Me está mirando la señora del cuadro. La gaitera.
Me mira y parece que me da el pésame.
Yo la miro a través de la columna de humo que sale de mi cigarrillo.
Pero no me protege. Hoy la cortina de humo no puede con esa mirada. Jodida gaitera…
Me levanto. Voy a por otro café. Con su gotita de leche. Pongo la cafetera. Echo el café en el porta, y lo aprieto bien.
Empieza a salir el café. Humeante. Con su crema.
Una gotita de leche.
Vuelvo a mi sillón orejero.
Un par de terrones. Unas vueltas. Un sorbo.
Dejo que penetre el sabor del café en mis papilas gustativas.
Echo la mirada atrás. Pienso en todos los errores del pasado. Esos errores que ya no se pueden corregir. Pienso en los errores que cometo todos los días.
Pienso en las personas que pasaron por mi vida, y que ya no están. Pienso en los que están… pero ya sé con certeza que dejarán de estar.
Son complicadas las relaciones humanas. Mirando atrás, con los ojos de la gaitera mirándome fijamente, no me atrevo a mentirme. Me equivoco.
Podría buscar excusas. Para éste, para aquél. Pero la gaitera no me deja. Me equivoco. No consigo que las relaciones de amistad crezcan. Algo hago mal. Algo hace que sea “atractivo” en un primer momento, pero no en algo duradero.
Creo que el problema es… vaciarme. Es… no fingir. Es… decir lo que pienso. No medir mis palabras. No disimular esa capacidad que parece que tengo a veces en ponerme en la situación del que está al otro lado de la mesa, y decir lo que veo. No gusta. Queremos que nos comprendan. Que los que están al lado nuestro empalicen. Pero en realidad, si lo hacen, nos sentimos más que desnudos. No sentimos vendidos. Y echamos a correr.
Necesito a veces que me digan cosas. Necesito a veces que me propongan locuras. Si digo que me apetece mandar todo a la mierda, el trabajo, largarme de mi ciudad, quizás busco que me digan “Vete” “Déjalo todo”. No lo voy a hacer. Pero me gusta sentir que si lo hago, mi amigo va a estar conmigo. Pero no. Busco un poco de empuje. Y encuentro racionalidad, dónde hacía unos meses había empuje. Un poco de locura, dónde hace unas semanas había locura.
No es buena época. De hecho desde que murió mi madre, hace ya casi tres años, todo se ha estropeado progresivamente. No encuentro el equilibrio. Por unas cosas, o por otras. Solo encuentro ataques de ansiedad, cada vez mayores. Una temporada me molesta el estómago. Otra temporada, la rodilla. Mañana volveré a tener un zumbido en el oído. Me preguntaban el otro día qué tal el 2009. Mal. Mal. No se ha muerto nadie. No tengo ninguna enfermedad grave. Pero, las cosas no van bien. Mi cabeza no está bien. Mi espíritu tampoco.
Quizás una revolución, quizás un renacer. Quizás lo que toca es una catarsis absoluta y radical.
No consigo penetrar las barreras de algunas personas que me gustaría. No consigo mantener las relaciones que me gustaría. No valgo para llevar siempre la iniciativa. Y si he dejado de llevarla, al final, me he dado cuenta que no existía nada.
Me miro al espejo y no sé dilucidar exactamente las causas. Parece que creo un aura a mi alrededor que me proteja a veces de problemas con personas conflictivas, pero hace también que otras personas que me interesan, tampoco la atraviesen.
Me levanto de la butaca. El café se acabó.
Miro a la gaitera.
Abro el armario y saco una sábana vieja. Y la tapo.
Sé que me mira. Lo siento. Me mira con lástima. Pero al menos no veré sus ojos.
Quizás deba pasar una temporada alejado de todo el mundo. Creo que estoy más tranquilo que intentando luchar contra molinos de viento.
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.

