negro…

16 06 2009

Negro.

Negro.

Cada vez soy más consciente de mis limitaciones. De lo poco que valgo. De la mierda que soy.

Da igual lo que haga, lo que escriba. Lo que piense, lo que mire. Todo está teñido de negro. Un círculo vicioso que se retroalimenta. El negro llama al negro. Las lágrimas a la tristeza, o viceversa. La desesperación a la depresión. Y en todo caso, un halo de tristeza permanente se instala en cada poro de mi cuerpo. Y una oleada de rabia sube por mis entrañas.

Es primavera, aunque parece invierno. Debería ser alegría, y es melancolía. Deberían ser flores y frutos, y son hojas secas, putrefactas.

Con ratos de rabia. De rabia de impotencia. Por ser como soy.

Y lo malo es que no es un día. Hoy es un día especialmente negro. Sí. Pero los demás días son igual de negros. Pero los llevo de otra forma. Disimulo. No, no es disimulo, es autoengaño, el peor de las mentiras.

Es como una plaga de langosta, o como cuando ruge la marabunta. Poco a poco va ganando terreno. El autoengaño cada día es más complicado. Su andamiaje se resquebraja, mordido por miles de animales hambrientos. Hasta que cuando quieres darte cuenta, no hay andamio, no hay estructura, has caído al suelo, ya te han devorado, sin dejar siquiera una migaja.

Hay días, hay temporadas que, como si estuviera en un desierto sin oasis, sufro espejismos y creí que las cosas cambiaron, que rompí con la dinámica. Que cambiaron y que seguirían cambiando poco a poco. Pero siempre llega el día en que todas las verdades estallan en tu cara: No, todo sigue igual, y nada cambió.

Antes había algún resquicio. Una válvula de escape. Quizás estos foros lo fueran. Pero esa magia la dejé perder. Dejé que se me escapara entre los dedos. ¡Qué bonita expresión! “Dejé que se me escapara entre los dedos”. Se fue diluyendo porque como Don Quijote, luchar contra lo inevitable, luchar contra molinos de viento, es una guerra perdida. Y ni valgo, ni valdré para luchar contra esos molinos. No valgo para luchar contra la indiferencia. No valgo para dar la lata, para imponerme al olvido, o a ese indiferencia de que hablaba antes.

Nunca tendré lo que anhelo. Lo que deseo. Porque no valgo para luchar por ello. No valgo para nada. Para nada de nada.

Negro.

Negro.

Siempre quedará la duda de si este escrito es un canto literario, o es una realidad palpable dentro de mi alma.

Negro.

Negro.





… una sensación, un ridículo, un gilipollas…

12 11 2007

Una sensación.

Lleva dentro de mi un tiempo. No sé si largo o corto.

Hay días que está oculto. Pero hay días que aflora. Y duele.

Creo que me estoy equivocando.

Creo que, hago el ridículo. Y que a veces resulto patético.

Ayer fue uno de esos días.

Enciendo mi cigarrillo. Sino no sería yo.

Una calada. Profunda.

Hoy mi mirada ni siquiera tiene ganas de seguir el humo. Sencillamente se pierde por la ventana. No mira allí, pero tampoco allí. Ni siquiera allí. Pero hay un punto… allí… que parece tiene un imán y ahí se queda mi mirada.

Otra calada. No se me quita esa sensación. De tristeza, de impotencia. De ridículo. Y al final acaba por convertirse en una sensación de furia. Contra todos. Pero sobre todo, contra mí.

Recuerdo.

Hace unos días hablaba de ello.

Tengo esa sensación. Doy pena. Y por lástima, alguno me escucha. Por lástima, como dando una limosna, alguno toma un café conmigo. Era más fácil cuando estaba alegre siempre. Cuando de dentro, solo salían coñas, alegrías. Pero ahora, de dentro, salen a veces gritos de tristeza. Desgarros de miedo, de impotencia. Salen sentimientos, pensamientos que me avergüenzan. Pero que están ahí. Y que aprovechas a los que crees amigos para sacarlos.

Una calada. Otra. Sólo queda ya medio cigarrillo. Retengo el humo unos instantes. Sale con un suspiro.

Puede que me equivoque. Puede que, pida demasiado. Quizás, recuerdo, antes, no pedía nada. Quizás era lo mejor. Quizás deba hacer lo mismo. Parecía que algunos miedos se aparcaban. Parecía que de alguna forma, en la escala de prioridades, había ascendido unos peldaños. Puede que me equivocara. Y ahora, pida demasiado. Hay personas a las que, no les puedes pedir mucho. Sólo puedes esperar que te den. Quizás, me engañé, pensando que ya podría pedir algo.

Vuelve a perderse mi mirada. Casi ni la puedo fijar en el teclado, o la pantalla, mientras escribo. No hay peor actitud que esperar algo. Cuando no llega, te desilusionas, te enfadas. Es mejor hacer planes sin contar con nadie, con nada. Y si luego alguien se acopla, estupendo. Hacer planes basados en alguien, en algo, cuando al final te encuentras solo, cual gilipollas, mirando el movimiento de las ramas de un árbol, solo produce acidez de estómago. Y dolor de cabeza. Almax, y gelocatil. En ensalada.

Apago el cigarrillo. Me he quemado los dedos. Lo he dejado consumir. Volveré a no esperar nada. Volveré a guardarme mis gritos, cuando sean tristes y angustiosos. Cuando los das, cuando gritas, y causas pena, el efecto beneficioso del grito, se oculta, detrás de una cortina de impotencia, de ridículo. Y al final, acabas peor.

No pediré nada. No esperaré nada. Daré lo que pueda. Y esperaré poco. Por lo menos, me sentiré a gusto conmigo mismo. Creo que me equivoqué. Una vez más.

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.





… un desierto, un grito, un espejismo…

30 10 2007

Un sorbo de agua.

Estoy reseco. Bebo y bebo y no sacio la sed. Como si hubiera pasado la semana en el desierto.

Desierto.

Algo me viene a la cabeza. Una idea. Un run-run.

Puede que en verdad, esté pasando una temporada en el desierto. Puede que lleve una temporada en el desierto. Puede que lleve toda la vida anclado a este desierto.

Vives. Sí, vives. ¿O vegetas?

Respiras. Es un síntoma de que vives. Es una vida física, mecánica. Sigues adelante. Es la costumbre.

Pero vives por dentro ¿sí? ¿no? ¿Es todo una fachada?

Tienes amigos. Unos cerca, otros en la distancia. Amigos… ese oscuro concepto tan mal utilizado, tan minusvalorado a veces, tan sobrevalorado otras.

Amigos. Que te apoyan. Que te escuchan. Es más fácil escuchar a alguien que esté feliz, contento, que baile una muñeira o se arranque por soleares. O que baile una jota, y cante jondo. Jondo o no jondo.

Al final, siempre, prevalece esa imagen que tienen de ti. Esa imagen por la que te conocieron. Sí aparentas felicidad, y desprendes optimismo, algún día, siempre, sin poder evitarlo, llega el momento de llorar. ¿Por qué? Te preguntan. Será porque no avanzas, porque no te ilusionas… ¿Hace falta una ilusión para vivir? ¿Hace falta una meta con letras, puntos y comas, para vivir?

Un día. Cualquiera. Con o sin causa. No hace falta. Y todo te parece negro. Todo es negro. Todo es una mierda. Tú eres una mierda. Soy una mierda.

Quizás llega un día en que solo quede tu optimismo para los demás. Y no te queden ni las migajas para ti.

Pero tú eres alegre… ¿cómo has llegado a ese punto? ¿lo soy?

No lo sabes. Y quizás, tampoco lo necesitas. Necesitas gritar. Un grito desgarrador en la noche. O en la madrugada fría, heladora. Pero tú eres alegre. No puedes gritar. Pero quieres gritar…

Un grito sin nadie que escuche, no es un grito. Pero nadie escucha. Tú no puedes gritar. Nadie escucha. No hay nadie.

Un suspiro.

Una calada a mi cigarrillo.

Dos.

Se me pierde la mirada. Allí. En ese punto.

La vista se nubla. Los oídos se cierran.

Es un desierto. El horizonte es todo igual. Nadie aquí, nadie allí. Ni siquiera estoy yo.

Un sorbito de agua.

Estoy reseco.

Sí. Estoy en un desierto. Sin oasis. Sin agua. Sin ese que monta un camello y te pasa un trapo mojado para humedecerte la lengua. Ese que imperceptiblemente, cada día está más lejos. Cada día finge más contigo. Ese que, ayer escuchabas las historias que contaba a otros, y que hoy, escuchas esas mismas historias, pero te las cuenta, me las cuenta a mí.

Otro sorbito de agua. Pero este agua no sacia.

Un día creí ver un oasis.

Era un espejismo.

Cada día soy más conciente de ello. Y es duro. En el fondo lo sabías. Pero el saberlo cambia. Lo cambia todo.

Apago el cigarrillo. No recuerdo cuando lo encendí. Apenas recuerdo un par de caladas. Cuando se me perdió la mirada allí.

Apuro la botella de agua. Un agua que no sacia.

Cierro los ojos.

Una lágrima.

Un suspiro.

Oscuridad.

Sueñas con una caricia. Pero te despiertas asustado cuando compruebas el repelús que le produce. El asco que notas en su mirada.

Una lágrima. Dos.

Quiero gritar, pero estoy afónico.

Da igual. No hay nadie que escuche. Y si escucha por lástima, eso no es escuchar.

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.