… de cafés tranquilos, de agobios, y de chicos cabezotas…

9 05 2009

Hace tiempo que no me tomo un café aquí. Y que no me fumo un cigarrillo pensando y mirando el cuadro de mi tía Ana Mary. Debería ir a verla un día. La pobre está ya un poco pachucha. Le cuesta moverse. Con lo dicharachera que era ella. Si la he visto unas cuantas veces es porque ella ha venido a vernos. Si fuera por mis padres, ni la hubiera conocido. Y eso que vive en Asturias, que no pilla lejos de aquí… ¿O sí?

Estoy cansado. Me permitiréis que una vez más apoye las piernas en este puff maravilloso. Ha sido una semana dura. Sip. Dejadme coger la taza de café… y darle un par de vueltas. Humea. ¡Qué aroma! Un sorbo. Dejadme que coja un cigarrillo, y lo encienda. La primera calada con el café, aquí, sentado y mirando el cuadro que pintó mi tía Ana Mary, sabe a gloria.

Ahora parece todo irreal. Aquí, tranquilo. Nada parece poder alterar mi tranquilidad. Durante todos los instantes de esta semana, fue al revés. Nada parecía poder relajarme. Ya desde la noche del domingo al lunes, fue así. No pude pegar ojo. Y lo poco que dormí, fue sin descansar. El lunes mal, el martes, peor, porque estaba más cansado… y el miércoles… y el jueves fue horroroso… el viernes algo mejor, pude al final dormir un poco.

Dejadme que de otro sorbo al café. Dejadme que saboree otra calada de mi cigarrillo… mira como sube el humo, como se pierde en la oscuridad, cuando sale de la influencia de la luz de la lámpara de pie.

Es difícil salir un poco de ese camino que te marcas. El agobio, no descansar, lo que te agobia más,  no rindes, te agobias más, no llegas a nada, te agobias más, no sabes como relajarte, te agobias más, no quieres la compañía de nadie, porque piensas que eres mala compañía para cualquiera. Y como casi siempre, cuando tú mismo has cogido el papel de optimista, de fuerte, nadie piensa que necesites ayuda. O que simplemente necesites que no te machaquen. Nadie te ve. Y tú, claro, no puedes decírselo a nadie. Porque en el fondo, no sabes como hacerlo. Porque además, en estos momentos, solo te pueden ayudar un grupo reducido de personas. Esas a las que quieres de una forma u otra, y soportas, claro. Pero como eres fuerte, nadie te mira a la cara, nadie te mira a los ojos… y te dice… “mi pobre”, y te arrulla, o te coge de la mano, y te lleva a comer una hamburguesa, o al restaurante de moda, que total, hoy es un día, y el resto del mes comeremos pasta.

Espero que algún día quieras tomar un café conmigo. Sí, aquí delante, enfrente mío, y te pueda contar todas estas cosas que te estoy contando ahora. Estas y otras. Y me dejes ver como disfrutas del sabor, del aroma del café. Un café, es una de las formas mejores para compartir pensamientos, sensaciones, inquietudes. De simplemente compartir un rato. El té de las 5 de los ingleses,  seguro que tiene esa razón. Si no tenía esa excusa, no saldrían de casa.

Es curioso, ahora que hablo de fuertes, sabéis, es como yo veo a Iñaki, uno de “los chicos de la gorra”. Tiene que tirar de Marc. Tiene que conseguir que duerma, que se relaje, que afronte todas las muchas cosas que la vida le ha echado encima. Tiene que conseguir transmitir su amor, con gestos medidos a veces. Tiene que ayudar a afrontar problemas que tan siquiera comprende. Pero él está solo. No, sí, tiene muchos amigos. Pero ese apoyo que él necesita, no lo encuentra. Y no sabe pedirlo. Porque se ha acostumbrado a callar. Porque no quiere además hablar con Marc, y ponerle más cosas encima de la mesa. Y porque Iñaki, lo sé bien, porque también me pasa a mí, es orgulloso. No, no es de este orgullo chuleta. Es orgullo, de amor propio.

El personaje de Marc, también es orgulloso. O cabezota. Necesita tanto amor que no ha tenido hasta hace 4 días… Necesita ser a ratos niño, esa infancia que no ha disfrutado. Ser caprichoso como los niños. Ser testarudo. Y que cuando se hace pupa en la rodilla, aunque sea por portarse mal, venga su papo, o su hermana pequeña, o su chico, y le canten con voz melosa “cura, cura sana, y si no se cura hoy, se curará mañana” y le den un abrazo, y le den besos de la abuela. Y el personaje de Marc, necesita también amar como hombre. Como hombre que ama a otro hombre. Pero no puede… porque tiene demasiado dentro esas cosas que le decían de peque. Esas cosas que le hacían de peque.

¿Y que hacemos cuando dos chicos que se aman hasta la médula, que han luchado como pocos por su amor, se enfadan, discuten, y aunque hablan,  no acaban de encontrarse en el camino de la vuelta a ese estado de las parejas en el que todos a su alrededor salen corriendo para no quedarse pegados por el azúcar que desprenden?

No sé como escribir el capítulo de la reconciliación. Podría meterme yo mismo en la historia, como personaje, e ir a un sitio, coger de la oreja a uno de ello, llevármele sin soltar la oreja hasta dónde está el otro, coger a este otro también de la oreja, y sentarme en medio hasta que por aburrimiento se besen y se besen. Y se besen. Y se miren como tortolitos. O podría meterme en la historia sí, e ir a ver a uno de ellos, y pasear junto al mar con él, y hacer que hable, y hable, y hable, y hable. Y darle un par de cientos de abrazos. Y una patada con rumbo al aeropuerto.

Pero esto no sé, creo que no sería ni factible, ni creíble. Un autor de relatos, encima malo, que se mete en la propia historia, y se convierte en uno de los protagonistas.

No sé. Estoy perdido con la historia de Iñaki y Marc. Porque no sé como sortear esa cabezonería de los dos. Y esos muchos fantasmas que se han instalado en sus cabezas. Porque debería echarles a todos.

Es uno de esos puntos en que el escritor se queda en blanco.

Aprovecharé entonces a recuperar la historia de café para dos,  aquella historia que fue creciendo en el blog antiguo, y que nadie leía. Ya verdad es que creció un rato la tía. Empezaré un día de estos por el 1º capítulo, y poco a poco la recuperaré entera. Y acabaré de escribirla, claro.

Tengo la boca seca de tanto hablar. Y el cerebro me echa humo de tanto pensar. Total no he encontrado respuestas ni para mí, ni para la historia de los chicos de la gorra, para Marc e Iñaki.

Y encima, el café se ha enfriado.

Déjate besar y abrazar, que todo será más bonito.





Un regalo de cumpleaños…

8 02 2009

Había sido un día duro de trabajo. Le habían ascendido hacía unas semanas, y aunque no había sido todo lo complicado que en un principio pensó, la verdad es que le hacía sentirse cansado al final del día. Y es que además, ahora debía hablar más, y hacerse entender, y lo del idioma no lo llevaba nada bien. Todavía no le salía con naturalidad.

 Miraba su calle. No era muy amplia, ni la más concurrida, ni la más bonita, pero estaba bien. Tenía un parque en un costado. Era céntrica. Y tenía árboles en las aceras. Las casas eran bonitas, eran casas con muchos años, pero bien conservadas y reformadas. Estaba contento con el barrio.

 Miraba la gente que pasaba. La señora del edificio de enfrente, la del 4º. No, no lo sabía porque él estuviera chismorreando de los vecinos, más bien al revés. Un día que él estaba con su novio, besándose al lado de la ventana abierta, en verano, miró de reojo al edificio de enfrente, y allí la vio, inclinada en su ventana para tener todavía mejores vistas. Se acordó de ese momento, y no pudo evitar sonreír. Se lo dijo a su chico y la miraron directamente… jijijiji… y la saludaron con las manos, mientras sonreían con una intensidad que, ni en los anuncios de pasta de esa que blanquea los dientes…  y a la señora la dejó tan pasmada, que se le cayeron las gafas a la  terraza del piso de abajo… jijijiji. Y a la mañana siguiente, casualmente se la encontraron en la calle, y la saludaron como si fuera una amiga de la familia de toda la vida. Jijijiji. Pero era una mujer muy salada… al cabo de unos días, les invitó a tomar café con pastas en su casa. Y fueron. Va, y se lo pasaron bien. La pobre mujer no acababa de entender ni aprobar que dos chicos se amaran, pero al verles como se miraban decía… “no será tan malo cuando hace que dos personas se miren así” y añadía a continuación… “soy demasiado vieja para cambiar… en mis tiempos estas cosas no se veían…”

 Miraba la gente pasar. El señor del perro… un pastor alemán juguetón… el matrimonio joven con sus dos niños, gemelos a la sazón, que eran dos terremotos. Los pobres le daban pena… se les notaba cada día las pocas horas de sueño que habían tenido. Las ojeras iban avanzando día a día… La mujer ya no iba a la peluquería… el chico no se afeitaba ya todos los días… ya no sonreía.

 Miraba la gente pasar. Vio un taxi pararse delante de su casa. Era un chico joven que se bajaba. No le veía bien, le tapaba un poco un árbol. Le sonaba la forma de moverse. Sería un vecino, porque parecía que iba a su portal. Pudo distinguir             que llevaba una gorra… parecía azul… pero un azul muy raro… deslavado… Parecía que llevaba un paquete de regalo, y llevaba una mochila, y una bolsa de deporte. Y sí, venía hacia su portal…

No podía ser…

Le dio un salto al corazón… no… no… no…

Era él… era Iñaki… Era su chico…

Su corazón se puso a mil…se dio la vuelta de repente, y no calculó bien y se dio un golpe en la rodilla con la butaca orejera que tenía para leer al lado de la ventana… fue corriendo, en realidad fue casi arrastrándose… la rodilla le dolía… al baño, encendió la luz, y salió de su boca un ¡¡¡Mierda!! Que hubiera asustado hasta al más duro entre los duros de los barrios duros de la ciudad. No se gustaba nada… el pelo estaba hecho una pena, tenía ojeras, una espinilla campaba a sus anchas en su nariz. Seguro tenía mal sabor de boca… un enjuague… mierda, no se abre… da igual… pasta de dientes, ¡¡hala!! Medio tubo al lavabo.. atinó mal con su boca, y casi se mete en cepillo por la nariz… uno, dos tres… uno arriba… derecha…una pasada por la izquierda… abre el grifo, llena el vaso, es un decir lo de llenar… un sorbo, se enjuaga, y escupe. Otro trago… “Ding… dong…” ¡¡Mierda!!Ya está ahí… se podía haber estropeado el ascensor como otros días, justo cuando venía del super… y acababa subiendo la compra, cargado como un mulo, por las escaleras… Se echa una última mirada al espejo, aunque acaba cerrando los ojos para no verse… y se lanza a la puerta… La abre, y sin dejar que, el chico con gorra que hay al otro lado, diga algo, se lanza a su cuello, cual vampiro de la noche, y junta sus labios con los de su chico. Con una mano, le quita la gorra, con la otra, le agarra de la cintura, y le pega a su cuerpo… Era un beso eterno… no había espacio ni tiempo en él…

 - Ejem… perdón… ¿Os importaría dejarme pasar? Siento molestar de verdad, pero…

 Los chicos de la gorra, miran hacia donde ha salido esa voz. Se separan, como si estuvieran haciendo algo malo… y no pueden evitar ponerse rojos…

 - Es que se ha estropeado el ascensor… pero podéis seguir… – Siguió diciendo el señor del 6º, con una sonrisa picaruela..

- Pase, pase… perdónenos…

- No hay nada que perdonar… ¡¡hasta luego!!

 Entraron en casa, y sin apenas tener tiempo para cerrar la puerta, y dejar los bultos en el suelo, ya estaban los dos besándose.

 - ¿Vamos al dormitorio? – Dijo Iñaki.

 Marc se quedó parado. Algo se había cruzado en su cabeza. Otra vez. Una barrera infranqueable.

 - Confía en mí – le dijo Iñaki.

 Agarró de la mano a Marc, y se dirigió al dormitorio. Solo encendió la luz de la mesilla que estaba más alejada de la puerta, y del armario… y del espejo. Precisamente frente a él, hizo que se colocara Marc. Pero se dio cuenta que la luz era demasiado escasa para lo que quería. Encendió la lámpara de la mesilla de este lado de la cama. Así estaba mejor. Marc le iba siguiendo todos los movimientos, con la boca abierta. Estaba asombrado, y también asustado por otro lado. Pensaba que Iñaki le iba a pedir que se amaran… y seguía sin poder… era superior a sus fuerzas. No podía… entregarse. No podía soportar el que sus miembros se juntaran… le asustaba tocar el pene de Iñaki. No era miedo… era rechazo… era superior a sus fuerzas… y le amaba tanto… amaba tanto a Iñaki…

 - Confía en mí – le repitió Iñaki.

 Le corrigió la postura frente al espejo. En un principio le puso de frente completamente, ahora le corrigió y le puso en diagonal. Miró al espejo, pero no le gustó, así que le volvió a colocar de frente completamente.

 Se puso justo enfrente de él. Mirándole a los ojos. Bajó un poco la cabeza, Iñaki era más alto, y besó suavemente a Marc. Nada comparado con el beso de la escalera de hacía unos minutos. Muy suave. Apenas rozando sus labios. Besos cortos, suaves. Seguían siendo suaves caricias de unos labios contra otros. Se separó un poco, le miró a los ojos. Sonrió.

 De repente se arrodilló. Marc se puso nervioso, dio un imperceptible paso atrás. Creyó que Iñaki iba a hacerle una mamada. O algo parecido. Iñaki se dio cuenta del movimiento. Levantó la mirada… y con toda la dulzura que pudo imprimir a sus ojos, con un toque de reproche, por la falta de confianza, consiguió que Marc se relajar otra vez… al menos que volviera a recuperar su posición de hacía un rato.

 Iñaki cogió el cordón de una de las deportivas que llevaba Marc, tiró de él, para desanudársela. Hizo lo mismo con la otra. Levantó uno de sus pies, y le sacó la zapatilla. Seguido le quitó el calcetín. Volvió a posar el pie de Marc en el suelo, y se agachó, y le dio un beso en el empeine del pie. Levantó su mirada, para ver la cara de Marc… no iba mal… de momento en su cara solo había sorpresa, miedo, ansiedad… y unas gotas de asombro.

 Hizo lo mismo con el otro pie.

 Se levantó y se puso detrás de Marc. Casi pegando su cuerpo al de él, pero procurando que no se tocaran. Pasó sus brazos, como si fuera a abrazarle, pero intentando que no tocaran el cuerpo de Marc. Fue a su camisa, y empezó a desabrocharle los botones. Cuando lo consiguió con el último, le quitó suavemente la camisa.

 Fue a sus pantalones. Le desabrochó el cinturón. Le desabrochó el botón, y el enganche. Le bajó la cremallera, procurando que no rozara en ningún momento su mano con el miembro, o los testículos de Marc. Y dejó caer sus pantalones. Se iba a agachar a quitárselos, pero Marc, son sus pies, se lo quitó y lo apartó de una patada. Iñaki, entonces, cogió los slip de Marc, desde los lados, y los dejó caer al suelo.

 Se quedaron los dos mirando el  Espejo. Marc, desnudo, Iñaki detrás, vestido, asomando su mirada por encima de la cabeza de su chico.

 - ¿Tú no te desnudas? – dijo Marc.

- ¿Si me quieres desnudar tú?

- No bueno… desnúdate tú…

- Hazlo tú, por favor – le suplicó Iñaki. Has visto que es fácil. No ha pasado nada- Si no lo haces, me quedaré vestido – amenazó Iñaki.

- Pero…

- Por favor… ¿Me desabrochas las Adidas? – y diciendo eso, levantó un poco su pie derecho…

 Al final Marc cedió. Se agachó, y le fue quitando sus zapatillas, y sus calcetines. Se levantó y le quitó la camiseta que llevaba. No pudo dejar de mirarle el pecho… como le gustaría poder disfrutarlo… le gustaba mucho… mucho… pero… no podía cruzar esa barrera… Le desabrochó el botón del vaquero, y se lo bajó. Y le bajó seguido el bóxer. Ahí estaba su pene, sus testículos… el bobo de él la tenía medio erecta… Se levantó de un salto…

 - ¿Y ahora qué? Ya estamos desnudos.

- Tranquilo… déjame unos minutos.

 Iñaki cogió su mochila. Sacó una especie de foco. Un cable. Y un bote de Nocilla. El foco lo instaló arriba del armario, mirando hacia dónde estaba esperando Marc.  Lo encendió, después de tirar el cable hasta un enchufe que había al lado de la puerta. Marc, entrecerró los ojos… le deslumbraba la luz…

 Iñaki cogió el bote de Nocilla, y se volvió a poner detrás de Marc.

 - ¿Ves esta marca? – dijo Iñaki.

- Cómo no la voy a ver… veo esa…

- Vale, la ves… espera porque yo no la veo muy bien.

 Y diciendo esto, untó un dedo en nocilla, y fue siguiendo esa marca, dejándola marcada con la crema.

 - ¿Ves esa otra marca aquí? – dijo señalando el pecho por el otro lado.

- Pues…

- Pues yo no

 E hizo lo mismo. La recorrió suavemente con su dedo, untado en Nocilla, dejándola marcada.

 - ¿Ves esta otra? – Le dijo señalando una marca que cruzaba el pecho de derecha a izquierda – Pues yo no – le dijo al oído sin dejar que le contestara.

 Se separó un poco, y observó las tres líneas que cruzaban el pecho de su chico. Miró hacia atrás, y vio el armario que estaba al otro lado de la cama, con un espejo también. Fue hacia él, y abrió la puerta del espejo para que en combinación con el otro, hiciera que se viera la espalda de Marc.

 - Date la vuelta – le dijo Iñaki.

 Y Marc lo hizo esta vez sin protestar.

 - ¿Ves esta marca de la pierna? Yo no la veo bien.

 Y untando otra vez el dedo en la Nocilla, siguió la marca que cruzaba el muslo derecho de Marc.

 - Esta tampoco la veo – siguió diciendo, sin dejar ya espacio entre marca y marca.

 Y así siguió delineando con Nocilla cada una de las muchas cicatrices y marcas que tenía Marc en sus piernas, en su culo, en su espalda. Pintaba líneas suaves sobre la piel de su chico. Parecía el dibujo de las venas y arterias de su cuerpo. Pero solo eran cicatrices. Muestras y recuerdos de un pasado doloroso y triste.

 Marc estaba como hipnotizado. Ya no oponía ninguna resistencia. Pero no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas. Iñaki no dejaba de mirar la cara de Marc. No dejaba de observar cada minuto sus reacciones. Se paró un minuto. Quería afrontar las dos últimas marcas con un poco más de calma.

 - Sí veo en cambio, esta marca. A lo mejor no la ves tú. Te la voy a señalar para que la puedas ver bien

 Y diciendo esto, se puso enfrente de él, y le hizo un punto en su frente.

 - Y sí veo en cambio, esta otra marca. Creo que esta marca, no la acabas de ver bien. te la voy a señalar… para que la observes bien.

 Y diciendo esto, se agachó y recorrió el pene flácido de Marc, de arriba abajo.

 Marc seguía como hipnotizado. Ahora no podía ni moverse. Veía su cuerpo casi completamente lleno de Nocilla, recorriendo las decenas de cicatrices y marcas que tenía en su cuerpo. Las marcas que le producían tantas noches sin dormir, que le hacían angustiarse tantos días, aunque muchas veces no supiera por qué era.

 - Para ti, cada una de estas marcas son una muestra de vergüenza – empezó a hablar Iñaki, sin dejar de mirarle a los ojos. – Para ti, cada una de estas marcas, suponen tu recuerdo a un tiempo pasado. Un tiempo pasado que te domina. Que no te deja respirar. Para mí, cada marca que llevas en el cuerpo, es una razón de orgullo. Te amo un poquito más, por cada una de ellas. Muchas veces las he recorrido con mis dedos. Hoy, quiero que, de alguna manera, empiecen a formar parte de mí también. Quiero que, a partir de hoy, estas marcas sean una forma de sentirnos más unidos. A partir de hoy, tendrán otro significado. Dejarán de significar pasado… significarán futuro.

 Y acercó su boca a la primera marca que había pintado con Nocilla. Y la recorrió con su lengua, recogiendo con ella, toda la crema que había extendido minutos antes.

 - ¿Ves? Esta marca ya es un poco mía. La tengo en mi boca. La saboreo. Como saboreo cada vez que te miro, el orgullo que siento por ti.

 Volvió a inclinarse, y recorrió la segunda marca. Y la tercera. Se separó un poco, y con una inmensa dulzura en su mirada, acercó sus labios a los de Marc. Se dieron un beso… compartiendo las marcas en su boca.

 Así fue haciendo con cada una de las líneas que había trazado en el cuerpo de Marc. De vez en cuando, paraba, y compartía con sus besos, la  crema que iba retirando de la piel de Marc.

- Nos quedan solo dos marcas. Ésta primera.

 

Y recogió la Nocilla con la que había hecho un punto en la frente de Marc.

- Y esta segunda.

 Y arrodillándose, alargó su lengua, y recorrió suavemente el pene de Marc.

 Se levantó de nuevo… y acercó muy despacito sus labios a los de él. Y nuevamente se besaron.

 Marc, empezó a reaccionar… se sentó en el suelo, dobló sus rodillas sobre su pecho… y empezó a llorar. Era un llanto casi histérico. Nunca había llorado así. Era unas lágrimas de liberación. De tristeza. De alegría. Del pasado, del presente… del futuro… de amor.

 Iñaki por primera vez en ese día, no sabía como reaccionar. No sabía si sentarse con él y abrazarlo, o dejarle llorar. Al final se agachó, y en cuclillas, la acarició suavemente una mejilla con su mano. Pero sin poder evitarlo, también unas lágrimas asomaron en sus ojos. Había tomado muchos riesgos al llevar a cabo este juego. Y no estaba ahora seguro del resultado.

 Al cabo de unos minutos, Marc se relajó un poco. Dejó de llorar… por lo menos de tener esos espasmos en todo el cuerpo a causa del llanto. Le miró a los ojos… a los también llorosos ojos de Iñaki. Y en un impulso, se lanzó contra el cuerpo de Iñaki, como si estuviera placando en un partido de rugby. Y empezó a hacerle cosquillas… Marc intentaba liberarse… tenía muchas cosquillas… pero la sorpresa, y el estar ahora debajo del cuerpo de Marc, se lo impedía… al final solo podía intentar protegerse lo más posible… Marc parecía que tenia más brazos que un pulpo… cada uno de ellos con 20 dedos. Y fue haciéndose un ovillo… un ovillo que se movía espasmódicamente a cada momento… mientras una carcajada continua salía de su boca…

 Marc paró. Se quedó encima del cuerpo de su chico. Se fue acomodando, hasta acabar con su cabeza sobre su pecho. Iñaki poco a poco fue abrazando a Marc. Iñaki pensaba en que no le había dado el regalo que le traía. Pero… así estaban tan bien… Y así pasaron un buen rato… en silencio. Solo sentían cada uno latir el corazón del otro.

 - Feliz cumpleaños, amor. – dijo al final en un susurro Iñaki, al oído de Marc.

- Calla bobo.

 Y así pasaron un buen rato más… estaban tan bien…





…los chicos de la gorra… (1ªparte)

16 11 2008

Paseaba por el paseo marítimo. Hacía un poco de aire, y el mar parecía un poco enfadado. Pero era un día estupendo para dejar que el tiempo pasara sin necesidad de hacer nada.

 

Llevaba ya mucho tiempo andando. Me senté en la barandilla de piedra. Casi me daba vértigo, no suelo hacer esas cosas, pero ese día, me atreví. Debajo, la playa. Un poco más allá… el mar del norte, enfadado.

 

El último rayo de sol se esfumó. No me di ni cuenta cuando empezó a llover. No era una lluvia fuerte. Me subí los cuellos del anorak, y me quité las gafas. El agua que caía no estaba muy fría. Me gustaba. Me recordaba esos paseos por Valladolid que me gustaba dar hace años, lloviendo y lloviendo, sin paraguas ni gorro. ¡Cómo me relajaba aquello! Pero los años pasan, y las convenciones también.

 

Me fijé en los que había en la playa. Unas chicas corriendo, casi dónde rompían las olas. Un señor andando a paso rápido. Otro señor jugando con un perro y una pelota.  A todos parecía no importarles la lluvia.

 

Me fijé también en dos chicos. Me llamaron más la atención, porquen estaban sentados en la playa, en la arena. Ni siquiera tenían una toalla debajo. Los dos llevaban gorra. Uno parecía más alto que el otro. El más bajo, apoyaba la cabeza en el hombro del más alto. Y éste, lo hacía sobre la cabeza de su compañero.

 

No sé por qué, solo viéndoles… me llené de alegría, de tranquilidad… no, no encuentro la palabra adecuada… serenidad, o felicidad… algo así.

 

Era una estampa que indefectiblemente, te hacía pensar en el amor. Pero en el amor más allá de esas palabras edulcoradas, azucaradas, empalagosas que algunos entienden por amor. Más allá de gestos vacuos, o grandilocuentes, de gestos materiales.

 

Era una imagen, la de esos chicos agarrados, formando como un solo cuerpo, que te hace evocar esos amores en los que cada parte es el sostén de la otra parte. En los que, los amantes se entiendan con un pequeño gesto, con la forma de respirar. En la que, un amante haga sentir al otro orgulloso de sí mismo, al menos como él lo está. En que cada uno hace volar al otro por encima de miedos, de tristezas, de golpes y de pasado.

 

Siento envidia de verlos. Me dan ganas de sacar una foto, y publicarla a los cuatro vientos… para demostrar al mundo lo bello que es el amor. Incluso el amor entre hombres.

 

Siento envidia. Mucha envidia.

 

Los chicos de las gorras.

 

Dejaos besar y abrazar, todo será mucho más bonito.