alguno de los problemas de Marc, pienso en como los solucionó Mafer. Mafer también me ha enseñado muchas cosas. me ha enseñado como se superan dificultades que, si no nos tocan cerca, pensamos que son ficción.

Se lo daría a Néstor. También he llorado con él. También me ha dejado alguna noche sin dormir. Pero quizás, esa forma de amar que tiene, me llama la atención… me subyuga… me da envidia.

Se lo daría a Alex. El papo. No creía que había gente así. Y no creas que, a veces lo pongo en duda, y pienso que es un sueño, o que es un personaje de un libro que me estoy imaginando para escribirlo algún día. No podía imaginar antes de saber de él, que, hay gente buena, que hay gente que abraza a quien lo necesita, que acoge en su familia, en su seno a quien cree que se lo merece. Da igual los problemas que traiga. Da igual el dinero. Y todo con abrazos, con cariño, con entrega…

Todos estos premiados tiene algo en común. Son gentes fuertes, son personas que se entregan a la gente que quieren. Que superan dificultades. Que son valientes. Todas estas cualidades, las admiro. Quizás, porque yo no las tengo.

No voy a cumplir con la condición de ir a sus blogs y avisarles. Me daría vergüenza.

Olwen, Chiquitín, Iñaki, Marc, Valle, canalla, mafer, néstor, alex. No os olvidéis que, si os dejais besar y abrazar, todo será, mucho, mucho más bonito.





… de cafés tranquilos, de agobios, y de chicos cabezotas…

9 05 2009

Hace tiempo que no me tomo un café aquí. Y que no me fumo un cigarrillo pensando y mirando el cuadro de mi tía Ana Mary. Debería ir a verla un día. La pobre está ya un poco pachucha. Le cuesta moverse. Con lo dicharachera que era ella. Si la he visto unas cuantas veces es porque ella ha venido a vernos. Si fuera por mis padres, ni la hubiera conocido. Y eso que vive en Asturias, que no pilla lejos de aquí… ¿O sí?

Estoy cansado. Me permitiréis que una vez más apoye las piernas en este puff maravilloso. Ha sido una semana dura. Sip. Dejadme coger la taza de café… y darle un par de vueltas. Humea. ¡Qué aroma! Un sorbo. Dejadme que coja un cigarrillo, y lo encienda. La primera calada con el café, aquí, sentado y mirando el cuadro que pintó mi tía Ana Mary, sabe a gloria.

Ahora parece todo irreal. Aquí, tranquilo. Nada parece poder alterar mi tranquilidad. Durante todos los instantes de esta semana, fue al revés. Nada parecía poder relajarme. Ya desde la noche del domingo al lunes, fue así. No pude pegar ojo. Y lo poco que dormí, fue sin descansar. El lunes mal, el martes, peor, porque estaba más cansado… y el miércoles… y el jueves fue horroroso… el viernes algo mejor, pude al final dormir un poco.

Dejadme que de otro sorbo al café. Dejadme que saboree otra calada de mi cigarrillo… mira como sube el humo, como se pierde en la oscuridad, cuando sale de la influencia de la luz de la lámpara de pie.

Es difícil salir un poco de ese camino que te marcas. El agobio, no descansar, lo que te agobia más,  no rindes, te agobias más, no llegas a nada, te agobias más, no sabes como relajarte, te agobias más, no quieres la compañía de nadie, porque piensas que eres mala compañía para cualquiera. Y como casi siempre, cuando tú mismo has cogido el papel de optimista, de fuerte, nadie piensa que necesites ayuda. O que simplemente necesites que no te machaquen. Nadie te ve. Y tú, claro, no puedes decírselo a nadie. Porque en el fondo, no sabes como hacerlo. Porque además, en estos momentos, solo te pueden ayudar un grupo reducido de personas. Esas a las que quieres de una forma u otra, y soportas, claro. Pero como eres fuerte, nadie te mira a la cara, nadie te mira a los ojos… y te dice… “mi pobre”, y te arrulla, o te coge de la mano, y te lleva a comer una hamburguesa, o al restaurante de moda, que total, hoy es un día, y el resto del mes comeremos pasta.

Espero que algún día quieras tomar un café conmigo. Sí, aquí delante, enfrente mío, y te pueda contar todas estas cosas que te estoy contando ahora. Estas y otras. Y me dejes ver como disfrutas del sabor, del aroma del café. Un café, es una de las formas mejores para compartir pensamientos, sensaciones, inquietudes. De simplemente compartir un rato. El té de las 5 de los ingleses,  seguro que tiene esa razón. Si no tenía esa excusa, no saldrían de casa.

Es curioso, ahora que hablo de fuertes, sabéis, es como yo veo a Iñaki, uno de “los chicos de la gorra”. Tiene que tirar de Marc. Tiene que conseguir que duerma, que se relaje, que afronte todas las muchas cosas que la vida le ha echado encima. Tiene que conseguir transmitir su amor, con gestos medidos a veces. Tiene que ayudar a afrontar problemas que tan siquiera comprende. Pero él está solo. No, sí, tiene muchos amigos. Pero ese apoyo que él necesita, no lo encuentra. Y no sabe pedirlo. Porque se ha acostumbrado a callar. Porque no quiere además hablar con Marc, y ponerle más cosas encima de la mesa. Y porque Iñaki, lo sé bien, porque también me pasa a mí, es orgulloso. No, no es de este orgullo chuleta. Es orgullo, de amor propio.

El personaje de Marc, también es orgulloso. O cabezota. Necesita tanto amor que no ha tenido hasta hace 4 días… Necesita ser a ratos niño, esa infancia que no ha disfrutado. Ser caprichoso como los niños. Ser testarudo. Y que cuando se hace pupa en la rodilla, aunque sea por portarse mal, venga su papo, o su hermana pequeña, o su chico, y le canten con voz melosa “cura, cura sana, y si no se cura hoy, se curará mañana” y le den un abrazo, y le den besos de la abuela. Y el personaje de Marc, necesita también amar como hombre. Como hombre que ama a otro hombre. Pero no puede… porque tiene demasiado dentro esas cosas que le decían de peque. Esas cosas que le hacían de peque.

¿Y que hacemos cuando dos chicos que se aman hasta la médula, que han luchado como pocos por su amor, se enfadan, discuten, y aunque hablan,  no acaban de encontrarse en el camino de la vuelta a ese estado de las parejas en el que todos a su alrededor salen corriendo para no quedarse pegados por el azúcar que desprenden?

No sé como escribir el capítulo de la reconciliación. Podría meterme yo mismo en la historia, como personaje, e ir a un sitio, coger de la oreja a uno de ello, llevármele sin soltar la oreja hasta dónde está el otro, coger a este otro también de la oreja, y sentarme en medio hasta que por aburrimiento se besen y se besen. Y se besen. Y se miren como tortolitos. O podría meterme en la historia sí, e ir a ver a uno de ellos, y pasear junto al mar con él, y hacer que hable, y hable, y hable, y hable. Y darle un par de cientos de abrazos. Y una patada con rumbo al aeropuerto.

Pero esto no sé, creo que no sería ni factible, ni creíble. Un autor de relatos, encima malo, que se mete en la propia historia, y se convierte en uno de los protagonistas.

No sé. Estoy perdido con la historia de Iñaki y Marc. Porque no sé como sortear esa cabezonería de los dos. Y esos muchos fantasmas que se han instalado en sus cabezas. Porque debería echarles a todos.

Es uno de esos puntos en que el escritor se queda en blanco.

Aprovecharé entonces a recuperar la historia de café para dos,  aquella historia que fue creciendo en el blog antiguo, y que nadie leía. Ya verdad es que creció un rato la tía. Empezaré un día de estos por el 1º capítulo, y poco a poco la recuperaré entera. Y acabaré de escribirla, claro.

Tengo la boca seca de tanto hablar. Y el cerebro me echa humo de tanto pensar. Total no he encontrado respuestas ni para mí, ni para la historia de los chicos de la gorra, para Marc e Iñaki.

Y encima, el café se ha enfriado.

Déjate besar y abrazar, que todo será más bonito.





… el chico de la farola…

11 03 2009

Hoy…

Hoy es un día para recordar. 11 de marzo. Hace 5 años, iba a trabajar. Me llamó la atención en un bar por el que pasé camino del autobús, que todo el bar estuviera mirando a esa hora al televisor. Pero… no le di importancia.

Bajé del autobús. Entré en uno de los bares en los que tomo café antes de ir a trabajar. Y todos miraban el televisor. Había mucha gente, y no se escuchaba el sonido. Miré de refilón, y vi las imágenes de unos trenes que parecía haber tenido un accidente.

Me volví a mi café. Un cortado, como siempre. Mi primer cigarrillo del día.

Aspiré el humo de la primera calada. La gente seguía mirando al televisor. Algo me llamó la atención de esas miradas. Eran como de estupor, de incredulidad.

Me volví a mirar la tele otra vez. Primero pensé que el accidente era en algún sitio indeterminado del mundo. De repente, me fijé que eran unos trenes de RENFE. Me fijé un poco más… y percibí que no podía ser un accidente.

En toda la mañana no conseguí hacer nada, más que buscar en Internet la última información. Las imágenes. El por qué. El cómo.

Vi fotografías. NO… no se publicaban fotos demasiado duras. No hacía falta.  Pero una foto de un chico apoyado en una farola… no tenía heridas graves… pero al ver su mirada perdida… su estupor… me sobrecogió. Me oprimió el alma.

Esa foto se hizo más o menos célebre. Es que indicaba tantas cosas ese chico… Ese chico representaba lo que sentíamos todos esa mañana. Lo que sentimos durante todo el día.

Porque es difícil hacerte a la idea de que, lo que estás mirando en la tele, en el ordenador, lo que te cuenta la  radio, es cierto… y no es una representación a lo Orson Welles de “La Guerra de los Mundos”.

5 años después, no sé si hemos avanzado. En cualquier otro lugar, eso hubiera unido a todos. Aquí no. Aquí cada uno sigue haciendo la guerra por su cuenta. Unos, siguen con conspiraciones. Otros, que si están enfadados por no sé que comisiones. Unos que si con éste no me hablo. Otros…

Me siento en mi butaca orejera. Un café. Cortado como siempre. Un cigarrillo. Lo enciendo. La primera columna de humo se pierde en lo alto del salón. Solo la luz de una pequeña lámpara alumbra la habitación. Apenas distingo el cuadro de enfrente. Veo esa foto otra vez en mi mente. Y no puedo dejar de sentir otra vez, la misma angustia que ese día. El mismo estupor. La misma rabia. Me gustaría hoy, poder dar un abrazo a ese chico de la farola. Y decirle que, hacerle sentir que… todo va a salir bien.

 

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.

 





Me apetece estar solo…

29 01 2009

Tengo la radio puesta. De fondo. Unos señores hablan. Ni sé lo que dicen. Sirve de compañía. Y no hay que contestarles.

Porque hay temporadas en que hablar con alguien es un gran trabajo.

Una vuelta a mi café. Otra más. Un sorbo. Un poco más de azúcar. Unas vueltas más. Otro sorbo. Ahora sí.

Hay temporadas en que apetece nadar en compañía. Uno aquí, llega otro, 5 más esperan en la cafetería… reuniones multitudinarias… risas… bromas, abrazos, besos…

Un cigarrillo. Lo enciendo. Aspiro… y miro al humo mientras sube…

En esas épocas, parece que todos son geniales. Todos te aprecian, te quieren. Y tú quieres a todos. Pero llega un día en que el encantamiento se rompe. Un día te quedas mirando al suelo, mientras pisas los trozos. Es una montaña rusa. Subes… subes… y luego llega el momento de bajar…

Otro sorbo de café. Otra calada a mi cigarrillo.

Pero ésta es la época de  la soledad. De que cuesta mantener una conversación con alguien. Las evito, porque la concentración que necesito para escuchar y contestar a mi interlocutor, me supera. No aguanto ni escucharme a mí mismo. Me parecen ridículas las respuestas que doy. No encuentro el tono de la conversación.

Pero en estos días, es cuando no puedes recluirte en soledad. No encuentras ningún sitio en que no haya gente. Y hasta esa petarda con la que coincides en el bus todas las tardes, hoy le da por hablarte. Al final consigues que no te hable. Has quedado como un maleducado. Como un raro. Bueno. Soy raro. Como todos.

Apuro el café. Apuro el cigarrillo.

No tengo ganas de hablar. Ni de ver a nadie.





¿Todo será igual?

13 01 2009

No sabes cuando. Ni por qué. No sabes cuando conoces a alguien que te va a deparar. Cual va a ser la relación que vas a tener con él. Si seréis amigos, o sencillamente tomaréis un par de cafés a lo largo de un año.

 

Un día conoces a alguien. Empiezas a hablar. Empieza a hablar. Otro día, un día más. No está cerca en km. Pero está cerca de otras formas. Y sin querer, os convertís en amigos. Confidentes. Él es tu báculo. Tú eres su báculo.

 

Un día él decide irse lejos. Un poco de huida, un poco de aventura. Algo que si no lo hace, se quedará siempre con las ganas, con la duda. Y lo hace. Se va a vivir a otra ciudad, a otro país. Muchos nervios, mucho miedo.

 

Y desde el día que conoces su decisión, empiezas a echarle de menos. Todo se hace más difícil. Más distante. Él es el que se va, el que tiene que hacer y preparar muchas cosas. Él es el aventurero. Los que nos quedamos… pues ya está. Nos quedamos.

 

Nos quedamos a echar de menos. Nos quedamos sin poder cubrir el vacío. Y nos quedamos sin que nadie nos consuele. Él es el aventurero. Él tiene su aventura. Hay que alegrarse por su aventura. Alegrémonos pues. Deseemos que todo vaya bien. Alegrémonos.

 

Pero a mí, esta vez, me apetece estar triste por mí. Por una vez, no me apetece alegrarme por los demás. En la sombra, en la incomprensión, me apetece quedarme triste. Y echar de menos.

 

Luego, todo será igual, me dice. Parecerá que no ha pasado el tiempo, me cuenta. O no. O nada será igual. O quizás sí será igual… pero ¿igual a qué? ¿Igual a cuando? Porque hay muchos qué, y muchos cuandos.

 

Me apetece estar triste. Que otros se alegren por él.

 

 





… juntar palabras…

16 12 2008

Juntar palabras…

Es un bonito juego. Yo aquí sentado. En mi casa. Hoy no estoy en mi sillón orejero. Estoy en mi mesa de portátil… o sea, una mesa camilla que mi portátil decidió apropiarse hace unos cuantos… ¿años?

Y me siento. Abro el procesador, página en blanco y…

Empiezas a escribir. Hoy, estoy tremendamente cansado. He llegado de viaje, he mirado mi correo… y ya debería valer. Pero no. Hay como una necesidad de juntar un par de palabras con otras. De distraer la cabeza con ello. Los ojos apenas están abiertos. Los dedos apenas aciertan en las teclas. Pero no se puede evitar.

Creo que estoy empezando a tener adicción. A juntar palabras.

Es lo que me hacía falta. Otra adicción.

Pero así, juntando palabras, te saludo a ti. Y a ti. Y a ti. Sí, sí, también a ti.

Estos días, me he acordado mucho de esa frase…

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.

¿Me dejas? ¿Me dejas darte un abrazo? ¿Y un beso?

Si te dejas, mi adicción a juntar palabras habrá servido para algo.





…de agendas llenas…

11 12 2008

Hace aire.

Y sol.

Esta terraza frente al mar. Este café hace ya un rato dejó de humear. Pero sigo dándole vueltas.

Gafas de sol. Mi mirada perdida en el horizonte. Un barco sale del puerto. Toca su bocina ronca y potente. No puedo verles, pero siento a los pasajeros en la popa del barco saldando a sus amigos y familia en el puerto. Como si pudieran ya verles. Salvo el del jersey rojo chillón.

Enciendo otro cigarrillo. Sin perder de vista al barco que se aleja. Ya casi es del tamaño de una cáscara de nuez. ¡Adios! ¡Adios! ¡Hey! ¡Allí está tía Enriqueta!

Despedidas. La antesala de los recuerdos. Los análisis. Los pensamientos. La nostalgia. El descanso.

Otra calada. Exhalo el humo. Se diluye en la brisa, que es una forma poética de llamar al viento que se lleva hasta los recuerdos.

Una reunión de amigos. Charlas por aquí. Risas por allá. Algunas confidencias. Consejos. Muchos amigos. Amigos. Amigos a los que contamos nuestras cosas. O no. Amigos que nos ayudan. O no. Amigos a los que apoyamos. ¿Sí?

Es posible sentirse solo y desvalido rodeado de personas. Incluso si estas nos quieren de verdad. Es posible que, por mucho que queramos, no encontramos a quien contarle eso. O aquello. Algunos piensan que no sirve de nada. Yo creo que suele servir de mucho. No van a encontrar nuestra respuesta. Esta, la nuestra, la tenemos dentro. Pero muchas veces no la encontramos. A veces, al hablar, al escucharnos a nosotros mismos contar eso, quizás escuchemos a la vez la pista que nos llevará a encontrar nuestra respuesta. O puede que no suceda. Pero el peso que llevamos sobre nuestros hombros, compartido, es más llevadero.

Otro sorbo de café. Está ya helado. No, no era café con hielo. Sí, sí estaba caliente. Humeaba cuando el camarero, el de la sonrisa bonita, el de la cara más bonita, el del cuerpo todavía más bonito, me lo trajo.

A veces he pensado que no hace falta nadie nuevo en mi agenda. Pero quizás, sin pensarlo, o pensándolo mucho, si los que están no pueden cumplir alguno de nuestros anhelos, de nuestras necesidades, quizás digo, no sobre algún nombre nuevo. Quizás ese sea el que nos ayude a ver el sol a través de las nubes. Aunque el desazón, aunque el desaliento anide en nuestro espíritu. Sobre todo si lo hace en esa habitación que no enseñamos ni a los que más queremos. Y les queremos de verdad.

Pago el café. Sonrío al camarero de la sonrisa bonita. Me trae el cambio. Y yo con pena, me levanto y me voy, Con un nuevo cigarrillo encendido. Y mis manos en los bolsillos.

Hace frío.

Ya no hace sol.

Y estoy helado.





… un secreto…

19 11 2008

Un sorbo de café.

 

Pongo mis piernas sobre el puff.  Las cruzo. La derecha sobre la izquierda. Otro sorbo.

 

Dejo la taza en la mesita de al lado, la que tiene la lámpara. Busco en el bolsillo de la chaqueta mi paquete de tabaco. Un cigarrillo. Enciendo el mechero. Aspiro.

 

Hacía tiempo que no me sentaba en esta butaca orejera. Que no saboreaba mi café, despacio, con mi cigarrillo. Que no ponía mi puff preferido para apoyar mis piernas.

 

Que mi mirada no se perdía en ese cuadro, el que pintó mi tía Ana Mary, en el gaitero.

Una calada… otra.

 

Un secreto. Un secreto muy bien guardado. Cuando escribo. Sobre lo que escribo. Una promesa de contar mi secreto. ¿Cual es?

 

Me sonrío. Cuando hablamos de secretos, siempre pensamos en algo misterioso, en algo que mantenga la atención. Y muchas veces, el misterio, dura lo que dura el secreto.

 

Cojo mi taza. Un sorbo. Café cortado. Por si algún día quedamos a tomar café. Recuerda. Café cortado.

 

Nunca he sido muy “memorístico” Al estudiar, por ejemplo, leía cogía la esencia, lo hacía mío. Cuando lo tenía que contar, lo hacía siempre a mi forma, con mis palabras, con mis expresiones.

 

Siempre hago lo mismo. Leo. Cojo una cosa de aquí, otra de allá. Lo agito en mi cabeza, y sale. Me intento poner en la piel de quien protagoniza mi historia. En sentir lo que él siente. Puedo llegar a sentir la opresión de una ruptura, el dolor de un golpe. Puedo llorar como si el que padece fuera yo. A veces me encuentro escribiendo y llorando por lo que escribo. Porque para describir lo que alguien siente, siento yo antes. A veces duele. A veces no duermo porque siento la angustia del protagonista. Puedo mírame en el espejo y recorrer imaginariamente cualquier cicatriz del cuerpo, y del alma.

 

Apago el cigarrillo. Apuro el café. Cierro los ojos. Y sonrío otra vez. No lo puedo evitar. Sonrío porque nunca un secreto fue tan poco “glamouroso” como el mío. Ojala pudiera contar que te estoy viendo por un agujero. O que tengo un confidente. Pero no hay tal.

 

Es hora de seguir. Una última mirada al cuadro del gaitero. Una sonrisa apagada, melancólica, por tener secretos tan poco… interesantes.

 

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.