No puedo…

2 12 2008

Sigo mirando por la ventana. No miro nada. Tengo la vista perdida en algún punto de la calle. Puede que sea esa farola que parpadea. O en el banco ese donde me suelo sentar con él cuando viene a verme.

Es tarde. Debería irme a la cama. Pero no voy a dormir. Como las noches anteriores.

Un fantasma me ataca todas las noches. Mi fantasma. El fantasma del pasado. Yo quiero que se vaya. Pero no puedo echarle. No soy fuerte. Me puede.

Hace unos días vino a verme. Mi chico.

Fui a recogerle. Le esperé en la terminal. Le vi girar al fondo. Y mi corazón se desbocó. Empecé con un ligero bailoteo, no me podía quedar quieto. Estaba impaciente por echarme en sus brazos. Fueron solo unos breves minutos, pero se me hicieron horas.

Al final, sí, acabé entre sus brazos. Le besé, y le besé. No podía separar mis labios de los suyos.

Nos agarramos de la cintura y fuimos a buscar el coche. No dejábamos de hablar, como desesperados. Reíamos, y no sabíamos de qué. Yo estaba como en una nube. Nervioso. Y creo que él también.

Llegamos a casa. Apenas dejó su mochila en el cuarto y nos sentamos abrazados en el sofá. Nos besábamos. Le miraba a los ojos. Y el miraba los míos. Veía amor… tanto amor que casi me dolía…

Pero hubo un instante. Un momento en que una nube se puso en mi cabeza. Y empecé a llorar.

Él intentó consolarme. Como tantas veces.

Otra vez igual.

No pude confiarme a él. No puedo hablarlo con nadie. Esa nube de mi pasado está ahí. No puedo hacer que se evapore. No puedo hablar de ello. NO puedo contárselo a nadie. Ni siquiera me atrevo a decírmelo a mí mismo en voz alta. Pero necesito contárselo a alguien. Necesito desahogarme.

Pero no puedo.

Dormimos abrazados. Esa noche si conseguí dormir. Una marmota, me dijo él. Así parecías durmiendo, me dijo entre risas. ¿No has dormido tú? Le pregunté. Me gusta verte dormir, me contestó. No quise perderme ni un segundo de tu rostro, añadió.

Pasaron los cuatro días. Paseamos, comimos, reímos. Hablamos con los amigos de lejos. Paseamos, comimos y dormimos. Esas noches, sí. Dormimos los dos.

Pero no puede. Otra vez no pude.

Esa nube… esos recuerdos…

Al final se fue. Al final tampoco fui capaz de hablar con él. De desahogarme. Necesito hablar con alguien. Pero me da tanta vergüenza…

Y necesito todavía más, sus caricias. Sus besos. Sentirme unido a él. Necesito sentirme tan orgulloso de mí mismo como él se siente de mí. Pero esa nube… me atenaza. Me siento sucio, en pecado. A veces me siento un despojo. Ojalá pudiera sentirme orgulloso, como él se siente de mí.

Y lo necesito. Como el respirar.

Me levanto. Intentaré ir a dormir. Pero sé que no lo haré. Otra noche más.

Y ni siquiera puedo llorar.

 —–

Déjate besar y abraar, todo será mucho más bonito.





… de dolor y de compartir…

19 07 2007

Hoy puede ser un gran día.

Sí, un día en que, unos cuantos que yo me sé, decidan sacar ese dolor, esa desesperación que tienen dentro.

He parado un segundo en mi trabajo para escribir estas líneas. Es una buena excusa que me pongo a mi mismo para holgazanear unos minutos. Luego tocará correr, pero correremos con gusto. Esto último puede ser interpretado de múltiples formas. Pero no. No es de esa forma. ¡Que más quisiera!. ¡Y que fuera con ayuda externa!. Pero hoy no toca. Tampoco tocó ayer. Ni tampoco… mejor… dejamos esta disquisición.

Sentimientos. Exteriorizarlos. Ser fuertes.

Es un buen momento para dar una vuelta al café. Pero me conformaré con emitir alguna que otra voluta de humo. De mi cigarrillo.

La sociedad, en general, ve mal que los hombres exterioricemos nuestro dolor. Debemos ser fuertes. Alex. Amanuense. Yo mismo. Y alguno más que yo me sé. Parece que los demás deben beber de nuestra valentía. Nos cuesta exteriorizar nuestras emociones. Una sonrisa nos sirve de cortina de humo. Una sonrisa falsa. O un baile desenfrenado. O unos gin tonics de más. O lo que toque.

Pero llega un día. ¿Qué día? Ese. O aquél. Un día en que no nos podemos levantar porque nos duele el corazón. El alma. Los ojos nos escuecen de aguantar tanta lágrima. Y ese día, todo se derrumba. El vacío que el dolor nos ha producido en nuestras entrañas lo abarca todo. No sentimos nada dentro de nosotros. No somos nada.

Pensamos que, la gente que tenemos cerca, no necesariamente en lo físico, también en lo virtual, no podrán soportar vernos tristes. Vernos llorar. Pero muchas veces, los que nos quieren, lo que no soportan es que no confiemos en ellos para llorar, para desahogarnos.

Pensamos que, si son más jóvenes, no están preparados. Que, porque somos más mayores, no podemos defraudarles. Debemos ser duros. Y en general nos sorprenden, si llegamos a intentarlo. De la capacidad de cariño que tienen. De la visión tan acertada que también son capaces de aportar a cualquier situación. Y de lo bien que soportan sus hombros nuestra cabeza para llorar. Sus caricias reconfortan también. Porque si nos quieren, estarán.

Si somos nosotros más jóvenes, pensaremos que nos tildarán de bobos, o débiles. Que no nos entenderán. Que pensarán que son niñerías. Y también nos sorprenderán con su capacidad de empatizar. De meterse en nuestra piel. Porque nos quieren. Y eso hace que cualquier barrera que en un principio pueda existir, desaparezca.

Y si son de nuestra edad, da igual, tampoco confiaremos. Porque pensaremos, que… ¡para qué molestar! Que los amigos no están para eso. Y yo en cambio pienso que, los amigos somos mucho más felices si, a esos que queremos, les podemos ayudar aunque sea solo escuchando, o dejando que lloren en nuestro hombro.

Es un buen momento de nuevo para dejar que el humo suba, y suba… y suba.

Mis ojos lo sigue en su ascenso.
Veo como los hilillos que forman en un principio se hacen menos duros. Van formando una unidad con el aire. Se difuminan. Como el dolor cuando lo compartimos.
Muchas veces, esa fortaleza aparente, sólo es una muestra de debilidad.

Déjate besar y abrazar, que todo será más bonito.