Capítulo V: Joaquín y Arnau

12 08 2009

Arnau salió de la cafetería. A paso rápido. Casi corriendo. No podía evitar que los ojos se le humedecieran.

Llegó a su parque. A su banco. Se tiró en él como si fuera el sofá de su casa. Su casa. ¿Cuál era su casa? Creía que la que compartía con Iñaki era su casa. Pero empezaba a creer que, el piso en el que hasta hace un tiempo vivía con Joaquín era verdaderamente su casa. Al fin y al cabo, era donde acababa volviendo cuando le iban mal dadas.

Se acomodó en una esquina del banco. Subió las piernas y las juntó a su pecho. Las apretó con sus brazos como si le fuera la vida en ello. Su bandolera cayó al suelo, y ni siquiera se dio cuenta. Y ahí, en su banco, en su parque, lloró. Sin tapujos.

Tenía la mirada perdida en el horizonte. Giraba la cabeza como si estuviera mirando algo. Pero miraba y no veía. Así no se dio cuenta de que alguien estaba observándole desde hacía un rato.

Esa sombra de la noche, al final se decidió y se sentó en la otra esquina del banco. Y le tocó suavemente sus Adidas.

Arnau se sobresaltó. Tardó en fijar la vista. Y cuando vio quien era el culpable de su sobresalto, no dudó en lanzarse a su cuello. Le abrazó y lloró todavía con más fuerza.

- Hey, chico-duro.

- No te rías de mí encima. ¿Cómo me has encontrado?

- Recuerda que no tenemos secretos – le dijo pasando suavemente el dorso de su mano por su cara -  A parte, te vi salir del “Caimán”. Y como te conozco un poco, cuando me pude librar de Isabel y de Juan, me vine para aquí. ¿Qué te ha pasado? ¿Iñaki?

- ¿Conoces algo que me afecte tanto como para…?

- Vale, vale – le atajó Joaquín – creía que yo también te importo un poco… – le dijo con la clara intención de picarle.

- Eres gilipollas ¿lo sabías? – le dijo Arnau sonriendo imperceptiblemente.

- Ya lo sé. Llevo más de 3 años diciéndotelo cada vez que me das la más mínima oportunidad. Pero tú no me haces caso… yo te digo… “Arnau, que soy gilipollas”… pero tu insistes en decírmelo cada dos por tres como si fuera un descubrimiento tuyo…

Arnau no lo pudo resistir más y le dio un beso. Un potente piquito en los labios.

- ¡Vaya! – le dijo Joaquín cuando Arnau se separó para coger aire. – ¿Repetimos? Así ahora, me dará tiempo a abrir la boca… – se separó un  poco de su abrazo, pero sin dejar de rodearle, y le miró a los ojos – Vamos… – lo dijo abriendo aparatosamente la boca…

Y Arnau siguió sus instrucciones al pie de la letra, y se acercó a su boca de nuevo… y le besó. Pero en esta ocasión era más que un pico. Introdujo su lengua en la boca abierta de Joaquín, y masajeó sus labios con los suyos. Juntaron sus lenguas, mientras Arnau empezaba a acariciar suavemente la espalda de Joaquín.

Joaquín se dejaba llevar. No se decidía a acariciar también a Arnau. Esta situación la había soñado muchas veces. Pero ya creía que era un sueño que nunca se haría realidad. Amaba a Arnau desde hacía tiempo Pero Arnau nunca le había mirado como nada más que su mejor amigo.

Joaquín se planteó por un momento en parar. Porque sabía que, posiblemente, al día siguiente, Arnau se arreglaría con Iñaki y esta noche sería como una nebulosa en su mente. O en el peor de los casos, su amistad se vería perjudicada. Pero con Arnau en sus brazos, con sus lenguas juntas, jugando, con sus labios acariciándose, ora con pasión, ora con delicadeza… no le quedó mas que unir sus manos a la fiesta y explorar debajo de la camiseta de Arnau, esa suave piel con la que tantas noches había soñado, sueños que le habían servido de inspiración para tantos momentos de gozo en solitario.

Arnau se separó otra vez. Se miraron a los ojos. Los dos sonrieron. Joaquín, en este respiro que le dio Arnau, pensó otra vez la conveniencia de poner las cosas claras. Y ahora, sin la lengua de él en su boca, era mucho más fácil…

- Arnau, no sé como decirte esto… pero… espero…

- Chsssssss, ¡Calla! No digas nada. No me voy a arrepentir de esto, si tú no te arrepientes. En el fondo llevaba tiempo queriéndolo hacer.

- Pero… ¿Iñaki?

- ¿Tú le ves aquí? – lo dijo girando grotescamente la cabeza, como buscándolo.

- Pero… mañana…

- ¿Mañana? Yo solo veo hoy…

- No sé…

- ¿No te ha gustado?

- Bobo. Sabes que sí. ¿O no se nota?

- No sé… espera que no he podido comprobarlo…

Y mientras acababa de decir estas últimas sílabas, se fue acercando de nuevo y juntó de nuevo sus labios con los de Quin. Y este beso todavía fue mucho más lento, como saboreando cada milímetro de sus labios, de su legua, quitando el polvo a sus dientes, con suavidad, como si lo hiciera con un plumero… tanteaba con sus manos la espalda de Quin, incluso el principio del maravilloso culo que tenía, tanteaba el principio de ese maravilloso precipicio que separaba las dos montañas que formaban su culo. Y sentía como las manos de Quin, hacían lo propio, con mucha delicadeza, como tanteando el camino, como disfrutando de cada milímetro, y de repente sintió como esas manos profundizaban más y estaban ya palpando su propio culo con delicadeza y pasión a la vez…

- Pues no sé que decirte, Quin… espera que voy a intentar comprobar si te gusta o no…

Seguían con esos besos. Era difícil separar donde empezaba uno y acababa el otro. Arnau solía tener la costumbre de cerrar los ojos cuando besaba. Pero hoy, no sabía muy bien por qué, se encontró disfrutando de cerca de los ojos marrones de Joaquín. De su brillo, de su chispa. De repente fue consciente de que estaba tremendamente excitado. Puso una de sus manos suavemente sobre el pene de Joaquín, y comprobó que, él estaba igual.

- Quin, vamos

Se levantó de repente. Agarró con una mano su bandolera que vio al levantarse del banco y con la otra la mano de Joaquín.

- ¡Vamos!

Joaquín al final se levantó. Es cierto, tenía una erección que… incluso le dolía. Los pantalones le apretaban demasiado. Y sentir la palma de la mano de Arnau sobre él, con esa suavidad, no había colaborado a que esto fuera menos… duro…  Pero aún así, en algún sitio de su mente, tenía sus dudas. Iba a ser una noche memorable, pero creía que posiblemente, mañana lloraría. Pero no podía despreciar esta oportunidad de gozar del cuerpo de Arnau…

- Vamos, vamos… Por cierto… ¿A dónde?

- A tu casa… digo…

- ¿A sí? Vaya, como siempre invitándote a ti mismo.

- Me dijiste un día que, lo tuyo era mío.

- ¿Sí? ¿De verdad que dije eso? ¿No sería ese día que tuve tanta fiebre?

- Pues a lo mejor…

Arnau aprovechó que Joaquín sonreía para comerse esa sonrisa con la suya. Y volvió a juntar los  labios… pero volvió a separarlos cuando él intentó rodearle con sus brazos…

- ¡Vamos!

- ¡¡Muévete!!

- Pero si eres tú el que está embobado mirándome a los ojos… por cierto… tienes unos ojos preciosos… ese azul que tienes[j1] … no lo he visto en nadie más que en ti…

- Pues he de reconocer que, nunca antes de hoy me había fijado en tus ojos. En esa chispa que tienen, en ese brillo…

- Creo que he sido invisible en muchas cosas para ti…

- No digas eso, parece que he pasado de ti, y sabes que te quiero con toda mi alma

- Ya lo sé… pero también tengo cuerpo, y tengo polla, y tengo culo, y tengo manos… y piernas, y pies… y tengo sentimientos, y amo con toda mi alma…

- ¿A sí? ¿Eso que tienes por delante tan caliente… y que antes he rozado con mi mano…

- ¿Rozado dices? Pero si casi la exprimes como las naranjas para el zumo del desayuno…

- ¡Que bobo eres!

- Mira, de eso te diste cuenta enseguida…

- ¡Vamos!

- Vamos, vamos – le dijo con sorna Joaquín – Vamos… no haces más que decir eso pero tus pies parece que han echado raíces como el árbol ese… ¡¡Vamos!!

Y al final fue Quin quien tiró de la mano de Arnau.

Y empezaron una suave carrera hacia la casa de Quin.

Corrían un poco, y se paraban.

Reían y se besaban.

Corrían otro poco, y se paraban otra vez. Palpaban sus cuerpos… y se reían. Se besaban. Se miraban a los ojos.

Y corrían de nuevo. Riendo.

Llegaron a casa. Apenas entraron empezaron a desnudarse. Iban dejando un reguero de prendas de ropa. Probaban cada milímetro de su cuerpo. Era una competición entre los dos para ver quien mordía antes una parte del cuerpo del otro. Al pasar por el baño, Arnau abrió la puerta y le empujó a Joaquín. Se acabaron de desnudar, y se metieron en ella. Dieron al agua y siguieron besándose bajo el agua. Sus penes se frotaban el uno con el otro. Estaban ardientes, duros. Sus manos apretaban sus glúteos. Hasta algún dedo se atrevía a investigar en la cueva del placer.

Y sus miembros no dejaban de frotarse.

Hasta que al final, primero uno, y poco después el otro, no pudieron contenerlos, y soltaron la primera descarga.

En el comedor, llegó la segunda…

En el dormitorio, la tercera…

La cuarta, fue en la ducha otra vez…

Y, después, ya, durmieron. Arnau apoyaba su cabeza en el pecho de Joaquín. Y éste, tenía una enorme sonrisa de felicidad en la boca.

Sonó el teléfono. Joaquín se desperezó poco a poco. Miró el despertador, y todavía era pronto. Eran las 9. Teniendo en cuanta que, a las 6 estaban todavía despiertos, era pronto.

Dejó de sonar. El que llamaba se había cansado de esperar.

Extendió su mano en la cama, para tocar a Arnau.

Pero Arnau no estaba en la cama.

Se levantó sobresaltado.

- ¡Arnau! – llamó suavemente.

Nadie contestó.

- ¡¡¡Arnau!!! – gritó más fuerte.

Silencio.

Se levantó de la cama y fue una por una por todas las habitaciones. No estaba.

- ¡¡¡¡Arnau!!!! – volvió a gritar, esta vez con un toque de desesperación.

Volvió a sonar el móvil.

No hizo nada por buscar el móvil.

Dejó de sonar.

Se sentó en el salón. Vio su móvil en la mesa de los periódicos. Lo cogió. Había al menos 8 llamadas perdidas. Desde el mismo número. Era desconocido.

Dejó otra vez el móvil en la mesa.

Volvió a sonar.

- ¿Quién es? – contestó no de muy buenas formas.

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La historia de “café para dos” entera

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Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





Hacía frío…

31 07 2009

Era noche cerrada. La calle estaba vacía.

Esperaba bajo una de las farolas de la calle. Justamente la que estaba al lado de la tienda de ultramarinos.

Hacía frío.

El hombre se subió los cuellos del abrigo. No llevaba bufanda, y seguro se estaba arrepintiendo. Metió sus manos en los bolsillos. Sacó el paquete de tabaco y eligió cuidadosamente uno de los cigarrillos. Parecía que había echado a suertes el cigarrillo que ha escogido. Lo encendió con su Zippo. Aspiró esa primera calada, como si fuera posible que esa calada le calentara el cuerpo. O al menos el espíritu.

Hacía frío. Mucho frío.

Empezó a andar con pasos muy cortos. Necesitaba mover las piernas. Los pies, empezaban a congelarse.

Miró una vez más a la casa. No había cambios. Ninguna luz, ningún signo de vida.

Dio la espalda a la casa a la vez que la última calada al cigarrillo. Tiró al suelo la colilla, y la pisó para apagarla.

Levantó la mirada al cielo en una silenciosa súplica. Implorando una respuesta a sus dudas, a sus preguntas. Un gesto. Algo que le permitiera pensar que no se había esfumado repentinamente por lo que había llorado tantas y tantas noches.

Hacía frío. Mucho frío.

Sin percatarse de ello, se había echado la niebla.

Escuchó un ruido. Una puerta cerrándose. Giró su cabeza rápidamente, y les vio. Dos chicos bajaban  las escaleras. Llevaban la cabeza tapada con gorras. Eran ellos.

Ni siquiera se dieron cuenta de que el hombre estaba en la acera de enfrente. Giraron a la izquierda, y se fueron en dirección contraria.

El hombre intentó seguirles, pero algo impedían a sus piernas empezar a andar. Intentó gritarles, llamar su atención, pero no podía. Le recordaba una película de Buñuel, “El Ángel Exterminador”. En ella, los invitados a una cena, no pueden abandonar la casa del anfitrión, sin que hubiera un impedimento físico. En este caso, el hombre de los cuellos subidos, no podía correr detrás de los chicos de la gorra. No podía llamar su atención. Algo se lo impedía. Como si estos, no le fueran a escuchar. O como de llamarles, se esfumaran en la noche. Se convirtieran en volutas de niebla.

Allí se quedó el hombre. Mientras ellos se alejaban. Intentó fijarse si se cogían de la mano, si sonreían. Pero nada pudo percibir. El hombre lloraba de desesperación. Una parte de su corazón se iba con los chicos de la gorra. Las lágrimas, la preocupación, todo lo vivido, lo sufrido, lo imaginado, lo sentido, se iban con ellos.

Ya no les veía. Se habían perdido. Los chicos de la gorra se habían perdido calle abajo,  en la noche, en la niebla. Ya no era capaz ni de imaginarles.

Hacía frío. Mucho frío. Hasta las lágrimas que sin poder evitarlo habían caído por su rostro, eran frías, casi eran hielo.

El hombre giró y se fue calle arriba. Metió sus manos en los bolsillos, y subió los hombros para intentar tener más calor. Estaba helado. Iba preguntándose si algo había merecido la pena. No encontraba una respuesta.

Hacía frío. Había niebla. Era de noche. Nadie había por la calle. Solo el hombre de los cuellos subidos.

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Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





Capítulo IV: Iñaki y Arnau.

11 07 2009

-         ¿Nos traes la cuenta, por favor? – le dijo cuando llegó.

-         ¿Pero ya nos vamos? ¿Dónde vamos a cenar?

-         Si no te importa, me voy a casa. Todavía puedes llegar a esa presentación de la exposición de Mayte. Es en la galería de Nuria, ¿verdad? ¿Quieres que te acerque?

-         Pero Iñaki… si ya te he dicho que… vale, vale. Ya veo que no tiene nada que ver con lo que te he dicho ni con lo que no. Sencillamente quieres irte a casa. No te preocupes por mí, ya me las arreglaré.

-         ¿Estás enfadado?

-         ¡Tú que crees! No sé que coño te pasa, Iñaki. No lo entiendo. Desde que volviste de Bruselas, no eres el mismo. No hay nada que te proponga que parezca que te guste. No hay nada que quieras hacer conmigo. Ni sexo. Y no quieres hablar sobre el tema.

Arnau se removía inquieto en su silla. Había tirado la servilleta con la que se limpiaba los labios. Miraba a Iñaki, pero éste apartaba los ojos. Así llevaban tres meses ya. Y ya ni su ánimo, ni su positivismo, ni su energía podía hacer olvidar que, Iñaki, había cambiado. Que ya no le quería. Que ya las locuras que le proponía en todos los sentidos, en el sexual, en el de viajes, escapadas, juergas… todas… recibían invariablemente un NO a gritos por respuesta. Y ya estaba cansado. Ya no es que tuvieran ese margen de libertad que él mismo había impuesto a la relación. Es que ya lo que había que buscar con lupa, era los momentos en que se buscaban, en que se amaban. Al final ya no pudo más, y se levantó de la silla.

-         Me voy. Cuando quieras hablar del tema, me llamas. De momento me voy a casa de Joaquín. Que visto lo visto es más casa mía que la que comparto contigo.

-         Arnau, no te pongas así…

-         No me pongo de ninguna forma. Pero creo que esto no es lo que busco. Y sabes, me he cansado de fingir. De parlotear como un gilipollas, sin parar, para intentar hacer que no pasa nada. No quieres hablar conmigo, pues ya está. Total, llegaré a casa tarde. Te habrás dormido. Y mañana te levantarás antes y no te veré. Para eso me voy a casa de Joaquín, que por lo menos, tengo cháchara.

-         Arnau, no es para tanto. Tengo una época un poco… bueno… no sé… – le miraba implorante Iñaki.

-         Vale. – Arnau se volvió a sentar – Cuéntame.

-         Bueno… – Iñaki se mostraba incómodo.

-         Sin prisas, tómate tu tiempo… te escucho – Arnau recostó su espalda en la silla y se dispuso a escuchar, sin prisas.

Pero el silencio se apropió de la mesa. Se podía escuchar perfectamente todas y cada una de las conversaciones de las mesas de al lado.

Los minutos pasaban.

Arnau miraba distraídamente a la gente que les rodeaba. Al señor gordo de la mesa de al lado, que intentaba hacer comprender a su hija que, no la veía más porque su madre se lo impedía, a la chica que le declaraba su amor a un chico que, por la cara que ponía, estaba más que sorprendido, más que nada porque era evidente que era gay. Al grupito de estudiantes que no hacía más que hablar de chicas y de lo que las harían si se pusieran a tiro. Miraba de vez en cuando a Iñaki que no podía evitar mostrar su incomodidad…

Al final Arnau se levantó, cogió la nota que había dejado la camarera unos segundos antes, puso unas monedas que saldaban la cuenta, y se marchó.

Antes de dar más de cuatro pasos, se giró, y dirigiéndose a Iñaki le espetó:

-         Dale un beso de mi parte a Mario.

Y continuó su camino hacia la salida.

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Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





Capítulo III: por Akira.

27 06 2009

Sin embargo, pensó Iñaki mientras giraba la cabeza y observaba a la gente del local, para evitar mirar a los ojos de su compañero, aquello había llegado demasiado lejos.

Tras la primera noche, Mario se convirtió en una constante en su vida. Una constante incómoda, un refugio donde encontrar la pasión perdida, el fuego que se había apagado en su relación hacía tiempo.

Aquel crío, aquel niño que ocultaba en su interior una bestia indomable y primitiva. Aquella casualidad que se había cruzado en su camino en aquel chat, se había convertido en lo más real que había en su vida, y también en una maldición.

Porque Iñaki lloraba en silencio. Apenas podía aguantar las lágrimas algunos días en el trabajo, mientras un compañero le preguntaba qué tal le había ido el fin de semana. A veces no podía más y tenía que irse al baño, simulando malestar. Y entonces todo salía, el remordimiento que le consumía lentamente por dentro, como una enfermedad que le corrompía el corazón y las entrañas, la culpa por no saber encender otra vez aquel fuego intenso que un día fue, pero que ahora era sólo frías cenizas.

“Voy a dejarlo”, se decía una y mil veces. Dejaría a aquel crío, y daría un empujón a su relación con Arnau. Seguro que podría hacerlo. Y quizás con el tiempo el remordimiento desaparecería lentamente, la culpa se desvanecería, y el recuerdo de aquellas noches que le habían hecho sentir vivo otra vez, serían otro recuerdo guardado en el desván de su memoria, una anécdota, un desafortunado desliz.

Pero otro pensamiento cruzaba su mente al mismo tiempo. Arnau, sí, Arnau otra vez. El hombre de su vida. Y el hombre que hacía que su vida fuera también monótona y falta de ilusión. Una prisión sin barrotes. Se preguntaba si realmente Mario era la consecuencia inevitable de todo aquello, el principio del fin. O el principio de algo nuevo, un nuevo comienzo para él.

Mientras pensaba en todo aquello, llamó a la camarera.

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Nota:

Este capítulo lo escribió Akira. Porque esta historia nació como un juego entre los lectores de “Café para dos” y el autor del blog. Akira tuvo la delicadeza de jugar.

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Dejaos besar y abrazar, que todo será mucho más bonito.





La historia de Café para dos: Capítulo II

6 06 2009

No lo hizo

- Elena –murmuró  mirando la pantalla parpadear- paso, luego la llamaré.

Y sin darse cuenta la mentira había comenzado a anidar en lo que antes había sido un nido de dos. Ahora ya cabía cualquier cosa, ahora todo estaba permitido.

Mario….Mario. Le parecía increíble lo que estaba haciendo, pero no podía evitarlo. La emoción de lo prohibido. Mario era más joven que Arnau y que él. Apenas 19 añitos, un chico que a todas luces no le convenía. Un chico al que nunca hubiera considerado nunca para una relación , y si lo hubiese hecho no habría parado de pasarlo mal. Nunca se hubiera sentido cómodo junto a él.  Arnau le prometía un futuro, una familia, una vida. Mario le regalaba momentos inimaginables para su a veces estrecha mente. Le permitía ser otro, le permitía perderse. Y quizás eso era lo que necesitaba ahora. Lo necesitaba o se había enganchado tanto a él que se tenía que buscar una auto excusa para no sentirse mal consigo mismo.

Pero siempre volvía a la cama de Arnau. Y al volver siempre se  preguntaba qué coño estaba haciendo con su vida. Sabía que Arnau tenía culpa de lo que pasaba, pero empezaba a intuir que se estaba convirtiendo en una foto en blanco y negro. Sin matices. 2 colores. 2 hombres. Y el resto parecía no tener cabida en aquél mundo.

Arnau comenzó a hablar, era su táctica habitual. Naufragar en la verborrea hasta conseguir arrancar una sonrisa de aquella boca que un día le había parecido de fresa. Cuando por fin Iñaki empezaba a reír, Arnau respiraba aliviado, y el aire volvía a penetrar en el ahogado motor que movía los hilos de su relación. Un respiro. Pero un respiro ¿antes de qué?

Iñaki rió, de verdad fue una risa sincera. Pero no pensaba en lo que le decía Arnau. Recordó la primera noche que pasó con Mario. Iñaki estaba en Bruselas inaugurando una nueva galería de arte de la Fundación para la que trabajaba. Se había metido en el Chat dejándose llevar. Básicamente quería hablar con un desconocido. No quería contar a sus amigos, para mas INRI comunes a Arnau, sus problemas de pareja. No quería empezar una corriente de especulaciones.

Mario estaba allí. Fue pura casualidad. No solía perdonar un viernes sin salir, pero se había pasado toda la tarde fumando en el césped de la Uni y todavía iba muy fumado. Iñaki le trato con una cierta prepotencia al principio, no sabía por qué lo hizo, demasiado joven, demasiado distinto, demasiado auténtico quizá para él.

Esa noche la pasaron juntos. Se entregó a su brutal embestida y dejó que, todos sus sueños, sus anhelos, sus frustraciones afloraran, se desbocaran en forma de acto sexual sin tregua, sin ninguna concesión a ninguna expresión de cariño, meramente pasión, sexo., cuerpos sudorosos, besos que parecían mordiscos. Una noche que le permitió desinhibirse, ser otro, Fue bestial. Fue brutal,  nada romántico. Fue obsceno y  sucio. Pero fue el mejor polvo que le habían echado en los últimos meses, quizá en toda su vida.

Se ducharon juntos y Mario se quedó sentado en el suelo al lado de la ventana fumando. Iñaki hizo como que dormía, como que sólo era un polvo. Pero no podía dejar de mirar como la luz de la luna bañaba esa piel suave y áspera a la vez. Esa bestia embutida en el cuerpo de un niño. Esa mirada que pareciese que podía ver más allá que la de un director financiero. Y en ese momento supo que la estaba jodiendo.

Volvieron a entregarse bajo aquella luz. Mario sentado, e Iñaki sobre él. Agarrados como si el mundo se estuviese partiendo por su jodido núcleo. Sacudiéndose toda la mierda que la vida le había arrojado. O al menos, esa era su justificación. Ni él era consciente de sus razones. Si es que las tenía. O simplemente quería destruir. Destruir al mundo, o a sí mismo. O a ambos.





Prólogo y Capítulo I: la historia de café para dos.

31 05 2009

Prólogo:

Un día, hace ya mucho tiempo, nació una historia. Cuando escribí el 1º capítulo, no tenía claro nada más que, lo que estaba escribiendo en ese capítulo. Luego, la historia fue creciendo. Con espacios temporales muy grandes a veces entre capítulos. El último de esos espacios temporales de separación, lo cerramos hoy.

Fueron apareciendo personajes. Quizás demasiados al final. Pero aparecieron. Y bueno, no los voy a destruir después de haberlos parido. Eso es lo bueno de escribir por escribir, sin pretensiones, sabiendo que nunca me ganaré la vida con esto, y deba pensar lo que es más creible, o menos, o mejor para vender más, en este caso, que te lean más.

No creo que este blog sea de los que crean adicción. Ni que tenga grandes números en cuanto a visitantes y lectores. Y los que lo siguen, sin duda, me perdonarán esas licencias literarias.

Retomamos hoy, pues, el caminar de esta historia. Empezaremos por el principio, por el Capítulo I. Mientras avanzaré en su escritura. Os esperan de momento 27 capítulos de historias cruzadas. De amores y desamores. como denominador común, todos son gays. Después de muchos años, leyendo historias en dónde todos son heterosexuales, no pasa nada por escribir una historia dónde todos sean gays.

Espero que la disfrutéis. Que me digáis si os apetece, que personaje os gusta más. Y si algo en el capítulo que toque, os ha llegado al corazón.

Gracias de antemano.

Empezamos:

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Capítulo I

Arnau llegó tarde. La cafetería estaba llena y no vio a Iñaki. Este se levantó y le saludó con la mano. Estaba enfadado. Y no se preocupaba demasiado el disimularlo.

Arnau se acercó casi corriendo hasta su mesa. Le fue a dar un beso, pero Iñaki retiró la cara. Y al tocarle el brazo notó un respingo de rechazo. Cada vez parecía que todo iba peor.

Se sentó. Empezó a hablar como un descosido. Le solía dar buen resultado otras veces. Últimamente con Iñaki había tenido que utilizar sus estrategias de placaje con demasiada frecuencia. Las cosas no iban bien entre ellos.
No sabía a ciencia cierta cuando empezó a ir mal. Iñaki empezó a cambiar. ¿Sería cuando se fueron a vivir juntos? Se hizo muy posesivo. Ya no valían los acuerdos tácitos que tenían. Esos acuerdos que dejaba un margen de libertad a ambos. Que no implicaba ir a todos lados juntos, ni hacer en cada minuto del día las mismas cosas con la misma gente.

Poco a poco todo lo que Arnau hacía, le sentaba mal. Tenía un trabajo con un horario muy flexible, que a veces se debía alargar. Reuniones imprevistas, visitas a horas tardías que se alargaba aún más… Y antes, Iñaki lo entendía, y si tenían que cancelar alguna cita o plan, no había problema. Eso iba con el paquete de Arnau. Como contrapartida, le gustaba las posibilidades de relación que le daba Arnau. Su trabajo estaba relacionado con el mundo del Arte, del Cine, de la Literatura. Y a Iñaki le encantaba que Arnau le paseara entre esa gente que de no ser por él, nunca habría tenido acceso.

Arnau era un triunfador. Era muy joven para la relevancia que tenía en esos ambientes y en su empresa. Tenía a penas 23 años. Y era un chico muy atractivo. Incluso guapo. Y tenía un estilo al vestir muy moderno e innovador. Era uno de los que se podía decir, que no seguía la moda, sino que la creaba él. Muchos le copiaban sus combinaciones, sus complementos, sus peinados.

Iñaki también era un triunfador. Tenía 27 años, pero aparentaba todavía menos que Arnau. Tenía un expediente académico muy difícil de superar. Un economista que se habían rifado los mejores bancos. Atractivo no le faltaba tampoco.

Hacía una buena pareja.
Sonó el teléfono de Iñaki.
Miró la pantalla… era Mario.
Dudó si contestar…






una respuesta…

23 03 2009

- ¡Ah! No, no… no vale Marc – dijo Iñaki riéndose…

 Cada uno estaba a un lado de la mesa del salón. Tenían los músculos en tensión… dispuestos a salir corriendo en cualquier momento. Era Iñaki quién perseguía a Marc… Le quería devolver la palmada en el culo que le había dado al salir del baño, después de ducharse. Comenzó entonces una persecución por toda la casa, entre risas, tropezones…

 Pero el “listo” de Marc era ágil. Y a Iñaki le había pillado desprevenido. Marc no era dado a esos juegos en los que el contacto físico era importante. Le costaba mucho. Aunque poco a poco se iba convenciendo de que no había nada malo en ello, de que no traicionaba a nadie con ello, su educación todavía le pesaba mucho. Luchaba contra ello, pero… era una batalla todavía por ganar.

 Por eso, el ligero azote en su culo, aunque llevara los calzoncillos puestos, le había dejado sorprendido. E Iñaki reaccionó como pudo… saliendo en persecución de Marc. Dudó un poco en hacerlo. Sabía que si se extralimitaba en el juego, todo podría acabar en un rechazo de Marc. Y era algo que quería evitar a toda costa. Le amaba tanto… que aunque fuera a costa de  reprimir todas las cosas que le gustaría compartir con él, no quería que la mirada de Marc se empañara con esa mezcla de pena, de vergüenza y de miedo.

 Pero vio esa mirada de pillo en los ojos de él. Y decidió que podía perseguirle e intentar devolverle la “caricia” en el culo. Aunque de momento no lo había conseguido… para su desesperación, y el regocijo de su chico.

 - Ya verás cuando te pille.

- ¡Bah! Ni sueñes que lo conseguirás. Estás bajo de fondo. Cuando muevas un milímetro esas piernas largas que calzas, yo estaré en Marte… jajajajajaja.

- ¡Eso ya lo veremos! Que la semana pasada salí a correr un par de días… me estoy poniendo en forma…

- ¡¡Bah!! ¡¡Bahh! Mira como tiemblo… – y Marc alargó sus manos moviéndolas exageradamente.

- Ya verás…

 … y diciendo esto, se lanzó por la derecha de la mesa…  pero Marc, una vez más fue más ágil, y salió corriendo por el pasillo, y se metió en su habitación. Iñaki corrió detrás de él, haciendo ruido como si fuera un fantasma… ¡¡¡uhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!

 - ¡¡Que miedo!! Iñaki el fantasma que viene – gritó Marc antes de meterse en su cuarto.

- Ya te tengo… ¡¡¡Voy a por ti!!!

- ¡¡¡Huy, huy!! ¡¡Qué miedo!! Iñaki el fantasma invencible…

 E Iñaki se abalanzó dentro de la habitación. Con sus brazos levantados, y haciendo…

 -¡¡¡uhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!

 Marc le esperaba apostado detrás de la puerta. Cuando Iñaki entró en la habitación, hizo un placaje contra él, y cayeron los dos sobre la cama. A Iñaki le entró la risa floja., porque además, sin querer, Marc le estaba haciendo cosquillas.

 - ¡¡Ríndete!! – gritó Marc con todo su cuerpo encima del de Iñaki.

- ¡¡Ya te pillaré!! Has abierto la guerra, Marc, verás cuando te pille…

 Marc agudizó las cosquillas a Iñaki, esta vez a posta,  y le agarró las manos por encima de su cabeza.

 - Si no te rindes, será mucho peor…

- Vale, vale… me rindo. Espero seas clemente en la victoria.

- ¡¡Quieto ahí!! – Iñaki había intentado levantarse al notar que Marc se quitaba de encima de él. Y le palmeó las piernas desnudas para hacer más fuerza en su orden.

- Vale, vale.

- Y no levantes la cabeza o tendré que ponerte una venda en los ojos.

- Bueno… ¡¡como te pones por una victoria de nada!! Ya te espero otro día…

- Cuanto más hables o amenaces, peor será el castigo… – dijo Marc, en ese tono típico de película de época, rodada en los años 50.

- Acojonado me has – susurró Iñaki.

- ¿Qué dices?

- Nada, nada, castiga castiga. – acabó diciendo Iñaki, que a estas alturas, ya no sabía por dónde le daba el aire, ni qué esperar de esa situación. Marc le estaba desconcertando.

 Marc salió un momento de la habitación, apenas un par de minutos. Cuando volvió, traía un par de botes de Nocilla. Hacía apenas unas semanas que Iñaki le había hecho un juego con  Nocilla. Hoy, era el momento de devolvérselo. Desde ese día, la Nocilla no faltaba en esa casa. A veces había sido objeto de risas, de pequeños juegos. Normalmente, además, habían tomado la costumbre de “untarla” con los dedos. Y untarla… en la nariz, en el cuello.

 -  Ahora vas a ver… ja, ja, ja.

- ¿Qué estás tramando? – Iñaki hizo un amago de darse la vuelta al notar que Marc se sentaba encima suyo, dejando su cuerpo entre las piernas.

- ¡¡Qué te des la vuelta!! – le dijo Marc, en ese todo de padre cansado de repetir al niño lo mismo 37847 veces.

- Marc…

- ¿Voy a por una mordaza? ¿Eh? ¿Eh? El otro día fui yo mejor “jugador” que tú hoy… me quedé quietecito… sip.

- Vale, vale, me rindo definitivamente. Es cierto, el otro día te portaste muy bien… aunque no estoy muy de acuerdo en que fueras el perdedor de la tarde…

- ¿A que encima te quedas sin cenar?

- Lo habías prometido… eso no entra en este juego…

- Huy, huy… parece como si tuvieras mucho interés en esa cena…

 Iñaki se estaba desesperando. Ahora sí que le desconcertaba completamente Marc. Él quería aprovechar esa cena para hablar muy seriamente con Marc. De su propuesta de hacía algunos días, y de otras cosas. Y ahora, con este juego de Marc, veía peligrar toda su estrategia del día.

 - Tranquilo – le dijo Marc, tras unos instantes de silencio – La cena estará preparada tal y como habíamos hablado. ¿Más tranquilo?

- Bueno, yo… – pero Iñaki no sabía que decir. No quería meter la pata…

- Voy a empezar con mi obra maestra.

 Y diciendo esto, abrió ceremoniosamente el bote de Nocilla

 - ¡¡¡¡¡chan chan!!!!!!!!!!!!!!!!! – gritó a pleno pulmón.

- Una rayita por aquí, otra por allá… Se me acaba la pintura…

 Iñaki iba sintiendo como los dedos de Marc se paseaban por toda la espalda. Le estaba untando todo el bote de nocilla… anda que, pensó él, dúchate para estar hermoso para la cena… y luego acaba untado de nocilla. En realidad, eso se lo decía a sí mismo como para seguir en el papel de perdedor. Porque en realidad, él sabía que, estaba tremendamente contento de que este juego de toques, de caricias que parecen casuales, lo hubiera empezado Marc, que tan reacio era a ellos. Pero esos juegos, a veces, habían acabado con mosqueos, porque nunca estaba claro el límite que tenía Marc. E Iñaki muchas veces quería seguir… Y Marc, al no poder hacerlo, se mosqueaba con él, consigo mismo, con el mundo…

 Y hoy era uno de esos días… en que jugaban, y que Iñaki no sabía cual era el límite. Era un día importante para él, por los planes que había hecho para esa noche. Y no quería joderlo. Pero por otra parte, quería disfrutar de esos roces, de esas caricias, y por qué no, de todo lo que Marc se atreviera a hacerle esa noche.

 - Bueno, bueno – dijo de repente Marc, rompiendo los pensamientos de Iñaki – Ya está acabada mi obra maestra.

- Esto… una pregunta Marc… Luego limpiarás tu obra maestra. Digo, no sé… – todo esto con voz un poco de broma.

- No, no. Tiene que permanecer así hasta mañana. No te puedes tumbar panza arriba, ni poner ninguna camiseta. Ni apoyar   la espalda en un respaldo…

- Pero…

- Ni pero ni leches. ¡¡A callar!!

- P…

- Si te portas bien y sigues mis instrucciones, a lo mejor te dejo ducharte otra vez…

- Y tú conmigo en la ducha, para frotarme la espalda… aunque yo preferiría que la quitaras con la lengua… – dijo Iñaki, probando suerte, por si colaba.

- No hijo no. Aguita y jabón. Y sin hacer nada pecaminoso en la ducha.

- ¡¡Marc!! – en tono medio ofendido.

- ¡¡Iñaki!! – en tono burlesco – Déjate de bobadas, y ahora levántate. Te voy a poner una venda en los ojos, solo un par de minutos.

- ¡¡Marc!!

- ¡Calla! ¿Qué me estás desgastando el nombre! Voy a tener que cambiarlo…

 Marc cogió un calcetín de esos de deporte, largos. Y se lo puso alrededor de la cabeza, tapándole los ojos.

 - ¿Ves algo?

- No, nada.

- ¿Seguro?

- Seguro – con voz resignada.

- No te creo – y diciendo esto, pasó su mano por delate del paquete de Iñaki, como si fuera a apretarle los testículos. Pero Iñaki no reaccionó, por lo que esto convenció a Marc de que, efectivamente, Iñaki no veía rien de rien.

 Fue hacia la mesilla, y sacó dos pulseritas de oro. Eran muy sencillas. Una simple cadena, con un enganche, y una plaquita en el medio. Cogió una de ellas, y se agachó. Intentado ni siquiera rozar la piel de Iñaki, para no darle pistas, pasó esa pulserita alrededor del tobillo izquierdo de su chico. Cuando estuvo listo, se levantó, y se le quedó mirando un par de minutos. Una mirada de orgullo, de amor, se escapó desde dentro. ¡Cuánto amaba a ese chico! ¡Cuánto estaba sufriendo Iñaki por él! Hasta cuando se enfadaban era de tanto y tanto que se amaban. No podían soportar ver sufrir al otro. Y estallaban.

 - Date la vuelta, anda – dijo Marc, saliendo del embobamiento que le había producido quedarse mirando a Iñaki ahí, de pie, en medio de la habitación, en calzoncillos.

- ¿Ya me puedo quitar la venda?

- Cuando te des la vuelta, pesado.

- Y ahora puedes mirar mi obra maestra. Dependiendo de tus halagos, cenarás o no esta noche.

- Serás…

- Y no digas palabrotas, que si no…

- Me quedo sin cena, vale, ya lo sé… ¿Puedo mirar?

- Sí, si, gira la cabeza, y verás en el espejo el reflejo de la imagen.

- Huy, huy ¡¡¡Obra maestra!! ¡¡Una maravilla!! ¡¡Es un Miró!! ¡¡Qué digo Miró!! Miró no te llegaba a la altura de los zapatos. Una…

- Una…

 Iñaki se había dado cuenta de que había escrito algo, entre tanta línea abstracta. Lo veía al revés, claro. Pero al final logró entender lo que ponía. No era que no estuviera claro… es que cuando lo leyó, se quedó pensando en su significado. Es una de esas veces en que lo entiendes, pero tu mente no procesa. Por la sorpresa, por lo que crees que significa, porque tienes miedo a que no signifique eso…

 - Parece que se te haya olvidado leer

- Marc… yo…

- ¿No sabes lo que significa?

- Sí… bueno…

- Pues eso… ¿o te arrepientes?

- No, no…

- ¿Y te quedas así?

- Bueno…

- ¿Y te quedas con esa cara de pánfilo?

 Iñaki al final, se arrancó, y se lanzó hacia Marc. Le abrazó, y le levantó del suelo, dejándole en el aire. Aprovechó Marc, para rodearle la cintura con sus piernas, y besarle en los labios. Primero besos pequeños. Cortos. Con los labios cerrados. Luego fueron alargándoles, abriendo los labios, jugando con sus lenguas…

 De repente, Iñaki se separa apenas un palmo de Marc…

 - ¿Estás seguro?

- Sí… quiero. Sí. Quiero casarme contigo.

- Pero, vivimos en ciudades distintas. A miles de kilómetros.

- Será difícil. Tampoco nos tenemos que casar mañana. Podemos esperar unos meses. Pero quiero estar comprometido formalmente contigo.

- Y…

- Sí, es difícil. Somos jóvenes. Tú estudias, y quiero que lo sigas haciendo. Y yo, puede que este año o al siguiente, vuelva a estudiar. Pero creo que mi familia nos apoyará. No tendremos problemas de dinero… si además apartas un poco ese orgullo tuyo, y me dejas pagarte alguno de los viajes al menos, o algunos de tus gastos.

- Sabes…

- Calla, eso me da igual…

 Se callaron unos segundos. Pero ni Marc hizo amago de bajarse de los brazos de Iñaki, ni este hizo ningún movimiento tendente a dejar en el suelo a Marc.

 - Creía que me ibas a decir que no.

- Es que la pregunta se las traía… ¿quieres casarte conmigo?

- Pues fíjate que fácil la respuesta: Sí quiero.

- Si te hubiera contestado al instante, no hubiera sido importante la decisión.

- Pero parecía que no querías…

- No, al revés. Pero sabes… sabes que ahora mismo sigo siendo un poco carga. Tengo tantos problemas, tantas comeduras de coco…

- Eso sabes que…

- No te enfades… ya sé que me amas, que eso no es ningún problema para ti, que llevas 4 años junto a mí, dándome la vida. Pero tú no quieres que te pague el avión, por orgullo, y yo también tengo el mío. Yo sé que quieres cosas que no te he podido dar. Y que no estoy seguro de poder dártelas. Yo…

- Pero vamos avanzando..

- Sí, pero ahora tú, siguiendo con este juego, querrías acabar sobre esa cama, Con nuestros m…

- Eso es una bobada – estalló Iñaki, ahora sí obligando a Marc a poner los pies sobre el suelo. Pero Marc no soltó su cuello…

- No es nada malo, no te enfades. El sexo es un medio estupendo de demostrar el amor. Pero, yo sabes que tengo que esforzarme por romper esas murallas que levantaron en mi mente. Hemos avanzado mucho… Pero si tú estuvieras con otro chico, estarías todo el día…

- Yo no quiero estar con otro…

- Ya lo sé… no distorsiones lo que quiero decir.

- Vale. Pero yo… puedo esperar…

- Ya lo sé.  Pero la pregunta para mí era… ¿Quiero que Iñaki se obligue a cargar conmigo? ¡¡chssss!! – le dijo poniéndole la mano en la boca, cuando vio que él quería interrumpirle – ¡¡calla!! ¡Déjame seguir! … ¿Quiero que se sacrifique… más de lo que ha hecho por mí? Y sí… al final, por razones puramente egoístas, he llegado a la conclusión de que sí… .quiero.  Porque quiero vivir. Quiero poder amarte plenamente. Quiero poder tener sexo con un hombre sin sentirme mal. Porque sino, no podré seguir viviendo. Y porque será la victoria definitiva. No quiero seguir viviendo sino es con tu amor.

 Iñaki volvió a abrazar a Marc. Se le habían saltado las lágrimas. Le amaba. Sí. Pero era también un amor que a sus 20 años, le había puesto a prueba muchas veces. Que le había puesto al límite casi cada día. Frente a sucesos, a problemas que no sabía como afrontar. Y nadie a su alrededor le podía ayudar… porque nadie sabía tampoco como hacerlo. Y él no era muy dado a pedir ayuda, tampoco.

 Le amaba… le amaba con todo su ser.

 - ¿Entonces te casarás conmigo?

- Sí, me casaré. Aunque dejamos la fecha sin marcar. Pero que sepas que tienes un compromiso conmigo.

 Y diciendo esto, se separó, y señaló al tobillo de Iñaki. Y señaló su cadena.

 - ¡¡Ohhhhhh!! Marc…

- Hoy tartamudeas mucho… – se mofó Marc.

- Es que hoy vas de susto en susto… pero…

- Calla, y ponme la mía…

 Y le tendió una pulserita igual que la que tenía en el tobillo puesta. Cogió la plaquita, a modo de pequeño colgante, y vio que tenía una inscripción: Iñaki – Marc 15-04-2009. Se agachó y le ató la pulserita en el tobillo izquierdo.

 - Ya está firmado.

 Marc cogió la mano de Iñaki, se la abrió. Puso su palma hacia arriba… .y sin dejar de mirarle a los ojos, se la fue acercando a su boca. Cuando la tuvo a escasos centímetros, alargó sus labios, y se la besó. Uno, dos, tres…veces.

Iñaki era en ese momento, el hombre más feliz del mundo. No podía ocultar en su cara la satisfacción, el orgullo y el amor por Marc. Y más cuando podía comprobar que, a lo mejor no era verdad que fuera el hombre más feliz… porque Marc, su chico, rivalizaba en felicidad.

 - ¿Nos duchamos? – Propuso Iñaki.

- ¿Juntos? – dijo con voz insinuante Marc.

- Por supuesto.

- Lo malo es que no me dará tiempo a preparar la cena.

- No hay prisa. Tenemos toda la noche..

- ¿Jugaremos con la espuma?

- Jugaremos a lo que quieras…

- Y así nos quitamos la Nocilla, que al abrazarme, mira como te has puesto..

- No importa. A lo mejor te dejo comerla de mis brazos…

- Bueno, bueno… vamos… ¡¡¡vamos!!!!

 Y sin más, Iñaki alzó a Marc, le cogió en brazos, y entraron  así en el baño.

 

 ————-

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





¿Cenaremos?

26 02 2009

No encuentro la canción que quiero… y estoy seguro que tenía un CD en dónde estaba…

 ¡¡Mierda!!

 Voy a ver si está en la habitación… aquí hay unos CD’s… nada.

 ¡¡Joder!! ¡¡Mira que hora es!! Y éste va a llegar dentro de media hora, y tengo que ducharme,  acabar de preparar la cena…, abrir el vino…

 Y… ¿La ropa? ¿Qué me pongo?

 ¡¡Mierda!! Sí quedé con él en ponernos elegantes… ¿Y el traje? ¿Y la corbata.? ¿Dónde lo guardé después de Nochevieja?

 No, no, lo llevé a la tintorería, se había caído un poco de… bueno un poco, menuda mancha me dejó el condenado de Saúl… en aquel pub al que nos llevó a última hora, ese que era de un amigo suyo, o que trabajaba… ni me acuerdo. Me acuerdo de él tirándome un Bailey’s por encima… y ahora que pienso.. ¿Qué hacía bebiendo Bailey’s?

 ¡¡Ahhhhh!! ¡¡Mira, aquí está la funda de la tintorería!!

 Calzoncillos… los calcetines… zapatos… voy a abrir el grifo para que vaya saliendo agua caliente… ¿me afeito? Necesito un espejo… aquí… bueno, no está mal, me sienta bien esa barbita de un par de días…

 Mierda, se me olvidaron los calzoncillos… a ver… estos no, estos… no, no… estos… tampoco… estos… estos bóxer me están de cine…

 Rápido, rápido… ducha de 5 minutos. Este gel deja un olor en mi piel que le gusta… a ver si… ¡¡Joder, como quema el agua!! ¡¡Hala… leñe!! Ahora está helada… ¡¡ya!!

 Esta toalla es pequeña. Tengo que comprar una nueva más grande, de esas que me puedan dar 5 vueltas… jijijiji. Un reloj… necesito saber la hora… ¿Dónde he dejado el reloj? Encima que fue su regalo de Reyes…. aquí está… ¡¡Hala!! He ido dejando las huellas por todo el pasillo…

 Venga… los calzoncillos… bien, me están guays… Desodorante, un poco de colonia… un poco de after shave hidratante… para estar suavito… aunque pincharé un poco… jijijiji. Pero le mola,  A Fernando le mola.

 ¡¡La camisa!! ¡¡Otra carrera…!! Esta azul a rayas.. a ver… bien… la corbata… joder, no me sale el nudo… tranki Raúl, tranki… empecemos… una vuelta a la derecha, la paso por detrás… bueno, ya quedó bien…

 La cena…. a ver, la ensalada… le falta vinagre. Un poco… a ver… ¡¡hummmmmmmmm!!! Bien. Enciendo el horno, 10 minutos. Para la ternera en salsa… que he dejado a medio hacer esta mañana… bueno, a falta de un toque… menos mal que al final la hice por la mañana…

 Bueno, me falta esa canción… usaré ese CD que hice hace unos meses con las canciones que nos gustan, para bailar después de cenar.

 … revisemos todo…

 La mesa puesta. Sus mantelitos. Las copas para el vino… ¡¡el vino!! ¿Lo metí en el frigo?… menos mal… aquí está… y está frío. Un blanquito, como nos gusta a nosotros. Fresquito. Los platos, las servilletas… las velas… voy a encenderlas ya para que huela un poquito… me encanta el olor de la cera. Y así, quedan más bonitas… la cera derretida formando esos ríos cayendo… Rondó Veneciano para la cena… otra vez la música…

 Luego, ese CD para bailar. Quiero bailar con él hoy. Quiero apoyar mi cabeza en su pecho. Juntos… bien juntos. Sin apenas hablar. Mirándonos de vez en cuando a los ojos… Un brindis…

 Y luego…

 Un masajito. Con esos aceites tan… tan embriagadores. Primero se lo daré yo a él. Se me hace ya la boca agua. Recorrer suavemente cada rincón de su cuerpo. Con mis manos, suavemente… suavemente… Primero la espalda… ese culo estupendo que tiene, esas piernas… y esos pies… juguetearé con cada uno de sus dedos… No sé si antes de pasarle las manos con el aceite, se los morderé un poco… ya veremos. Luego por delante. Los hombros, el pecho, con un poco de pelo, pero muy  poquito, ese ombligo que me vuelve loco… y los pezones, se me olvidaban. Me saltaré… sí, me iré a las piernas… nada, nada… que seguro que está pensando en el momento en que coja su miembro… pues nada… jijijijiji… ahí le dejaré de momento, sin siquiera tocarlo. Pasaré otra vez a las piernas… tiene unas piernas bonitas el condenado. No son muy musculosas, pero tienen una forma estupenda, Y son duras. No tiene mucho vello tampoco… y otra vez a los pies… y luego el ombligo…

 ¡¡ding, dong!! ¡¡ding dong!!

 Ya está ahí. Pero si es pronto… vaya… no… si ya es la hora…

 - ¡Voy!

 Abro la puerta… ¡La madre del orangután! ¡¡qué guapo es el jodido.!! ¡¡¡¡Huyyyyyyyyy!!!! Si ha traído un regalo… ¡Ya sabía que se me olvidaba algo!

- ¿Puedo pasar? – me dice socarrón el tío.

- Sí, sí… perdona… estás muy guapo.- digo yo como un idiota… es que no puedo parar de mirarle

 Y pasa y me da un beso. Por favor… son 5 minutos de beso… socorro… me ahogo… se me olvida respirar…

 - ¿Me traes un regalo? – consigo decir

- Sí… y el postre. Una tarta de chocolate. Como te gusta. Pero el regalo… te lo daré… en el postre. Pero es una bobada, no pongas pucheros. Además es un regalo para los dos. Es una bobada para que lleves tú y te acuerdes de mí, y otra para llevar yo y acordarme de ti.

- Jo…

- A los postres…

Y el capullo de él, se vuelve a acercar a mí…  y me vuelve a besar…

nos miramos…

le sonrío…

me sonríe…

le beso…

- ¿Cenamos? – consigo decir…

- Sí…

 

Stranger in de night, exchanging glances…

 

Es nuestra canción… seré bobo… con los nervios no la encontraba en el disco que estaba escuchando antes… y sin darme cuenta, estamos los dos juntos. Sus manos en mi espalda, las mías en la suya. Mi cabeza apoyada en su hombro, la suya en el mío… y nos movemos muyyyyyyyyyyyyy lentamente… cantando mentalmente esa canción…

 …hoy… tengo la impresión de que todo va a salir genial. Sip. Aunque tal y como ha empezado la noche,  no sé si cenaremos… jijijijiji.

  —–

Déjate besar y abrazar, que todo será más bonito.

Para ti.





Un regalo de cumpleaños…

8 02 2009

Había sido un día duro de trabajo. Le habían ascendido hacía unas semanas, y aunque no había sido todo lo complicado que en un principio pensó, la verdad es que le hacía sentirse cansado al final del día. Y es que además, ahora debía hablar más, y hacerse entender, y lo del idioma no lo llevaba nada bien. Todavía no le salía con naturalidad.

 Miraba su calle. No era muy amplia, ni la más concurrida, ni la más bonita, pero estaba bien. Tenía un parque en un costado. Era céntrica. Y tenía árboles en las aceras. Las casas eran bonitas, eran casas con muchos años, pero bien conservadas y reformadas. Estaba contento con el barrio.

 Miraba la gente que pasaba. La señora del edificio de enfrente, la del 4º. No, no lo sabía porque él estuviera chismorreando de los vecinos, más bien al revés. Un día que él estaba con su novio, besándose al lado de la ventana abierta, en verano, miró de reojo al edificio de enfrente, y allí la vio, inclinada en su ventana para tener todavía mejores vistas. Se acordó de ese momento, y no pudo evitar sonreír. Se lo dijo a su chico y la miraron directamente… jijijiji… y la saludaron con las manos, mientras sonreían con una intensidad que, ni en los anuncios de pasta de esa que blanquea los dientes…  y a la señora la dejó tan pasmada, que se le cayeron las gafas a la  terraza del piso de abajo… jijijiji. Y a la mañana siguiente, casualmente se la encontraron en la calle, y la saludaron como si fuera una amiga de la familia de toda la vida. Jijijiji. Pero era una mujer muy salada… al cabo de unos días, les invitó a tomar café con pastas en su casa. Y fueron. Va, y se lo pasaron bien. La pobre mujer no acababa de entender ni aprobar que dos chicos se amaran, pero al verles como se miraban decía… “no será tan malo cuando hace que dos personas se miren así” y añadía a continuación… “soy demasiado vieja para cambiar… en mis tiempos estas cosas no se veían…”

 Miraba la gente pasar. El señor del perro… un pastor alemán juguetón… el matrimonio joven con sus dos niños, gemelos a la sazón, que eran dos terremotos. Los pobres le daban pena… se les notaba cada día las pocas horas de sueño que habían tenido. Las ojeras iban avanzando día a día… La mujer ya no iba a la peluquería… el chico no se afeitaba ya todos los días… ya no sonreía.

 Miraba la gente pasar. Vio un taxi pararse delante de su casa. Era un chico joven que se bajaba. No le veía bien, le tapaba un poco un árbol. Le sonaba la forma de moverse. Sería un vecino, porque parecía que iba a su portal. Pudo distinguir             que llevaba una gorra… parecía azul… pero un azul muy raro… deslavado… Parecía que llevaba un paquete de regalo, y llevaba una mochila, y una bolsa de deporte. Y sí, venía hacia su portal…

No podía ser…

Le dio un salto al corazón… no… no… no…

Era él… era Iñaki… Era su chico…

Su corazón se puso a mil…se dio la vuelta de repente, y no calculó bien y se dio un golpe en la rodilla con la butaca orejera que tenía para leer al lado de la ventana… fue corriendo, en realidad fue casi arrastrándose… la rodilla le dolía… al baño, encendió la luz, y salió de su boca un ¡¡¡Mierda!! Que hubiera asustado hasta al más duro entre los duros de los barrios duros de la ciudad. No se gustaba nada… el pelo estaba hecho una pena, tenía ojeras, una espinilla campaba a sus anchas en su nariz. Seguro tenía mal sabor de boca… un enjuague… mierda, no se abre… da igual… pasta de dientes, ¡¡hala!! Medio tubo al lavabo.. atinó mal con su boca, y casi se mete en cepillo por la nariz… uno, dos tres… uno arriba… derecha…una pasada por la izquierda… abre el grifo, llena el vaso, es un decir lo de llenar… un sorbo, se enjuaga, y escupe. Otro trago… “Ding… dong…” ¡¡Mierda!!Ya está ahí… se podía haber estropeado el ascensor como otros días, justo cuando venía del super… y acababa subiendo la compra, cargado como un mulo, por las escaleras… Se echa una última mirada al espejo, aunque acaba cerrando los ojos para no verse… y se lanza a la puerta… La abre, y sin dejar que, el chico con gorra que hay al otro lado, diga algo, se lanza a su cuello, cual vampiro de la noche, y junta sus labios con los de su chico. Con una mano, le quita la gorra, con la otra, le agarra de la cintura, y le pega a su cuerpo… Era un beso eterno… no había espacio ni tiempo en él…

 - Ejem… perdón… ¿Os importaría dejarme pasar? Siento molestar de verdad, pero…

 Los chicos de la gorra, miran hacia donde ha salido esa voz. Se separan, como si estuvieran haciendo algo malo… y no pueden evitar ponerse rojos…

 - Es que se ha estropeado el ascensor… pero podéis seguir… – Siguió diciendo el señor del 6º, con una sonrisa picaruela..

- Pase, pase… perdónenos…

- No hay nada que perdonar… ¡¡hasta luego!!

 Entraron en casa, y sin apenas tener tiempo para cerrar la puerta, y dejar los bultos en el suelo, ya estaban los dos besándose.

 - ¿Vamos al dormitorio? – Dijo Iñaki.

 Marc se quedó parado. Algo se había cruzado en su cabeza. Otra vez. Una barrera infranqueable.

 - Confía en mí – le dijo Iñaki.

 Agarró de la mano a Marc, y se dirigió al dormitorio. Solo encendió la luz de la mesilla que estaba más alejada de la puerta, y del armario… y del espejo. Precisamente frente a él, hizo que se colocara Marc. Pero se dio cuenta que la luz era demasiado escasa para lo que quería. Encendió la lámpara de la mesilla de este lado de la cama. Así estaba mejor. Marc le iba siguiendo todos los movimientos, con la boca abierta. Estaba asombrado, y también asustado por otro lado. Pensaba que Iñaki le iba a pedir que se amaran… y seguía sin poder… era superior a sus fuerzas. No podía… entregarse. No podía soportar el que sus miembros se juntaran… le asustaba tocar el pene de Iñaki. No era miedo… era rechazo… era superior a sus fuerzas… y le amaba tanto… amaba tanto a Iñaki…

 - Confía en mí – le repitió Iñaki.

 Le corrigió la postura frente al espejo. En un principio le puso de frente completamente, ahora le corrigió y le puso en diagonal. Miró al espejo, pero no le gustó, así que le volvió a colocar de frente completamente.

 Se puso justo enfrente de él. Mirándole a los ojos. Bajó un poco la cabeza, Iñaki era más alto, y besó suavemente a Marc. Nada comparado con el beso de la escalera de hacía unos minutos. Muy suave. Apenas rozando sus labios. Besos cortos, suaves. Seguían siendo suaves caricias de unos labios contra otros. Se separó un poco, le miró a los ojos. Sonrió.

 De repente se arrodilló. Marc se puso nervioso, dio un imperceptible paso atrás. Creyó que Iñaki iba a hacerle una mamada. O algo parecido. Iñaki se dio cuenta del movimiento. Levantó la mirada… y con toda la dulzura que pudo imprimir a sus ojos, con un toque de reproche, por la falta de confianza, consiguió que Marc se relajar otra vez… al menos que volviera a recuperar su posición de hacía un rato.

 Iñaki cogió el cordón de una de las deportivas que llevaba Marc, tiró de él, para desanudársela. Hizo lo mismo con la otra. Levantó uno de sus pies, y le sacó la zapatilla. Seguido le quitó el calcetín. Volvió a posar el pie de Marc en el suelo, y se agachó, y le dio un beso en el empeine del pie. Levantó su mirada, para ver la cara de Marc… no iba mal… de momento en su cara solo había sorpresa, miedo, ansiedad… y unas gotas de asombro.

 Hizo lo mismo con el otro pie.

 Se levantó y se puso detrás de Marc. Casi pegando su cuerpo al de él, pero procurando que no se tocaran. Pasó sus brazos, como si fuera a abrazarle, pero intentando que no tocaran el cuerpo de Marc. Fue a su camisa, y empezó a desabrocharle los botones. Cuando lo consiguió con el último, le quitó suavemente la camisa.

 Fue a sus pantalones. Le desabrochó el cinturón. Le desabrochó el botón, y el enganche. Le bajó la cremallera, procurando que no rozara en ningún momento su mano con el miembro, o los testículos de Marc. Y dejó caer sus pantalones. Se iba a agachar a quitárselos, pero Marc, son sus pies, se lo quitó y lo apartó de una patada. Iñaki, entonces, cogió los slip de Marc, desde los lados, y los dejó caer al suelo.

 Se quedaron los dos mirando el  Espejo. Marc, desnudo, Iñaki detrás, vestido, asomando su mirada por encima de la cabeza de su chico.

 - ¿Tú no te desnudas? – dijo Marc.

- ¿Si me quieres desnudar tú?

- No bueno… desnúdate tú…

- Hazlo tú, por favor – le suplicó Iñaki. Has visto que es fácil. No ha pasado nada- Si no lo haces, me quedaré vestido – amenazó Iñaki.

- Pero…

- Por favor… ¿Me desabrochas las Adidas? – y diciendo eso, levantó un poco su pie derecho…

 Al final Marc cedió. Se agachó, y le fue quitando sus zapatillas, y sus calcetines. Se levantó y le quitó la camiseta que llevaba. No pudo dejar de mirarle el pecho… como le gustaría poder disfrutarlo… le gustaba mucho… mucho… pero… no podía cruzar esa barrera… Le desabrochó el botón del vaquero, y se lo bajó. Y le bajó seguido el bóxer. Ahí estaba su pene, sus testículos… el bobo de él la tenía medio erecta… Se levantó de un salto…

 - ¿Y ahora qué? Ya estamos desnudos.

- Tranquilo… déjame unos minutos.

 Iñaki cogió su mochila. Sacó una especie de foco. Un cable. Y un bote de Nocilla. El foco lo instaló arriba del armario, mirando hacia dónde estaba esperando Marc.  Lo encendió, después de tirar el cable hasta un enchufe que había al lado de la puerta. Marc, entrecerró los ojos… le deslumbraba la luz…

 Iñaki cogió el bote de Nocilla, y se volvió a poner detrás de Marc.

 - ¿Ves esta marca? – dijo Iñaki.

- Cómo no la voy a ver… veo esa…

- Vale, la ves… espera porque yo no la veo muy bien.

 Y diciendo esto, untó un dedo en nocilla, y fue siguiendo esa marca, dejándola marcada con la crema.

 - ¿Ves esa otra marca aquí? – dijo señalando el pecho por el otro lado.

- Pues…

- Pues yo no

 E hizo lo mismo. La recorrió suavemente con su dedo, untado en Nocilla, dejándola marcada.

 - ¿Ves esta otra? – Le dijo señalando una marca que cruzaba el pecho de derecha a izquierda – Pues yo no – le dijo al oído sin dejar que le contestara.

 Se separó un poco, y observó las tres líneas que cruzaban el pecho de su chico. Miró hacia atrás, y vio el armario que estaba al otro lado de la cama, con un espejo también. Fue hacia él, y abrió la puerta del espejo para que en combinación con el otro, hiciera que se viera la espalda de Marc.

 - Date la vuelta – le dijo Iñaki.

 Y Marc lo hizo esta vez sin protestar.

 - ¿Ves esta marca de la pierna? Yo no la veo bien.

 Y untando otra vez el dedo en la Nocilla, siguió la marca que cruzaba el muslo derecho de Marc.

 - Esta tampoco la veo – siguió diciendo, sin dejar ya espacio entre marca y marca.

 Y así siguió delineando con Nocilla cada una de las muchas cicatrices y marcas que tenía Marc en sus piernas, en su culo, en su espalda. Pintaba líneas suaves sobre la piel de su chico. Parecía el dibujo de las venas y arterias de su cuerpo. Pero solo eran cicatrices. Muestras y recuerdos de un pasado doloroso y triste.

 Marc estaba como hipnotizado. Ya no oponía ninguna resistencia. Pero no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas. Iñaki no dejaba de mirar la cara de Marc. No dejaba de observar cada minuto sus reacciones. Se paró un minuto. Quería afrontar las dos últimas marcas con un poco más de calma.

 - Sí veo en cambio, esta marca. A lo mejor no la ves tú. Te la voy a señalar para que la puedas ver bien

 Y diciendo esto, se puso enfrente de él, y le hizo un punto en su frente.

 - Y sí veo en cambio, esta otra marca. Creo que esta marca, no la acabas de ver bien. te la voy a señalar… para que la observes bien.

 Y diciendo esto, se agachó y recorrió el pene flácido de Marc, de arriba abajo.

 Marc seguía como hipnotizado. Ahora no podía ni moverse. Veía su cuerpo casi completamente lleno de Nocilla, recorriendo las decenas de cicatrices y marcas que tenía en su cuerpo. Las marcas que le producían tantas noches sin dormir, que le hacían angustiarse tantos días, aunque muchas veces no supiera por qué era.

 - Para ti, cada una de estas marcas son una muestra de vergüenza – empezó a hablar Iñaki, sin dejar de mirarle a los ojos. – Para ti, cada una de estas marcas, suponen tu recuerdo a un tiempo pasado. Un tiempo pasado que te domina. Que no te deja respirar. Para mí, cada marca que llevas en el cuerpo, es una razón de orgullo. Te amo un poquito más, por cada una de ellas. Muchas veces las he recorrido con mis dedos. Hoy, quiero que, de alguna manera, empiecen a formar parte de mí también. Quiero que, a partir de hoy, estas marcas sean una forma de sentirnos más unidos. A partir de hoy, tendrán otro significado. Dejarán de significar pasado… significarán futuro.

 Y acercó su boca a la primera marca que había pintado con Nocilla. Y la recorrió con su lengua, recogiendo con ella, toda la crema que había extendido minutos antes.

 - ¿Ves? Esta marca ya es un poco mía. La tengo en mi boca. La saboreo. Como saboreo cada vez que te miro, el orgullo que siento por ti.

 Volvió a inclinarse, y recorrió la segunda marca. Y la tercera. Se separó un poco, y con una inmensa dulzura en su mirada, acercó sus labios a los de Marc. Se dieron un beso… compartiendo las marcas en su boca.

 Así fue haciendo con cada una de las líneas que había trazado en el cuerpo de Marc. De vez en cuando, paraba, y compartía con sus besos, la  crema que iba retirando de la piel de Marc.

- Nos quedan solo dos marcas. Ésta primera.

 

Y recogió la Nocilla con la que había hecho un punto en la frente de Marc.

- Y esta segunda.

 Y arrodillándose, alargó su lengua, y recorrió suavemente el pene de Marc.

 Se levantó de nuevo… y acercó muy despacito sus labios a los de él. Y nuevamente se besaron.

 Marc, empezó a reaccionar… se sentó en el suelo, dobló sus rodillas sobre su pecho… y empezó a llorar. Era un llanto casi histérico. Nunca había llorado así. Era unas lágrimas de liberación. De tristeza. De alegría. Del pasado, del presente… del futuro… de amor.

 Iñaki por primera vez en ese día, no sabía como reaccionar. No sabía si sentarse con él y abrazarlo, o dejarle llorar. Al final se agachó, y en cuclillas, la acarició suavemente una mejilla con su mano. Pero sin poder evitarlo, también unas lágrimas asomaron en sus ojos. Había tomado muchos riesgos al llevar a cabo este juego. Y no estaba ahora seguro del resultado.

 Al cabo de unos minutos, Marc se relajó un poco. Dejó de llorar… por lo menos de tener esos espasmos en todo el cuerpo a causa del llanto. Le miró a los ojos… a los también llorosos ojos de Iñaki. Y en un impulso, se lanzó contra el cuerpo de Iñaki, como si estuviera placando en un partido de rugby. Y empezó a hacerle cosquillas… Marc intentaba liberarse… tenía muchas cosquillas… pero la sorpresa, y el estar ahora debajo del cuerpo de Marc, se lo impedía… al final solo podía intentar protegerse lo más posible… Marc parecía que tenia más brazos que un pulpo… cada uno de ellos con 20 dedos. Y fue haciéndose un ovillo… un ovillo que se movía espasmódicamente a cada momento… mientras una carcajada continua salía de su boca…

 Marc paró. Se quedó encima del cuerpo de su chico. Se fue acomodando, hasta acabar con su cabeza sobre su pecho. Iñaki poco a poco fue abrazando a Marc. Iñaki pensaba en que no le había dado el regalo que le traía. Pero… así estaban tan bien… Y así pasaron un buen rato… en silencio. Solo sentían cada uno latir el corazón del otro.

 - Feliz cumpleaños, amor. – dijo al final en un susurro Iñaki, al oído de Marc.

- Calla bobo.

 Y así pasaron un buen rato más… estaban tan bien…





…¿el amor es ciego?

7 08 2007

Fue como una bofetada.
Tardó varios minutos en asimilar las palabras de la enfermera.
Toda su felicidad, sus ganas de verle, sus ganas de abrazarle desaparecieron. ¡Aníbal es… negro!
Era mucho. Para una vez que le salían bien las cosas, y resulta que, la persona de la que se había enamorado en las últimas semanas, la única persona que se había preocupado por él en su vida… era negro. Y él, odiaba a los negros.

Les pegaba. Les machacaba la cabeza. Uno de esos apestosos negros que tan mal olían, le violó cuando era más pequeño. Y resulta que, Aníbal, era negro. Menos mal que se había ido. Sino le hubiera roto su puta cara de negro hijo de puta.
Se levantó nervioso de la silla. Empezó a dar grandes zancadas por la habitación del hospital. De vez en cuando, se frotaba los ojos que el oftalmólogo le acababa de descubrir. Le había dicho que intentara no frotárselos… pero no lo podía evitar. Aceleró los paseos arriba y abajo de la habitación. Ya no pudo contenerse… y empezó a dar puñetazos en la cama. Y empezó a llorar.
Toda su vida había luchado contra él mismo. Se había negado que fuera homosexual. Lo había negado en sueños, lo había negado despierto, lo había negado con el pene en la boca de alguno de esos desgraciados… a los que luego linchaba. Porque eso en su mundo, en el mundo que le rodeaba, no era posible.
Pero llegó el puto accidente. Llegó el puto Aníbal. Y todo lo cambió. Era mejor que le hubiera dejado en el autobús y haber muerto allí.
El odiaba a los negros. Le repugnaban. No podía consentir enamorarse de un negro. Mal que hubiera aceptado que le gustaban los hombres… pero negros… ¡no! ¡nunca! Olían mal. No tenían ninguna consideración. Eran seres a los que había que machacar… como le decían sus amigos cuando iban de caza las noches de los viernes. O de los jueves.
Adolfo se levantó de la cama. Seguía furioso consigo mismo. Volvía a recorrer la habitación nervioso. Sus ojos estaban rojos, húmedos. Seguía sin poder creerlo… que tuviera tan mala suerte… ¡Ojala se hubiera muerto en el accidente! Y dio una patada a la pata de la cama. E iba a dar un puñetazo a la pared…
- ¡Hola!
Se paró en seco.
Era su voz.
Había vuelto.
Cerró los puños. Cerró los ojos sin girarse. Era su oportunidad. Le debía partir la cara, su cara de negro, sus labios de negro… esos labios que le había hecho gozar estos días de dolor… le debía partir los brazos… esos brazos que le habían movido en la cama cuando el no podía hacerlo por sí solo… le podría partir cada uno de los dedos de las manos… esas manos que, le había limpiado tan delicadamente cuando había hecho sus deposiciones, que le habían acercado el orinal, el conejo, el vaso de agua, que le habían masajeado sus ano, sus testículos, su pene… que le habían dado un masaje para que la espalda le dejara de doler de tanto estar en la cama… que le habían ayudado a ponerse las zapatillas, cuando empezó a dar pequeños paseos… y siempre le cogía de la mano para guiarle… y eso que Aníbal iba cojeando, que tenía una pierna escayolada… le debería partir esas piernas que acababan de curarse… esa pierna escayolada que, no había sido impedimento para que hicieran el amor en la cama, en su cama… para que Aníbal consiguiera penetrarle con tanta dulzura… para que le hiciera sentirse tan bien, para que le hiciera gozar como nunca en sus 18 años lo había hecho… y le debería cortar esa negra polla… que había entrado dentro de él, de su blanco culo… sin hacerle daño… con tanta delicadeza… con tanto amor…
- Adolfo, tus manos…
Se miró las manos… estaban sangrando un poco… se dio cuenta que le dolían mucho. y se mareó. Antes de que Adolfo cayera al suelo, Aníbal corrió y le agarró en sus brazos. Le acercó a la cama. Le acomodó dulcemente, como tantas otras veces había hecho estas semanas atrás. Fue a la mesilla de la otra cama y cogió un pañuelo que empapó en agua. Se lo fue pasando por la cara, suavemente. Su cara solo expresaba… amor. Preocupación y amor. Sabía que, posiblemente, cuando despertara, Adolfo le rechazaría. Tantas veces le había oído hablar de su odio por los negros, durante las semanas en que Adolfo tuvo los ojos vendados, que apenas tenía un rayo de esperanza de que pudiera olvidar su color de piel… o olvidar su odio…
Le levantó un poco la cabeza. Acercó un vaso de agua fresquita a sus labios. Adolfo empezó a reaccionar. Parecía que se despertaba poco a poco. El color volvía a su cara. Ya no era ese blanco enfermizo de cuando se había caído. Abrió los ojos poco a poco. Y le vio. Le miró. Se fijó en que Anibal era guapo. Se fijó en que… sus ojos decían lo que nadie nunca le habían dicho… decían que le amaba… gritaban más bien… gritaban amor… gritaban deseo… gritaban preocupación… y fue consciente de que los negros… no olían mal… sino al revés… olían a rosas… o a Paco Rabanne… como cualquier blanco… pero esos ojos… si esos ojos… gritaban amor… amor por él… y esos labios… esos labios carnosos… pero tampoco tanto… esos labios dibujaban una sonrisa… de amor… de preocupación… Y Adolfo no podía recordar una sensación así en su vida… en ninguno de los orfanatos que estuvo, en ninguno de sus amigos… no podía recordar esa mirada… esa sonrisa… esa sensación de importarle a nadie… y abrió los ojos completamente… y le miró… y vio que, Aníbal era verdaderamente guapo… y comprendió que, su odio por los negros era como su negación de si mismo, de su sexualidad… comprendió que… no odiaba a los negros… comprendió que… incluso… amaba a un negro… y supo, que, nunca, nunca, dejaría que se fuera más allá de la habitación de al lado…
- Ni se te ocurra dejarme solo Aníbal… ni se te ocurra dejarme solo otra vez. Y deja de sonreír como un bobo, y dame un beso…

———

Para Valen.

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.